sábado, 16 de enero de 2016

Anécdotas sobre instituciones y moral: El precio de un hombre (2015) de Stéphane Brizé



Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com



Este filme (título original: La loi du marché, La ley del mercado) del director francés Stéphane Brizé nos muestra, antes que una historia o trama definida, ciertos eventos de la cotidianidad de un hombre austero, serio, que sobrepasa los cincuenta años, el cual recientemente ha perdido su trabajo, lo cual es efectivo para ilustrarnos acerca de la vida de cierta clase trabajadora en Francia y su relación con las instituciones reguladoras de la vida social, especialmente en el ámbito laboral. Asistimos entonces a la manera en que este personaje se enfrenta a  burócratas de todo tipo: empresas financieras, oficinas de empleo, grupos de asesoría, o los administrativos del colegio en el que su hijo discapacitado estudia.

    Son palpables los sentimientos del personaje con respecto al tipo de dinámicas institucionales calculadas, frías, eminentemente prácticas, de algún modo ridículas y risibles, a las que se ve enfrentado: dado su carácter, sospechamos cierta resignación e incomodidad suya frente a esos rezagos de la salvaje ley del mercado, imposibles de esquivar porque esos elementos constituyen el precario sistema social actual que debemos obedecer. Los problemas empiezan cuando el hombre, ya en posesión de un empleo nuevo, empieza a verse afectado por ciertos eventos malsanos que se suceden en su entorno laboral: debe asumir con integridad las faltas cometidas por extraños y hasta por sus colegas y se ve obligado a observar la tirante relación entre los parámetros del sistema, la legalidad establecida y las individualidades anónimas, pequeñas, torpes, sumergidas en unas circunstancias que no pueden explicar, y a las que sus equivocaciones les pueden costar muy caro. La moralidad del personaje frente a este juego incierto de influencias es constantemente puesta a prueba y paulatinamente va siendo llevada al límite. El paralelo temático del filme son los pequeños grandes instantes de regocijo del protagonista en su vida personal y familiar, sus hobbies, su vida marital, que finalmente componen la justificación para seguir resistiendo y no sucumbir ante el embate de lo institucional.


      La actuación de Vincent Lindon –ganador a mejor actor en el último festival de Cannes- es estupenda: encontramos una bien dosificada expresividad en su rostro ante sus circunstancias, lo cual nos recuerda un poco a los personajes de Bresson, en los que el espectador atisba una corriente interna de emociones contenidas; su personalidad es más perfilada a través de sus actos y sus encuentros con los demás. Lo extraordinario o magnífico de este personaje es que se equipara a millones de trabajadores modestos y nobles que sólo buscan poder mantenerse a sí mismos y a su familia en unas condiciones mínimas de bienestar.   

        El director opta por mostrar su historia de manera escueta, directa, predominantemente con cámara en mano, sin demasiados planos ni juegos visuales, a manera del documental, sin artificios técnicos: apuesta por un realismo estricto y honesto, porque tal es la situación temática que se plantea, lo cual siempre es atinado y refrescante en medio de la avalancha de filmes esteticistas que pretenden ser poéticos pero que no traslucen nervio ni alma y se asemejan más a baratas y adocenadas postales de ocasión. El precio de un hombre es un filme sensible y profundo, sin pretensiones extrañas, construido con entereza, sin dejar de lado un sentido irónico y situaciones cómicas, que vale la pena disfrutar.

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