sábado, 30 de abril de 2011

A la desaparición de lo que era mortal en Ernesto Sábato




ERNESTO SÁBATO
(1911-2011)


Uno de los escritores más grandes de toda la historia de la literatura ha fallecido. Gloria inmortal a la memoria y al legado de Ernesto Sábato, el hombre que nos mostró la terrible soledad de las urbes contemporáneas, el individuo nostálgico de las calles de Buenos Aires, el autor comprometido que siempre estuvo al lado de los marginados del Tercer Mundo, el lúcido argentino que dijo que vivir no era más que irse desilusionando.

martes, 26 de abril de 2011

LA MAMAN ET LA PUTAIN (Jean Eustache, 1973)







































Por David M. Houghton.


Unos cuantos miles de francos, tres muy buenos actores, un par de calles parisinas, dos o tres cafés, un cuartucho de mierda y una cámara fue todo lo que necesitó Jean Eustache para rodar un filme que se convirtió a la postre en el epílogo de una década, la del sesenta en Francia, y de un movimiento cinematográfico, la Nouvelle Vague. Película fundamental, destacable por la profunda sencillez, la honestidad, la bella austeridad que desprenden todas y cada una de las secuencias que componen esta obra de más de tres horas y media de duración.

Pese a que la primera hora de metraje asistimos a la confusa configuración de un triángulo amoroso de uso algo tópico en el cine  de los años precedentes, en el que la aparente superficialidad de los personajes, pequeñoburgueses que pasan sus vidas entre los cafés de París hablando de Maoísmo o de Picasso, es un obstáculo para comunicarse y para conocerse realmente, el lento transcurrir del filme nos va mostrando el profundo dolor, el temor y la incertidumbre que se esconden tras un velo de falsa tranquilidad. Su apariencia de frivolidad esconde una crisis profunda, una soledad abismal; beben y follan sin restricciones porque no hay nada más qué hacer, nada más por lo qué luchar. Los personajes de la Maman et la putain deambulan por Paris y por la vida, carecen de una gran discurso que totalice sus existencias, están a la deriva en un mar de discursos impersonales que han fracasado sucesivamente en la práctica.


La atmósfera tediosa y de desidia que sobrecoge cada plano nos va revelando una vida cotidiana sin horizontes, sin esperanzas de transformación: mayo del 68 terminó, el hipismo no es más que pereza romántica, el rock ha sido absorbido por el mainstream, la Nouvelle Vague ha sucumbido a las transformaciones personales y estéticas de sus artífices, todo lo que queda son empalagosas referencias que salen de la boca pueril de Alexandre (Jean – Pierre Léaud). Detrás de ese derrumbe sólo queda la desesperanza, la ausencia de referentes, la nada. 



Un uso de cámara casi convencional, sin movimientos bruscos, más bien con abundancia de planos medios y fijos, además de largas secuencias en las que se registran a plenitud los silencios y las conversaciones que no conducen a ninguna parte son elementos que contribuyen a la estética de desolación de la Maman et la putain, incluso la música, de carácter exclusivamente diegético, forma parte constitutiva de la atmósfera de nihilismo creada por Eustache. Todo en esta película es rústico, incluso los lugares cómodos lucen agrestes.


Preciso es decir que sobre los últimos sesenta minutos de película el director arriesga mucho más en todo sentido (visual, narrativo) logrando unas secuencias de gran calidad artística:  sendos monólogos de rotunda intensidad dramática (sorprende que Eustache no dejara lugar a la improvisación en cuanto a los diálogos) en los que los personajes revelan la amplitud y seriedad de sus angustias, de sus cosmovisiones, hablando directamente, exponiendose de manera casi brutal a la cámara de Eustache, estática, amplia, reveladora.

En una secuencia vemos que los personajes, sentados en un café cualquiera, miran a su costado y suponen ver sentado a Sartre, al que empiezan a calificar de borracho y especulador. Este hilarante momento del filme podría servirnos como símbolo de la decadencia de los íconos e ideas de una época que se hunde. ¿En qué novela crees vivir? Le pregunta su ex novia a Alexandre cuando este prorrumpe en un momento de elocuencia sentimental. Los discursos terminaron, Sartre está ebrio en la mesa de un café, Paris apesta a conformismo, la liberación sexual ha desembocado en un libertinaje absurdo… “No soy una puta” reclama una conmovida Veronika (Francois Lebrun).

Una de las obras más significativas del cine francés, La maman et la putain no es solamente una obra acerca de una época o una sociedad específica. Sus profundos planteamientos en torno la incomunicación y la soledad del hombre moderno, la inteligencia de sus diálogos, la sinceridad de su puesta en escena, la solvencia histriónica de los actores, el carácter ecléctico de sus referentes musicales, cinematográficos y literarios nos permiten entender las implicaciones de esta película como universales, pertinentes a todo ser humano que se interrogue sobre sí mismo y sobre el sentido de sus acciones.

viernes, 22 de abril de 2011

Testamento de una ciudad enferma: Midnight Cowboy (1969) de John Schlesinger









Por Leonardo Mora 
sonidosrare@gmail.com
                                                                           


¿Qué cosas contiene la maleta un hombre que se atreve a buscar la vida? Algo de ropa gastada, un par de buenos zapatos, muchos recuerdos, tragos amargos y sobre todo, expectativas. Cierto: hay que abandonar cosas cuando se va en pos de algo más grande, pero nada de ello se equipara a arriesgarlo todo a un solo juego de cartas. Se pierda o se gane, no importa más que la fantástica satisfacción de que lo aventuramos todo para alcanzar los anhelos.

    No cualquier persona posee el carácter y las agallas para vivir románticamente: por ejemplo, las novelas; más que escribirlas y leerlas para fantasear o evadir la realidad, deben palpitar como los latidos del corazón, y expresarse en cada gesto y palabra con que se aborda la vida misma. Ser un artista de la existencia, más que la sobrevalorada tarea de crear, solicita algo mucho más grande: la tenacidad de sacrificar. El texto bíblico de Apocalipsis 2:10 sostiene: sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Ser consecuente requiere un espíritu demasiado poderoso y único para ser siquiera avistado por nuestros higiénicos burgueses, que creen que el arte es sólo un masaje relajante para después del trabajo, en la consabida intimidad del hogar.

    John Schlesinger, sobreviviente del Free Cinema inglés, recrea una sincera película en la cual los sueños de un cándido vaquero de Texas se derrumban como un montón de piedras, diría Juan Rulfo, por obra y gracia de la dura realidad. La amable provincia de donde aquel hombre surge, poco o nada se equipara a la rudeza de una metrópoli, en este caso la hostil Nueva York. El desbarajuste del vaquero no se hace esperar: al encontrarse con locos y vividores que luchan por no sucumbir ante la soledad y la degradación en la jungla de asfalto, con un sistema terriblemente excluyente, con una tenaz falta de los mínimos requerimientos para vivir, con duros recuerdos y traumas imposibles de sacar como se haría con una camisa sucia, poco a poco se desencanta del sueño americano y es obligado a enterarse de las duras reglas de la sobrevivencia, entre las cuales se encuentra la nueva regla áurea: elimina todo vestigio de tu reputación, abandona en la caneca tus escrúpulos, olvida tus viejos códigos morales y salta sobre el dinero ajeno a la primera oportunidad. Todo este perverso ritual, bajo los destellos deslumbrantes del televisor y el constante retumbar de la publicidad. En una vieja conversación de café alguien recalcó la importancia de la figura del cowboy norteamericano como símbolo tradicional de poder sobre la naturaleza, de dominación masculina, de valiente que se enfrenta a la adversidad con poco más que sus manos y su tenacidad, y que sale casi siempre victorioso. Pero en las circunstancias de este vaquero concebido por Schlesinger, las cosas son a otro precio. Los choques cotidianos de la civilización moderna son bestias mucho más poderosas, temibles e indomables.

   La caída de Joe, el joven vaquero que sueña con vivir de las damas millonarias gracias a su particular idea de la masculinidad, también se genera pero a la vez se amortigua con la llegada a su vida de Ratso, un vago a la buena de Dios, maltrecho y curtido por la calle, el fiel reflejo del perdedor. Ambos efectúan en todo el hilo narrativo de Midnight Cowboy un contrapunto en el que se amalgaman la ingenuidad y la nobleza de Joe, con la practicidad y el cálculo de Ratso. Así como inicialmente se producen desencuentros, problemas y desconfianzas, llega el momento en que sus duras circunstancias los ponen en un mismo nivel y los hace compartir sueños frustrados, visiones de la vida, opiniones contra el mundo: en suma, se hermanan en la desgracia.


Los alucinógenos, los rostros interesantes, los accesorios de marca, la elocuencia dandy y demás embotadores de la conciencia son discursos pobres frente a la dura realidad de los marginados, como Ratso y Joe, que se aferran con uñas y con malicia a la existencia. Pobre, frustrante, modesta, decepcionante, es su existencia de cualquier modo. Y su situación paulatinamente se agrava. El relato visual de Midnight Cowboy manifiesta asuntos como el sempiterno dinero que requiere cada vez más salvajismo y escupitajos para obtenerlo, siempre tan cercado por buitres de las élites y el poder, las poblaciones que crecen y hacen más estrecha y caótica la vida urbana, el mundo que se marchita como la última flor de aquel ramo que nos fue dado con tanta benevolencia por Dios o por el azar, la miseria que se apodera de más y más individuos extraídos de los flujos de mercado y obligados a ingeniárselas para no morir de hambre, y el triste hecho de que las personas sólo son abordadas como simples valores de cambio, como productos desechables que se pueden reemplazar con sólo un chasquido de dedos. Palabras más, palabras menos, este es el escenario en que se mueven dos entrañables personajes de una historia que ya ha pasado a ser un clásico contundente del arte cinematográfico.

   Pier Paolo Pasolini rezaba en sus bellos Versos de testamento que no hay cena ni comida ni satisfacción del mundo que valga una caminata sin fin por las calles pobres, donde hay que ser fuertes, desgraciados, hermanos de los perros. El objetivo es ser consecuentes y valientes en esta vida y la otra. Abogar por tales virtudes en estos días de furia e indignación, quizás suene infructuoso, pero mientras la máquina del cuerpo no se pudra como Celia y el espíritu en asombro flote en derredor, hay oportunidad. La expresión y la vida lo son todo, el silencio y la cobardía son nada. El derrotero es aún más difícil e ingrato para los desadaptados congénitos. Para ellos no habrá gloria, no habrá satisfacción; sólo dolor y lucidez. La ciudad desalmada los espera. Las luces nocturnas de la ciudad iluminarán sus sueños fallidos de oropel. Los callejones serán sus vías de escape. Los edificios derruidos serán sus obeliscos. Los sótanos abandonados los resguardarán de la inclemencia moral al final de los tiempos.

    La vida es pura milicia, como se decía en la Edad Media. Los vaqueros no pueden acobardarse. Vagan sin rumbo de día, pero sólo se hacen sentir a la medianoche: cuando sus gritos pueden multiplicar infinitamente su perturbador alcance.




                                                                       

miércoles, 20 de abril de 2011

La ciudad extraña: Notas sobre Following (1998) de Christopher Nolan




Por Leonardo Mora


¿No es un argumento tremendamente atractivo –sobre todo para los que nos preciamos de ser aprendices de escritores- el que desarrolla la historia de un anónimo personaje voyerista que, a falta de temas para su obra, decide empezar a seguir furtivamente a las personas en la calle para extraer el dulce jugo de las vivencias de los otros? ¿Y si a ello le sumamos el hecho de que tal personaje, un día en el que adelanta su peligroso juego, sigue por casualidad a otro personaje aún más extraño, que tiene por hobbie entrar a casas ajenas para estudiar a las personas a partir de sus pertenencias, aunque también robe unas cuantas de éstas?

El afamado director Christopher Nolan desarrolla su primera película titulada Following –en 16 mm-, a partir de los preceptos arriba expuestos, y logra crear un sofisticado y elegante thriller sicológico que transcurre en las extrañas calles de Londres, donde transitan innumerables individuos anónimos que llevan a cuestas sus historias personales sin poder comunicarlas y objetivarlas. Dos de estas historias se entrecruzan un raro día -la de un joven tímido e inseguro, con cierta crisis de identidad, que quiere ser escritor, y la de un arrollador y carismático ladrón- y colisionan de tal manera, que una de ellas terminará de trágica forma, cuando sea superada por la singularidad, el encanto y la sordidez de la otra.


¿Quién no se ha sentido arrebatado por personalidades ajenas que alguna vez se han interpuesto en el camino propio? ¿Quién no ha imitado consciente o inconscientemente las virtudes o las manías del otro, dado el poder de sugestión que aquel puede generar sobre uno mismo? En un impecable y siempre poético blanco y negro, con tiempos de narración alterados y barajados, con una cámara al hombro efectivamente sumergida en la dinámica de una ciudad gris, Nolan acude a las premisas del llamado cine neo-noir para regalarnos una espléndida cinta, hecha con escasos recursos, pero de amplia inteligencia y solidez narrativa, que el espectador difícilmente podrá olvidar, gracias a su turbadora presencia. Altamente recomendada para quienes deliran por esos elementos que contienen y desatan las personalidades cuando se enfrentan, se miden, se rechazan o se sujetan, con el anonimato y la soledad que producen las urbes contemporáneas como telón de fondo.

                                                                                     Semana Santa de 2011

sábado, 9 de abril de 2011

La vida dura surcando las calles de la ciudad : Vivir su vida (1962) de Jean-Luc Godard


Por: Leonardo Mora II

Naná es una hermosa chica francesa que no cuenta con mucha suerte, como tantos seres que vagan y luchan en las calles de la ciudad para sobrevivir y sobreponerse a sus negativas circunstancias. La adversidad y la soledad la han hecho fuerte, y por lo tanto, es capaz de asumir diversos y negativos roles, como el de ser prostituta, aunque no se sienta a gusto con este tipo de alternativas.
Naná es valiente: el simple y pueril hecho de no contar con dinero no la detendrá en su búsqueda personal de la esencia para vivir su vida, afinando paulatinamente su capacidad de asombro; en un momento del filme se le vé encaminarse hacia el cinema para aprehender a través de los ojos de un cineasta una nueva sensibilidad y otra concepción del mundo, que enriquezca la suya propia y le enseñe a observar la realidad de una manera distinta.
Naná es sensible: la lírica prueba de ello son las lágrimas que derrama en el cine, cuando observa la escena en que Juana de Arco es interpelada por su confesor, antes de ser llevada a la hoguera; la entereza de la épica heroína de alguna manera se asemeja a su drama propio: en un mundo cruel es necesario armarse de carácter para no sucumbir ante los embates de una realidad que es despiadada con los seres más tristemente espirituales y consecuentes con sus ideas. La imagen de Naná llorando es una de las más bellas y conmovedoras del cine moderno.
La historia de Naná, construida por uno de los directores más legendarios de todos los tiempos, se nos muestra en doce breves episodios llenos de poesía minimalista, en los cuales predomina la cámara fija y los claroscuros; la belleza y la importancia de lo cotidiano arrebatan el interés del espectador que observa a la protagonista fundamentalmente en planos de evidente claridad, o surcado por sombras y oscuridad, como las que a menudo se ciernen sobre su propia vida.
Naná constantemente se pregunta acerca de los objetivos con que construimos las metas de la vida personal: ¿Es la existencia una dolorosa comedia inevitable? ¿Hasta qué punto soy responsable de cada uno de mis actos, por triviales que aparenten ser? ¿Hablar falsifica una realidad que sólo puede comprenderse bajo los umbrales del silencio y la introspección? ¿Soy realmente libre como sujeto autónomo o existen prejuicios que no permiten desplegar la personalidad individual?
Sin dramas y tragedias insinceras, con naturalidad y espontaneidad, sin artificios ni despliegues alejados de la áspera simpleza de la vida, con una honestidad brutal y sin concesiones,  Vivir su vida se convierte en una de las grandes obras dulcemente legadas por la Nouvelle Vague, ese movimiento que, gracias a Dios, un buen día cambió la tradicional concepción de la cinematografía para eternizar el esplendor de una nueva belleza en imágenes congeladas para siempre.
 Mientras la vida pueda vivirse, filmes como éste pueden ser el mejor espejo para la reflexión acerca del hombre contemporáneo y su manera de sortear los obstáculos e imposiciones del sistema. La pelea es por lograr la libertad del sujeto en un mundo que nos envuelve en sutiles redes de trivialidad, y nos quiere condenar a seguir al pie de la letra sus infames juegos de abalorios.

Abril de 2011

El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...