jueves, 22 de noviembre de 2018

Los álgidos caminos de la espera: Zama (2017), de Lucrecia Martel






Por Leonardo Mora

colectivozerkalo@gmail.com 





Zama (2017) es el último filme de la imprescindible directora de culto argentina Lucrecia Martel. Partiendo de la novela del escritor mendocino Antonio Di Benedetto, titulada de la misma forma, la trama se instala en el enclave paraguayo de España durante la época colonial, y desarrolla pasajes de la vida y figura de Diego de Zama, funcionario del imperio ibérico, que giran en torno a su eterna espera de traslado geográfico para seguir cumpliendo sus funciones. Martel es efectiva en transmitir, a partir de las vicisitudes de este personaje y de su entorno, los dilemas de la espera y sus pedregosos caminos: la sensación de querer cambiar la insípida cotidianidad, inyectarle nueva vida a la rutina y a un contexto insoportables, y seguir dando cara y cuerpo a los acontecimientos mientras se guarda la fe. Lamentablemente, las posibilidades de cambio no dependen de Zama, sino que están sujetos a la maltrecha maquinaria de la corona española y desde luego, mediante la siempre odiosa e insultable burocracia. 

   De los métodos de la directora para sumirnos en la intolerable espera de Zama y sus consecuencias que crecen como avalancha maligna (lo cual nos recuerda otras esperas cumbres de la cultura latinoamericana como la de El coronel no tiene quien le escriba, del García Márquez menos complaciente y empalagoso), podemos empezar señalando la abundancia de los planos cercanos, invasivos y fijos, que saben equilibrar el diálogo de los personajes con su contexto y se nutren de largos lapsos de tiempo: en el caso del protagonista, ello nos hace compenetrar más a fondo con su sicología, su desempeño en la realidad, mediante imágenes de su rostro que se nos muestra en toda su impotencia, apatía, ingenuidad e irresolución; elementos sostenidos por la impecable actuación y gran carisma de Daniel Giménez Cacho. El parco Zama es un hombre que a duras penas es dueño de sí mismo, sujeto a una vida gris como funcionario de la corona, y que vive casi por fastidiosa inercia, enfrentando incontables problemas en el vulnerado contexto americano que lo circunda. 


   Hay ciertos momentos muy especiales en el filme, los cuales dan cuenta de cierto estado alucinatorio y emocionalmente delicado de Zama: la realidad le tambalea bajo los pies y cierta atmósfera onírica hace presencia. Aquí irrumpe un tratamiento especial del audio, el cual pasa a llevar la batuta, y se traduce en una música enfermiza, visceral y ocurre el opacamiento sonoro de los diálogos. Estos elementos ayudan a llevar a una cima la negativa situación de Zama, su impotencia de largos suspiros por no ver la cristalización de sus deseos de traslado a Buenos Aires. Otra interesante víctima de la espera, que suelta palabras de aburrimiento y desidia, y que se le presenta a Zama con el hálito del encanto femenino y la tensión sexual, lo representa muy bien el rol de Luciana Piñares de Luenga, dama de mundo, independiente, con carácter, encarnada por la actriz Lola Dueñas. 

  Estos personajes se instalan en un contexto en el que abunda la degradación, la incomodidad, el peligro que suscita el oportunismo de un cúmulo de enemigos pertenecientes o no al entramado político de España en tierras americanas, pero sobre todo, pueblos nativos y comunidades africanas que campean el oprobio colonialista. Las imágenes nos muestran texturas rugosas, objetos en decadencia, podredumbre y humedad alrededor, polvo, suciedad y salitre al vuelo, semblantes nobles y perversos (los cuales adquieren a veces cierta monumentalidad broncínea lograda a través de una sofisticada fotografía, diseñada por Rui Poças), todo lo cual compone y trastoca la ya mentada espera en la que Zama trastabilla, aguanta, se frustra, se pierde, se enferma. Los encuentros entre los personajes (los cuales logran reflejarse con un especial sentido de intimidad y sensibilidad) interceden más bien que mal en el estado de Zama, quien paulatinamente desiste de las esperanzas: su vida y sus expectativas, ni extraordinarias ni asombrosas, terminan desembocando en un insospechado calvario. En palabras atinadas de Jordi Costa sobre la película, el modo en que se muestra fílmicamente toda la realidad que circunscribe la caída de Zama, hace gala de “la elocuencia de lo sensorial sobre lo racional”. La espera no se comunica, no se expresa, no se reflexiona, se hace sentir. El sabor de la película también recuerda otras historias de abatimiento, tedio y exotismo como las de Werner Herzog en Cobra Verde (1988) y Aguirre, la cólera de Dios (1972).


   Un aspecto que hemos encontrado casi como una firma de la realizadora argentina en sus trabajos, es cierto sentido de ambigüedad que solicita al espectador mirada atenta y criterio lúcido para no ser lanzando fuera de la comprensión del sentido que va concatenando el filme. Ello significa más valor en la medida en que no genera una claridad completa que equivaldría quizás a "masticar la trama" para ser mejor digerida. Zama, como en otros filmes de Martel, se manifiesta más bien como un método que no muestra todas sus cartas, sugiere y no exclama, da cabida a la sospecha y a una gama amplia de interpretaciones. Esta elección funciona, por qué no compararla, como el perfecto juego de seducción que se establece entre dos seres que se van enamorando, lejos del burdo asalto pornográfico y más bien cerca de un refinado erotismo. Este gran filme, como la directora, son seguros de lo que son y de lo que hacen: su voluntad no es el afán, es la dosificación sutil y paciente que al final revelará que, en definitiva la fatalidad y su disfraz de la espera, es un asunto que gotea, no irrumpe como disparo. 


   Sobre la ambigüedad anteriormente expuesta, encontramos que es puesta en entredicho por otros textos sobre el filme, como el que escribe Martí Sala: 

“No niego la posibilidad de que tal carácter indefinido sea pretendido. Existen casos de este tipo. Son aquellos que preguntan en vez de sentenciar, sugieren antes de mostrar, sustituyen el enunciado por la reflexión y siembran debate en vez convencer. Sin embargo, el hecho de que Zama sea una película elegante y detallista no implica necesariamente que su contenido sea de tan alta profundidad (1)”.

La primera parte de esta idea es cierta. Los productos artísticos obedecen a formas y elementos de incontables tipos, como los que abogan por una especie de "objetividad" o "realismo" sin sentencias, y aquí el cine juega un papel importante por su manera de representación. Pero la segunda idea, sobre la "profundidad" de Zama, nos genera dudas, y pensamos lo siguiente: quizás el contenido de una película no debe ser profundo, como no lo es la realidad, la cual pudiera limitarse -según la persona de ocasión- a sólo un suelo y a un cielo: quizás la profundidad reside en el espectador inteligente y sensible que conduce sus percepciones al más alto nivel. Quién sabe que pudiera decirse, por ejemplo, sobre asuntos como los filmes minimalistas de Yasujiro Ozu, o los escuetos y fantásticos relatos de Hemingway. ¿No pasa nada en ellos? ¿No son profundos porque no están plagados de inquisiciones filosóficas usurpadas y pretenciosas? Este asunto de esperar diálogos profundos y llenos de sabiduría en las películas es una corta y popular visión generalizada del cine que es necesario cuestionar, y que quizás sea un "lastre" con filiaciones más literarias que cinematográficas. Pero de cualquier forma, en otro apartado, Martí Sala acierta en otros aspectos como la sustancialidad exigida en los planos de Zama, “con alguna que otra intención pictórica, pero que, sobretodo, sirve a los directores para remarcar la importancia del contexto”.

(1) "Zama (Lucrecia Martel)": Texto de Martí Sala, en portal web Cine Maldito. Disponible en: http://www.cinemaldito.com/zama-lucrecia-martel-2/

jueves, 8 de noviembre de 2018

La vida frenética: Clímax (2018) de Gaspar Noé





95 MIN. / FRANCIA-BÉLGICA-REINO UNIDO / IMAX / TERROR CONTEMPORÁNEO -MUSICAL / ★ ★ ★ ★ /+18


Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com


Desde el pasado fin de semana y en el marco del cierre de la edición número 16 del Festival de Cine de Morelia, la cartelera de cines de la Ciudad de México se inundó con interesantes títulos que seguramente ocuparán un lugar privilegiado dentro de lo mejor y más destacado del séptimo arte en este 2018, y que figurarán en los tops de visionado en streaming obligado, con los que nos empezó cautivando (pero terminó mareando) el periodismo milenial.

   Por mencionar algunos pasajes cumbres del evento, destacamos el escenario crepuscular característico del western capturado emotivamente en clave docu-drama de “The Rider” (Chloé Zhao), el psicodélico e infernal viaje de venganza con devaneos zerkalianos disponible en el horror vintage de “Mandy” (Panos Cosmatos) o la vitalidad de la cultura mexicana filtrada por la sensibilidad criminosa de la muy recomendable “Museo” (Alonso Ruíz Palacios), valga decir con grandes ecos del gran Jules Dassin en filmes como “Topkapi” (1964) y “Rififi” (1955). Tales filmes son apenas detalles de una cuidada muestra itinerante, en la que el último trabajo de Gaspar Noé se robó el aliento de un público chilango que respondió masivamente a las pocas funciones programadas para esta cinta en particular.



Paris, invierno de 1996, sucesos basados en hechos reales: un grupo de jóvenes se interna en el edificio de su escuela de danza a las afueras de la ciudad para ensayar, y pronto la tarea se convierte en reventón; sin embargo, en medio de la celebración, la tropa descubre que la sangría que hidrata el evento ha sido cargada con potente LSD. 

   “Climax” supone para el realizador franco-argentino la culminación estilística de una búsqueda como autor en la que se explora de una manera desgarradora y realista una amplia gama tanto de temas, de técnicas de producción y edición, de tabúes, de sonoridades, como de cuestiones filosóficas conectadas con el existencialismo. La mirada de Noé empieza en la espiral de una galaxia, pasa por las curvas de las pestañas de la persona amada, y luego se pierde en el pozo sin fondo del recto de algún depravado parisino que exige en un club nocturno que por favor le follen con el puño. 


En una corta pero provocadora filmografía en la que destacan un debut frontal, crudo y desposeído (“Seul contre Tous”, 1998), una frenética aunque venida a menos “Irreversible” (2002) y la hiperactiva, arriesgada y por momentos difícil “Enter The Void” (2009), Climax se convierte en el balance perfecto, un trabajo mucho más mesurado (aunque no menos osado) y de paso, hasta ahora, en su mejor película. 


   En este largometraje el espectador podrá experimentar de primera mano -con la ansiedad de aquel adicto al ácido al que engañaron con anfetaminas- toda la belleza, la repulsión y el delirium que Gaspar concatena (cámara al hombro o controlando el drone) en una serie de coreografías sensuales, milimétricas, epilépticas e impactantes. También verá la manera en que se despliega el conjunto de situaciones y diálogos a cual más violento-truculento, disfrutará la banda sonora incontestable e incendiaria en onda club (Gary Numan re-imaginando a Erik Satie, Aphex Twin, Soft Cell, Dopplereffekt, Giorgo Moroder, Thomas Bangalter, etc.) e igualmente reparará en la notable disfuncionalidad político-social francesa de hoy. El arte de Noé persiste en nuestra inexorable mortalidad y en presentarnos la pintura completa de esa tumba que con nuestros malos actos estamos cavamos día a día, y a la que insistimos en seguir llamando vida.


    Desde los primeros minutos, Gaspar Noé se permite juegos hasta con los créditos de la película: siempre desconcierta, sorprende y confunde a partes iguales (aquí vienen sus habituales y epilépticos carteles y fuentes tipográficas); luego, a manera de introducción, se nos muestra a los tripulantes del viaje en una video que pasa en un televisor de baja definición: el plano ahora es modesto y poco complicado, impregnado de ese naturalismo aterrador, previo al desastre, del primer Haneke. 


En la composición aparecen un montón de libros y cintas de VHS apelmazadas que nos revelan casi de todo sobre la inspiración y los héroes cinematográficos y literarios del director: allí están la “Historia del Ojo” de Bataille y también “La metamorfosis” de Kafka, “Possession" , “Querelle”, la mejor “Suspiria”, “Saló”, “Un Perro andaluz” y algunos tratados y estudios críticos de Fritz Lang y F.W. Murnau. Quien presuma del conocimiento de alguno de estos trabajos con anterioridad, posiblemente se quede a bailar con Noé haciendo las veces de DJ. En cambio, aquellos que busquen imágenes explícitas superiores a la decepcionante “Love” para jalársela en el baño del cine, se llevarán una gran decepción y posiblemente dirán que “Climax” es un remake de “Fame” a cargo del Marqués de Sade; quienes no estén en ninguno de estos dos grupos, disfrutarán, se espantarán y se tambalearán como drogados, extraviados y posesos, como ocurre en toda primera vez… a todos sin excepción, pasada la hora y media, la vista, la consciencia y el ánima les quedará ardiendo.






















El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...