domingo, 22 de mayo de 2011

París, la piedra y la inmundicia: El signo del león (1959) de Éric Rohmer
























Por Leonardo Mora

La primera escena de este filme contado como un diario por el director francés Éric Rohmer, figura clave de la grandiosa Nueva Ola, es un travelling hacia adelante que avanza sigilosamente por un tranquilo canal parisino –lugar que será un recurrente motivo en la extensión de la película-, mientras suena una bella pero sórdida pieza de violín; una aparente calma misteriosa que nada anticipa de la crueldad en que se verá envuelto el personaje principal, un músico llamado Pierre Wesselrin, en la consabida ciudad de París.
       Pierre se levanta un día como cualquiera y recibe la gran noticia de que se ha hecho merecedor de una herencia; desde luego, la celebración con sus amigos más cercanos no se hace esperar: la prosperidad parece estar a la vuelta de la esquina. En dicho festejo, Pierre se ufana de ser del signo leo, el cual astrológicamente significa estar regido por el astro rey, el sol, por la fuerza del león, por un orgullo desmedido, por la impasibilidad de carácter, por la victoria ante el desastre, por el liderazgo sobre los demás. Pero como los seres humanos desconocemos totalmente lo que el hado guarda para nuestro futuro, Pierre Wasselrin se encontrará con que su suerte en realidad ha dado un giro de 180 grados: es desheredado, se encuentra sin un céntimo, ninguno de sus amigos está en posición de ayudarlo, y sólo le queda como opción final vivir en la calle. Ahora, en el infortunio, Pierre debe aferrarse a la fuerza de su signo para no sucumbir ante los embates de la realidad.
     La gente generalmente peca de ingenua al creer que sería un evento extraordinario convertirse en un indigente, pero los que nos hemos visto en la penosa situación de perder lo poco que teníamos, en términos materiales, los que somos del signo de leo, los que nacimos un 2 de agosto, como Pierre, sabemos que en realidad es muy fácil empezar a habitar la calle, por carecer de dinero o de un techo donde resguardarnos.
    En la buena fortuna, los amigos abundan, las juergas corren como torrente sin obstáculo, el mundo es plácido como la cuna de un bebé, somos el centro de atención, todo alrededor es bello como el arte; pero las circunstancias nos pueden jugar una mala pasada, y se confabulan negativamente para que  la mala suerte, evidente, pura y poderosa, llueva sin pausa sobre nuestra vida.
    En un momento del filme, un personaje recrimina a Pierre: “A su edad no se puede vivir al  día, haciendo lo que a uno le da la gana”. Pierre, a pocos días de cumplir 40 años, músico sin blanca, diletante ocasional, artista poco dado a los asuntos prácticos, bohemio del barrio Saint Germain des Prés, se encuentra con la terrible verdad de la miseria. Debe vender sus pocas posesiones para vivir, como sus libros, para adquirir unos cuantos francos que por lo menos le permitan comer algo, o hacer una eventual llamada salvadora. Sus amigos no aparecen por ningún lado, los ocasionales conocidos le invitan a un café, oyen de lejos el relato de sus problemas, y finalmente se marchan dejando a Pierre en la misma situación de antes.
    De los asuntos más efectivos en El signo del León, se encuentra el derrotero de Pierre una vez empieza a supervivir en la calle. Abundan eventos tales como transeúntes felices y despreocupados que platican generalmente sobre trivialidades, mientras observan a Pierre pero hacen caso omiso de él, como lo harían con cualquier desconocido. En la vida urbana contemporánea es constante la convivencia superficial de las personas, sus fugaces intercambios, aunque sean estrictamente económicos o visuales, pero hasta ahí llega todo trámite: la gente se desconoce, en ellos prima un individualismo intransigente, y raras veces se preguntan por el destino o la historia que guarda el otro. Cada cual está atrincherado en su mundo particular. Los habitantes del conjunto social incluso se temen y repudian entre sí, y desde luego es muy difícil esperar a que se genere algún sentido de solidaridad o interés que elimine toda barrera.

Estas dinámicas son cobijadas por el duro asfalto y cemento de una París no romántica, poética o lírica; en suma, vista desde clásicos estereotipos: ahora nos encontramos con una ciudad despiadada donde los indigentes son golpeados por robar comida, son obligados a  buscar entre la basura algo de comer y a inventarse nuevas formas de generar algo de sustento. Las imágenes del filme de Rohmer son incisivas en cuanto a los escenarios urbanos: calles, canales, hoteles baratos, avenidas, plazas, puentes, más cemento, más asfalto, lo cual es un elemento que recuerda mucho a los filmes del neorrealismo italiano: ese intercambio voraz entre el individuo que lucha por su integridad y su vagancia por las zonas más austeras de la ciudad. Esencialmente la película nos manifiesta a un Pierre sentado en bancas de parques con un rostro que parece traslucir el caudal de alternativas que baraja su mente, mientras descansa de caminatas extremas bajo un sol impasible de verano, observa esos trozos de pueril existencia de los demás, o su mirada se pierde, como sus esperanzas, en las ondas que forma el agua en el canal.
    Al final, llega la redención de Pierre. Cuando está en una etapa donde parece resignarse ya a su suerte, y comparte la amistad de un lúcido y carismático indigente con el cual realiza pequeños performances humorísticos para ganar algunas monedas, recibe la noticia de que la herencia antaño perdida ha regresado.
   En apariencia, esta salida es indulgente para con el espectador; pero, vista desde otra perspectiva, el hecho de que Pierre, una vez recibe la buena nueva, abandona de inmediato a su recién conseguido amigo de la calle, parece decirnos que a menudo en los individuos no vale el haber sufrido tantas adversidades, con respecto a guardar la solidaridad para con sus hermanos en la desgracia; posiblemente, un destino cruel que de un momento a otro se cambia en buena fortuna, da rienda suelta a una soberbia, un orgullo y un rencor que pudiera atentar contra los demás; quizás Rohmer opta finalmente por decirnos con aguzado nihilismo y sentido crítico que el género humano es pervertido por naturaleza, las instituciones poco pueden hacer por el bienestar y la calidad de vida de sus poblaciones, que tanta mierda comida engendra déspotas y misántropos, y que nuestras sociedades están condenadas a la degradación total de los valores.
    Así estamos en estos días: esta historia, con excepción de la herencia, sólo en nuestro contexto, es la misma de aproximadamente ocho millones de indigentes y veinte millones de pobres -según estadísticas en la revista Semana, edición virtual del 22 de mayo de 2011-, que sufren y esperan en las calles colombianas. Con estas cifras, de nuevo señalamos: no es cosa de otro mundo; realmente es muy fácil convertirse en habitante de la calle, y aún más en medio de la indolencia, la violencia y la corrupción de nuestro país tercermundista.

viernes, 6 de mayo de 2011

Dios y el diablo en tierra americana: The Night of the Hunter (1955) de Charles Laughton


Por Leonardo Mora II

Un filme extraño, con una atmósfera capaz de oscilar entre cuento infantil y thriller, con altas dosis de cinismo, ironía y de crítica a los valores tradicionales como la insulsa beatería, es el único que dirige el actor norteamericano y de origen inglés Charles Laughton, basado en la novela homónima de David Grubb, publicada en 1953. 
Esta gran película que en su época no fue comprendida ni valorada, que tuvo escasa taquilla, pero que finalmente el tiempo convirtió en un demoledor clásico del cine, en una obra de amplia factura artística, tiene como protagonista a Harry Powell (interpretado por el carismático Robert Mitchum), un predicador salvaje y sin escrúpulos, desequilibrado mentalmente pero de aguzado poder de sugestión. Unos de sus más evidentes y sórdidos rasgos sicológicos de este hombre de Dios es el hecho de establecer una única relación con el Creador, en la cual actos social, moral y legalmente condenables para los demás, son aceptables en su caso. Una de las líneas del filme así lo señala:
“-¿Qué religión profesas, predicador?
-La religión que hemos decidido entre el todopoderoso y yo”.
De inteligencia mortal y egoísmo irreversible, el predicador se convierte en una especie de juez supremo que señala abierta y descaradamente la violencia del Dios bíblico –especialmente el de las escrituras hebreas, el llamado antiguo Testamento-, su aparente silencio ante la maldad del mundo, y por ello mismo se siente avalado para delinquir y matar tranquilamente con tal de lograr sus viles objetivos, pasando sobre la buena fe de los demás. Equipara su accionar al poder divino:  radical, cólerico, imperativo. Sus principales armas: el respeto y la devoción que suscita en la gran mayoría de las personas la divinidad y sus representantes en la tierra, y un hipócrita comportamiento intachable, que alega por la represión de cualquier instinto o deseo carnal por parte del prójimo y por vivir en armonía con los designios del Señor.
De otro lado, es la infancia extraída de su ingenuidad original el otro eje que cruza la historia de The Night of the Hunter; el espectador colige la manera en que los niños crecen de la mano de la abyección de los adultos y son golpeados paulatinamente por una realidad sucia y cruel, a la cual deben sobreponerse si quieren mantenerse íntegros. En suma, asistimos al forjamiento temprano de un carácter en constante lucha contra un medio hostil que se aprovecha de las debilidades emocionales de los más vulnerables. En este filme, dos pequeños niños son el obstáculo del cruel reverendo, los cuales deben huir para salvar sus vidas.

En materia de escenarios, locaciones y fotografía, es palpable la influencia de corrientes como el expresionismo alemán y el cine negro; en varias ocasiones The Night of the Hunter manifiesta una belleza visual que posee ciertos matices oníricos, de misterio y de irrealidad: las sombras surgen acechantes, las estrellas refulgen espléndidamente, los ángulos de cámara son bizarros, el crimen transcurre de forma casi que ritual, los cadáveres se muestran sugestivos y espectrales, los raros paisajes son extraídos de cuentos de hadas, la música transporta y envuelve como hecha por las deidades del bosque. Quizás la secuencia más lograda poéticamente visualmente hablando sea la de los preliminares al asesinato de Willa Harper (interpretado por Shelley Winters) por el reverendo, su reciente esposo.
Esta película iconoclasta de Charles Laughton, de quien se ha escrito que poseía una tenacidad admirable para el ejercicio actoral, dado que lo consideraba digno de ocupar un lugar similar al de las más grandes manifestaciones literarias, pictóricas y musicales, perdurará por mucho tiempo en la retina del espectador inclinado por los personajes desordenados mental y moralmente y la imposición de su carácter en medio de un plácido escenario de tranquilidad como el sureño. En varias ocasiones el arte ha constatado la manera en que la violencia es especialmente descarnada en el sur norteamericano; quizás el caso más popular, la novela A sangre fría, del polémico Truman Capote.  

El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...