domingo, 26 de febrero de 2017

Tragedia griega en carretera: Detour (1945) de Edgar J. Ulmer






Por Leonardo Mora
sonidosrare@gmail.com


Gran parte de la crítica considera que Detour es la obra fundamental del cine de serie B. Son tantas las virtudes y los aciertos de este enorme clásico dirigido por el gran Edgar J. Ulmer, que resulta mucho más productivo detenerse unos instantes para intentar conceptuar su desbordante talento, que desperdiciar el tiempo observando la patética manera en que la industria actual del cine y sus premios complacientes y risibles (a los que sólo asienten los tontos) atiborran los medios de comunicación y las salas comerciales para el magnánimo divertimento dominguero, el cual, valga decirlo, no representa más complejidad que el hecho de otorgarle una banana a un macaco. 

     Detour es un filme de cine negro porque obedece a cierta lógica de contenido y forma visual (valga decirlo, factores explotados más que nunca durante las décadas del 40 y 50 del siglo pasado) pero logra con creces superar esa a veces maligna y reductora etiqueta para instalarse en el podio de las grandes realizaciones de la historia del cine. El director sólo necesitó fundamentalmente a una sórdida pareja (compuesta por Ann Savage como Vera y Al Roberts como Tom) para exponer, a la manera de la tragedia griega -con Edipo a la cabeza- el desarrollo sicológico de una serie de vicisitudes que pueden acontecer, con total credibilidad, a una personalidad marcada por la mala suerte inmerecida. No sabemos hasta qué punto exista el destino, la fatalidad, el sino trágico (la filosofía lleva siglos analizando esta jovial y tierna condición humana) pero esta película nos recuerda que en efecto, ello sucede bastante a pesar de que se intente hacer las cosas correctamente, se quiera ser un ciudadano honorable que lucha por sus ideales y a la vez se deseé vivir en armonía con el infierno social, como en el caso de Tom. La otra cara de la moneda la representa la aparición de Vera, una de las brujas más agresivo-entrañables del cine, y aquí ya podemos señalar uno de los puntos álgidos en el cual Detour no es una simple película noir más: Vera está lejos de la clásica chica bella y fatal que deslumbra con sus curvas y su osadía con las armas, y encarna sobradamente bien, con ojos demoniacos y voz restallante, sin necesidad de una pistola (ella misma es una granada) a una mujer insana de venenosa personalidad, de actitud ambiciosa y malvada y de sexualidad tan potente y febril como la que puede ostentar un maniático: ella es quien se encargará de hacerle la vida imposible al pobre y sufrido Tom y lo arrastrará mucho más rápida e interesantemente, no a un simple y molesto desvío de carretera, sino al abismo de lo absurdo y la desdicha.



     El crimen (o la vida misma) tiene sus bemoles, parece decirnos Ulmer en su filme, porque es un asunto al que no sólo se llega por “concierto para delinquir”, como diría un leguleyo urgido de clientes, sino que está sujeto a los vaivenes de la existencia y el mundo y es proclive a involucrar hasta el pianista más sensible e indefenso. Cuando la máquina del mundo bastantes veces nos ha mostrado su manera de valerse de sucios engranajes y manipulaciones para su flamante funcionamiento, uno debe ser cuidadoso hasta en lo que sueña y esperarse lo peor de lo peor. Kafka lo ha mostrado claramente, y Shakespeare, el gran aprendiz de los usos dramáticos griegos, lo dijo en la conocida cita de As you like it: "Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores: tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo interpreta a muchas partes.” En Detour el escenario es la carretera, Tom y Vera posiblemente sean solo juguetes (más que actores) de una conjura o una charada universal, y ambos en su momento pasan de ser ganadores ensalzados a cucarachas de restaurante barato. 

    La joya fílmica que es Detour cumple, a nuestras aciagas fechas de xenofobia, estupidez y corrupción exacerbada, 72 años; pero verla actualmente representa, más que un hálito de frescura e inteligencia en medio del entretenimiento pueril de nuestros días, un ejercicio inaplazable para quien quiera recordar que la cinematografía a veces es concebida desde una perspectiva más inteligente y artística; no hay que olvidar que el humilde origen de este filme se halla en la subvalorada serie B: ya quisiera la industria actual hacer una “baratija” como esta. Al paso que vamos, el tiempo mantendrá a Detour indemne y avasalladora, tan lúcida como aquella noche del 30 de noviembre de 1945, el primer momento en ser atravesada por la luz de un proyector para ser vista por un público expectante.


sábado, 25 de febrero de 2017

¿Qué desean los hombres en la cama?: The Handmaiden (2016) de Park Chan-Wook







Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com




La había tocado antes, al lavarla y vestirla, pero nunca de aquel modo. ¡Qué piel más suave tenia! ¡Qué cálida! Era como si estuviera extrayendo de la oscuridad el calor y la forma de Maud; como si la oscuridad se estuviera haciendo sólida y creciera de prisa entre mis manos.

Fragmento de Fingersmith de Sarah Waters.






La lectura en voz alta posee el encanto inigualable de construir atmósferas, sensaciones, desencanto, lujuria, o simplemente ser un acto de seducción; un propicio tono de voz puede dar vida a las inertes palabras que cuentan una historia y que se ocultan entre en los libros; en algunas ocasiones, llega a ser subyugante al punto de transmitir hondas emociones y despertar esos oscuros deseos acallados en el subconsciente.

      El dejar pasear libremente los deseos e instintos por una casa estilo victoriana, es la última propuesta del director surcoreano Park Chan-Wook, titulada The Handmaiden (2016) y estrenada con éxito en diversos festivales. En esta ocasión el director asiático nos lleva por los giros de tuerca de un thriller de suspenso, erotismo y libertad: adapta la exitosa obra de Sarah Waters Fingersmith (2002) y traslada los sucesos de la Inglaterra victoriana a la Surcoreana de los años 30 bajo el dominio japonés. La historia se centra en la consecución de un timo, el engañar a una rica heredera, Lady Hideko, interpretada por la hermosa Kim Min-Hee, quien vive bajo la protección de su tío Kouzuki: un enigmático Cho Jin-Woong da vida a este personaje oscuro con una extensa colección de libros y con un gusto particular por la lectura en voz alta y las ilustraciones. Kim Tae-ri es Sook-hee, la criada contratada para entregar perdidamente enamorada a la heredera en los brazos del conde Fujiwara.

   Esta densa trama de engaños se alimenta de un arrebatado erotismo. Park Chan-Wook lleva a sus personajes y al espectador por una espiral de deseo, pasión y un profundo roce con el sadomasoquismo. Si bien en su trilogía de Old Boy la violencia y la sangre, eran elementos determinantes, en esta ocasión, es el proceso de descubrimiento sentimental, carnal, de lujuria y libertad contenida en la sexualidad. Ese amor que se despierta entre Hideko y Sook-hee va más allá del cuidado de una doncella y las caricias: las miradas cómplices, los celos, el sexo liberador y febril complejiza la vida de estas dos mujeres, al punto de llevarlas a la insania; quizás eso sea el verdadero amor, un acto de locura, un salto al vacío. 



Con un tema de intriga y suspenso, el director surcoreano plantea una puesta en escena dividida en tres partes, en las cuales las intenciones de los personajes, siembran más dudas que respuestas, dando un largo aliento a una historia que crece en su desenlace y deja sin respiro al espectador; aunque su metraje es un poco extenso, esto no hace mella en su solidez narrativa. Se ambienta en una época difícil para Corea: el director reconoce que parte de los avances que tendrá la sociedad de su país deriva de la cercanía que pudo obtener con la influencia occidental que vivía Japón, y esto llevó a que con el tiempo las barreras culturales impuestas cedieran. Para Park “Corea permaneció estancada durante mucho tiempo, hasta que se vio forzada a abrir sus fronteras y tuvo que recibir cultura proveniente del exterior a la fuerza. Fue una época en la que, filtrada a través de Japón, la cultura occidental se abrió camino hasta Corea. Fue entonces cuando la ciencia moderna y la tecnología entraron en el país.”. El impulso final, lo da la separación de las coreas y Corea del Sur opto por una abierta cercanía a occidente.

      Sin la violencia y la sangre marca característica del director, es más que loable la manera en que Park desarrolla su idea del amor y de la sexualidad, más allá del tipo de relación existente y los sexos que logran componerla, es un acto liberador, sin ataduras, pero que encierra un inquietante poder sobre los individuos, al punto de dejarlos a la merced de los más profundos y oscuros deseos.


jueves, 16 de febrero de 2017

La persistencia de los recuerdos: Aquarius (2016) de Kleber Mendonça Filho





Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com

Hoje
Homens sem medo aportam no futuro
Eu tenho medo acordo e te procuro
Meu quarto escuro é inerte como a norte. (1)



En la actualidad la idea que más ronda a nuestro alrededor es la de obsolescencia, lo nuevo es ya desactualizado y las noticias siempre resultan ser una versión anterior de los hechos, no menos son los seres humanos, la vejez se transformó en la carga imperecedera del tiempo y con él sus memorias y recuerdos.
   Esta idea de la obsolescencia ronda la propuesta del director brasileño Kleber Mendonça Filho quien da vida, cuerpo, carácter, gustos y memorias a Clara, protagonista de Aquarius su última película, una mujer de 66 años, critica de música jubilada y con una vitalidad y sensualidad sin igual, pero que enfrenta los problemas de la vejez, no solo por su edad, sus hijos, nietos, carrera, soledad, amores furtivos y una excelente e inigualable colección de música; también se debe al proyecto que se desea adelantar en el condominio (en proceso de demolición) del cual es la única residente y por ende, la engorrosa talanquera que impide el avance de la construcción.


  La especulativa burbuja inmobiliaria que circula por los países latinoamericanos en los últimos años, ha dado como resultado la construcción de la falsa idea de bienestar, de seguridad, confianza, de un aislamiento preventivo, necesario e higiénico. Con ello, los procesos urbanos han llevado a la desaparición de la memoria arquitectónica de las ciudades y de sus habitantes. Y no es para menos que en el aluvión de edificios y construcciones verticales, lo que se cambia no es solo el paisaje, también las formas de relacionarse de los individuos, se rompe todo posible contacto y cercanía en pos de una convivencia sin los otros.

   Clara, interpretada majestuosamente por Sonia Braga (quien ha recibido diversos premios por esta actuación) es presentada por el director brasileño en tres momentos, cada uno de ellos significativo en la historia de vida de la sexagenaria mujer. El primero titulado “El cabello de Clara”, se ubica en los 80´s, esposo, hijos y una numerosa y extensa familia; los otros dos “El amor de Clara” y “El cáncer de Clara” nos llevan a su contemporaneidad, la soledad, recuerdos, amores, amistades, música, entre otros, pero sobretodo, nos permite conocer la valentía y el carácter al enfrentar un Goliat como es la construcción, desde su pequeño apartamento, espacio de resistencia y tranquilidad.

   Mendonça propone una puesta en escena desde el espacio mismo: el apartamento de Clara es parte sustancial de su existencia, quién es y su memoria. La música resulta ser un narrador omnipresente en la historia; con ella incluso se dan respuestas en la película. Por otra parte la cámara merodea, persigue, se oculta, desaparece y nos deja con la presencia de Clara, sus días y noches. 



  Pero la película del director brasileño no se encuentra exenta de polémica, no por su propuesta, sino por el acto que realizó antes de su presentación en Cannes: unas pancartas que señalaban el descontento político por lo sucedido con la expresidente Dilma Rousseff, con frases como “Brasil experimenta un golpe de estado” y “Brasil ya no es una democracia”, algo que pasaría como mera anécdota, si en realidad el gigante del sur no viviera una convulsionada vida política. Este acto simbólico alejó la posibilidad de que la película fuera postulada a los premios Oscar a mejor película extranjera, como bien lo dice Mendonça en entrevista con el diario Clarín de Argentina: “La postulación de cualquier filme para el Oscar es una decisión estratégica, industrial, para ese país. No debería ser algo subjetivo, sino técnico. Y ningún otro filme en Brasil este año tenía el prestigio internacional de Aquarius. La boicotearon y eligieron una película [Pequeño secreto, de David Schurmann] que no tenía, ni tiene, la carrera internacional de Aquarius. Fue una decisión política (2)”. Un sin sabor no solo por el cine brasileño, sino por el cine latinoamericano.

   Este pulso político es el que vive Clara: el abandonar el apartamento no solo es una decisión de cambio de vida y espacio, es la confrontación con aquello que reconfigura lo privado, por ello, esa perspectiva tan particular de Mendonça ser testigo de los cambios de la sociedad brasileña desde lo íntimo.


Referencias:

·        (1)  Letra de la canción Hoje de Taiguara que compone la banda sonora de la película.

·   (2) Diario Clarín (Argentina) tomado de http://www.clarin.com/extra-show/cine/kleber-mendonca-filho-decir-puede-gran-acto-politico_0_S1-8GJQBx.html

jueves, 9 de febrero de 2017

William Carlos Williams viaja en bus: Paterson (2016) de Jim Jarmusch




Por William Alexander Medina




Paterson es una hendidura en la vida cotidiana, en los artificios que inventan los hombres para hacer de su existencia algo de lo cual sentirse medianamente tranquilos, quizás apacibles, honrados, reconocidos. Los viandantes se desplazan al ritmo de la ciudad, de sus calles, sus rincones, olores y colores. Como suele suceder, los hombres se mueven a la velocidad frenética de sus necesidades.



   El filme Paterson (2016) de Jarmusch cuenta cómo es el transcurrir de lo ordinario y repetitivo y del alimentarse de las acciones que hacen que los individuos merodeen por el mundo. Si bien la trama de Paterson no reviste ningún artificio narrativo, en su sencillez se esconde una obra con una riqueza poética tanto lírica como visual, a camino entre en el homenaje y el dar vida a una obra que es un personaje en sí mismo, darle color y sensación a las palabras que componen una ciudad. Paterson (interpretado brillantemente por Adam Driver), es un conductor de bus que tiene una vida apacible, se levanta todos los días a las 6:30, ve a su esposa dormir (una hermosa Golshifteh Farahani) mientras la acaricia la luz que irrumpe por la ventana, fragmento del tiempo que posteriormente se convertirá en poesía. Sus días transcurren entre el trabajo, los olores, las conversaciones, el paisaje, una cerveza y el paseo del perro.


    No reviste mayor sorpresa una vida así de simple, pero cuando esta se convierte en una representación lírica de lo intuitivo, de lo corriente y fugaz de lo cotidiano, del borbollón atropellado de eventos que componen la vida, Paterson lo transcribe en poesía y la hace frente a la cascada, la misma que en tiempos anteriores inspiró la obra de William Carlos Williams, médico y poeta de New Jersey, uno de los autores más importante de la literatura moderna norteamericana. 


Jarmusch construye el guión teniendo como referente indiscutible la obra de Willliams, esencialmente el libro de poemas titulado Paterson (llamado así por la ciudad ubicada en el condado de Passaic en New Jersey) publicado entre los años 1946 y 1958: un libro en cuatro tomos, cada uno de ellos inspirado por la cascada ubicada en la ciudad de Paterson, la misma en la cual transcurre la película de Jarmusch, una obra definida por su autor con estas palabras: “Una vez decidido lo que quería hacer, me tomé mi tiempo para decidir cómo debía abordar la tarea. El punto era utilizar las múltiples facetas que presenta una ciudad para representar facetas comparables del pensamiento contemporáneo, con la intención de poder objetivar al hombre mismo tal y como lo conocemos y amamos y odiamos. Me parecía que un poema era para esto, para hablarnos con un lenguaje que pudiéramos entender. Pero antes de poder entenderlo, el lenguaje debe ser reconocible. Debemos reconocerlo como nuestro, debemos estar satisfechos de que hable por nosotros. Y aun así, debe seguir siendo un lenguaje como todos los lenguajes, un símbolo de comunicación”.

    El lenguaje nunca inmóvil y en constante reconstrucción, es lo que nos muestra Jarmusch en su propuesta estética, una obra con una puesta en escena, sencilla, precisa y de una portentosa riqueza estética. La fotografía a cargo de Frederick Elmes, reconstruye con su color, el largo aliento de una ciudad en movimiento y con un tempo narrativo que invoca la contemplación de lo cotidiano. El director norteamericano se mueve en el campo que más conoce: la literatura, pero también, en las conversaciones sencillas, en los silencios compartidos, en la puntual y delicada línea que convierte lo insustancial de la rutina diaria, en un epitome del trasegar del individuo por el mundo, el gusto por las pequeñas cosas, el resguardar el último espacio de privacidad del hombre (la negativa al celular por parte de Paterson), todas aquellas cosas que componen hoy nuestro devenir.

    Paterson es una ciudad que se vuelve hombre, un hombre que escribe poesía, una poesía que se convierte en ciudad y una película sobre un hombre que construye sobre lo cotidiano en una ciudad llamada Paterson: como bien decía Williams no existen otras ideas que sean las cosas mismas.


* Click en Paterson (1963) - William Carlos Williams para acceder al libro. 




El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...