lunes, 20 de marzo de 2017

Nota sobre “Sin pan y sin trabajo” (1894), cuadro de Ernesto de la Cárcova



Ernesto de la Cárcova
(Buenos Aires, 1866 - 1927)
Sin pan y sin trabajo, 1893 - 1894
Óleo sobre tela, 125,5 x 216 cm
Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires



Por Leonardo Mora

sonidosrare@gmail.com


Al visitar el Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires y entrar a la sala 24, la cual resguarda diversas e importantes obras de arte argentino del siglo XIX, nos encontramos con un sobrecogedor cuadro titulado “Sin pan y sin trabajo” (1894) del artista Ernesto de la Cárcova. 

   El gran formato de esta obra, más que capturar la mirada del observador, la arrastra a una marea negra de desolación  a través de una escena que logra con creces sobreponerse a una mutilante clasificación bajo los signos del naturalismo y el realismo, dado su mayor énfasis en la expresividad. Este cuadro suscita una profunda reflexión sobre la miseria de las mujeres y los hombres en el margen de las ciudades y la vida urbana, espacios que sufrieron más que nunca a partir del siglo XIX el nacimiento de esa temible avalancha que es la mecanización del mundo y de la vida gracias a la Revolución Industrial (con su consecuente pobreza de las clases trabajadoras) y al auge de la burguesía como clase social.

    La imagen nos muestra un matrimonio que ocupa una oscura y sórdida habitación iluminada apenas por una ventana frontal. Sentados ante una mesa en la que descansan cesantes herramientas de trabajo, encontramos en primer plano a una mujer demacrada y agotada de cabellos oscuros y pecho enflaquecido, amamantando a un bebé sin mayores rasgos definibles; la mirada de ella recae llena de incertidumbre en su esposo, situado enfrente suyo, el cual se ocupa de observar a través de la ventana una desavenencia afuera de la casa (en segundo y lejano plano) entre obreros y guardias a caballo, frente a una fábrica cerrada. El hombre se muestra en posición hincada, forzando su silla en desigual perspectiva, con el puño izquierdo cerrado con contundencia sobre la mesa y el derecho sujeto agónicamente de la ventana. La impotencia del matrimonio ante la adversidad, su doloroso contrapunto de pareja abandonada a su suerte, se manifiesta en una violenta belleza que subsume al espectador. 


   El trazo febril de la obra funde en una especie de totalización tétrica los elementos que la componen, lo cual de alguna manera sugiere una acentuación indivisible donde convergen los aspectos constituyentes de la vida: individual, moral, social, cultural y económico. María Gainza señala que De la Cárcova “pintó su cuadro de manera agitada, como si el mismo pincel arrastrara la ansiedad contenida del desocupado. Lo que pasa en la imagen y lo que hace la pincelada se estimulan mutuamente” (1). El dramatismo de la obra aumenta por el tratamiento a contraluz sobre el espacio, pletórico de sombras desiguales, por la lúgubre gama de colores que oscilan entre el negro, el marrón, el gris y el morado, y por el marcado contraste en el que la luz se afianza en la ventana y en la parte superior de los personajes, desde el torso, desplazando la parte inferior del cuadro a confundirse con la oscuridad reinante. 


   Sin pan y sin trabajo, bella y conmovedora obra de Ernesto de la Cárcova,  es, como señala Laura Malosetti “el primer cuadro de tema obrero con intención de crítica social en el arte argentino. Desde el momento de su exhibición ha sido una pieza emblemática del arte nacional: comentado, reproducido, citado y reapropiado por sucesivas generaciones de artistas, historiadores y críticos hasta la actualidad” (2). Su manera de plasmar desde un signo hondamente personal las trágicas consecuencias de la tensión de una urbe creciente como Buenos Aires, gracias a la inmensa afluencia de inmigrantes europeos que llegaban en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida, especialmente desde la década de 1890, posee una tremenda actualidad, si tan solo avistamos las negativas consecuencias sociales y morales de las migraciones que hoy suceden alrededor del mundo y de la precarización de la vida obrera en los suburbios de las concentraciones urbanas. 




(1) GAINZA, María. “Ernesto de la Cárcova: sin pan y sin trabajo”. En portal Educar. Recuperado en: https://www.educ.ar/recursos/131161/ernesto-de-la-carcova-sin-pan-y-sin-trabajo

(2) MALOSETTI, Laura. Comentario sobre Sin pan y sin trabajo. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires. Página oficial. Recuperado en https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/1777

En el enlace anterior puede obtenerse una reproducción de cuadro en alta definición.

lunes, 6 de marzo de 2017

El estruendo del silencio: Silence (2016) de Martin Scorsese






Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com


El silencio se hace cada vez mayor y mi corazón se oprime y espanta en una nueva verdad; tampoco él puede hablar; se ha puesto de acuerdo con la naturaleza. En medio de este silencio es necia la palabra y el pensamiento mismo; oigo reír detrás de cada frase al error y la ilusión.

Aurora / Friedrich Nietzsche


El silencio se supone como un espacio vacío, muerto sin la vibración de la palabra, sin el eco que descifra el mundo y da sentido a la vida; pero, por el contrario, ha de considerarse como el lugar de la existencia consigo mismo, un punto de confluencia e introspección, en el que se acalla la palabra pero se encuentra el mundo. 

    La historia de la cristiandad esta plagada de zonas de luz para algunos y de largos espacios sinuosos para otros. Su expansión por el mundo llevó a una progresiva condena de todo aquello que no existiera bajo la premisa de un único y sagrado DIOS: las nociones de barbarie y pecado se esparcieron como la peste, pero también la resignación, el sufrimiento, la caridad. La última película de Martin Scorsese continua la búsqueda por lo religioso, la fe, una que empezó hace algunas décadas con La última tentación de Cristo (1988), y que continúo con Kundun (1997) para hoy cerrarse (quizás) con Silence (2016). Silence se centra en la indagación de dos padres franciscanos de origen portugués en el Japón del siglo XVII del padre Ferreira, quien da muestras de su presencia en una misiva. Un Japón que ha declarado la desaparición del cristianismo y utiliza todos los medios de coerción y tortura para esto, es el lugar de recibimiento de los franciscanos; entre aldeas y devotos campesinos transcurren los días, hasta terminar alojados en una pequeña cabaña en medio de las montañas, sobrecogidos por un silencio absoluto.


  Aunque la pesquisa continúa, los oficios religiosos demandan la presencia de los padres, pero con esto se entrevé la poca claridad de la existencia de Dios entre los japoneses. Entre la promesa del paraíso, la redención y el perdón de los pecados, los campesinos divagan y reafirman su fe. El único gesto es creer o no (aunque suene a canción) a costa de sus propias vidas y un voto de silencio. Precisamente el silencio, es parte esencial de la película, no por la búsqueda sucinta de Dios sino por el contrario, porque pone de manifiesto su no existencia, su abandono: si la palabra lo conjura, el silencio lo elimina, lo hace a un lado, y este es precisamente lo que procura el inquisidor Inoue al intentar que los padres se conviertan en apoótatas, dejarlos en el limbo de una no existencia religiosa para lo público, aunque abnegadamente esta se conserve como una hoguera en pleno en el ámbito privado.

   Silence es la adaptación de la obra de Shusaku Endo*, uno de los escritores nipones más relevantes del siglo XX. Con una perspectiva cristiana en su literatura, da voz a una comunidad que representa el 1% en la isla del sol naciente. Aunque la obra de Endo ya fue llevada al cine por el director japonés Masahiro Shinoda en 1971, el director italoamericano llevaba tres décadas con el proyecto, hasta que finalmente ve la luz.  


   El filme cuenta con una puesta en escena que pone de frente los tortuosos caminos de la fe, con una estupenda fotografía, pero con una carencia de empatía con sus actores principales, quienes resultan ser modelos morales, vaciados de la existencia del mundo, con una ingenuidad que pone una distancia dramática con la espesura de la obra, representados por Andrew Garfield ('Spider-Man', 'La red social') y Adam Driver ('Paterson’): al primero es difícil no ubicarlo con las mayas de Spiderman; en cuanto al segundo aún queda el rezago de su personaje meditabundo de Jim Jarmusch. Por el contrario, la poca presencia de Liam Neeson da un nuevo respiro al drama, este llena la pantalla, como el Kurtz de Apocalipsis Now, aunque personajes como Yōsuke Kubozuka (como Kichijiro) con pequeñas dosis de humor, revitalizan una obra que por su metraje puede llegar a ser extenuante.

   Silence no es una plegaria abierta al cristianismo, pero si un punto de inflexión de la fe. Si bien los estertores de hombres condenados o subyugados por la existencia, la religión ha hechos mártires, el miedo y la culpa han hecho cautiva a toda una humanidad. 

*Link para el libro de Shusaku Endo: http://assets.espapdf.com/b/Shusaku%20Endo/Silencio%20(1479)/Silencio%20-%20Shusaku%20Endo.pdf

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