jueves, 25 de abril de 2013

Mrs Dalloway o el encanto de la interioridad







Por David Martínez Houghton.

   Resulta complejo aproximarse a una novela como Mrs. Dalloway (Virginia Woolf, 1925), especialmente por tratarse de una de las obras más estudiadas y conocidas de la autora londinense. Ante la multiplicidad de enfoques con los que se ha pretendido dar cuenta de sus elementos significativos, pareciera como si todas las posibles vías de acceso interpretativo a la obra hubiesen sido allanadas, haciendo que cualquier intento de reflexión pueda caer fácilmente en la reiteración.

   No obstante, y a riesgo de que las ideas aquí expresadas se pierdan en el cúmulo de literatura que existe sobre la obra de Woolf, este ensayo pretende, ante todo, entablar un dialogo entre la novela Mrs. Dalloway y ciertos conceptos y categorías de análisis. Más allá, proponer una reflexión acerca de los puntos de encuentro entre la novela como género literario y la representación que esta hace del conflicto entre el individuo y ciertas ideologías sociales. Esta empresa, por su modestia, no excluye la posibilidad de aportar a la comprensión de los elementos significativos de la novela en cuestión.

   Ambientada en la Inglaterra de la primera posguerra, Mrs. Dalloway narra los acontecimientos de un día en la vida de una elegante mujer de la alta sociedad londinense. No obstante, las triviales peripecias de Clarissa Dalloway son apenas la superficie de problemas más trascendentes. Inscrita dentro de la tradición literaria modernista, Mrs. Dalloway mantiene la preocupación, presente en otros escritores como William Faulkner y James Joyce, por representar literariamente el funcionamiento de la mente humana, valiéndose para esto de una técnica recurrente en varias de sus obras, esto es, la presentación sucesiva, en tercera persona, de los pensamientos de sus personajes.

    Es allí, en el flujo de los pensamientos, donde los hechos exteriores van adquiriendo sentido. Ahora bien, es claro que esta suerte de interioridad de la novela no es, como ya se mencionó, un fenómeno aislado. Para 1925, año de publicación de Mrs. Dalloway, el advenimiento de las vanguardias artísticas, así como de postulados científicos y filosóficos de claro matiz revolucionario, es ya un fenómeno ineludible en el panorama cultural de la época. La literatura, y en especial la novela, no fueron ajenas a ese movimiento trascendente. La aparición de obras en las que las categorías aristotélicas de unidad de tiempo, de acción y de lugar son replanteadas, marcó las primeras décadas del siglo XX. La experimentación obliga a una redefinición de la relación entre el lector y la obra, pues esta última requiere de una participación diferente del lector para dejar ver su sentido. Las nociones de secuencialidad, jerarquía, orden y unidad desaparecen o se confunden, dando lugar a la relatividad y la indeterminación.

   La distancia que media entre algunas novelas del siglo XIX, en donde el lenguaje, ordenado, legible, trata de representar el mundo exterior en el que se desenvuelve el héroe, y la producción de algunos novelistas de comienzos del siglo XX, en la que predominan la disolución de las formas clásicas, la desaparición de lo exterior en beneficio de la representación de los devaneos de la psique, la perdida de unidad y la relativización del sentido, es inmensa. Se termina de romper aquella escritura única en donde, según Roland Barthes, la forma no podía ser desgarrada ya que la conciencia no lo era[1].

    Enmarcada por la traumática experiencia de la I guerra mundial y la crisis que siguió al tratado de Versalles, la aparición del psicoanálisis, especialmente en lo que al descubrimiento del inconsciente se refiere, podría postularse como otro agente muy importante en la aparición de nuevas formas (o mejor, reacciones ante las formas clásicas) y temas en la literatura. Poniendo en tela de juicio la pretensión de Descartes acerca de que el ser humano es, ante todo, consciencia, claridad, identidad,  Freud postula la existencia de una zona de la mente humana en la que se alojarían impulsos irracionales, experiencias traumáticas que la psique trata de olvidar, traumas, complejos y, sobre todo, agresividad:

“La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor,  que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad.”[2]

   Freud sacude uno de los fundamentos del pensamiento moderno y abre la posibilidad extraordinaria de comprender – al menos intentarlo – al ser humano sin idealizaciones, tal cual es, instintivo, sujeto a pulsiones irrefrenables y deseos insatisfechos. Las implicaciones de la teoría psicoanalítica son de sobra conocidas, no sólo en tanto método terapéutico, sino también como referente teórico para la interpretación de los fenómenos de la cultura. Según Jacques Lacan:

“En primer lugar, de la sustancia pensante se puede decir que, después de todo, la hemos modificado sensiblemente. Desde aquel pienso que por suponerse a sí mismo, funda la existencia, hemos tenido que dar un paso, el del inconsciente.”[3]

  En cuanto a la redacción de la obra que nos ocupa, es bastante probable que los antecedentes familiares, así como la experiencia con el llamado círculo de Bloomsbury, hayan puesto a Virginia Woolf en una situación privilegiada para conocer y asimilar la cultura de su época, dejándose permear  por los hallazgos del psicoanálisis, así como por las obras de vanguardia y las más novedosas teorías científicas.  No hay que olvidar, por cierto, que las experiencias de la autora con la muerte de sus padres y hermana, sus tendencias a la locura y el tener que vérselas con el convulso panorama político de entreguerras, marcaron también su actitud frente a la literatura.

   Dentro de este contexto cultural que mencionábamos, el término Stream of consciousness[4], usado por primera vez por William James en Principles of Pscichology (1890), permite designar ese rasgo de interioridad que anunciamos. Se trata de representar aquellas impresiones, conscientes o inconscientes, que van determinando la actitud del héroe frente al mundo. Estas impresiones fluyen incesantemente, sin que la voluntad del personaje pueda detenerlas. Así,

“… frente a la socialización, la estandarización y la uniformidad crecientes de nuestra época, (Virginia Woolf) insiste en mostrar lo personal, lo muy personal, que es la experiencia, sin descontar las fuerzas que afectan al individuo. Estas fuerzas, sin embargo, pierden su carácter objetivo, reflejándose en una libre y constante asociación de ideas e imágenes. Las imágenes, carentes de sentido fuera de la novela, adquieren aquí un gran poder simbolizante como modo de sugerir una supuesta realidad interior.”[5]

   Es importante anotar aquí que esta introspección que evidencian los héroes novelescos en algunas obras de comienzos de siglo XX, se explica también en la medida en que la novela es, según Lukács, el género que representa la ruptura del héroe con el mundo. Lo que tienen de novedoso estas obras es su forma de representar esta ruptura, privilegiando el discurrir interior de la experiencia sobre la representación exterior del mundo que hace problemática la experiencia humana.

Atendiendo al carácter cambiante de las formaciones sociales y por tanto de los diferentes sistemas de representación simbólica (la cultura) correspondientes a cada sociedad, Lukács sostiene que existen determinadas “formas” literarias que corresponden a ciertas actitudes humanas determinadas por el orden social imperante. La  Forma es producto de la materialización artística de maneras de ver el mundo y como tales, definen la relación de la obra con las ideologías existentes en un momento dado:

 “Toda forma artística se define por su disonancia metafísica con la vida que acepta y organiza como fundamento de una totalidad perfecta en sí misma.”[6]

   No obstante, estas  formas no son exclusivas de una época dada, por cuanto pueden darse en el curso de la historia siempre y cuando los individuos se encuentren en una situación existencial similar. Lukács ubica las formas de la epopeya, la tragedia y la novela como correspondientes a estados sociales, culturales y espirituales concretos. En lo que a la novela concierne, el autor húngaro plantea que en este tipo de obras el héroe busca unos valores absolutos, universales (no necesariamente el héroe novelesco tiene que encarnar esos valores o buscarlos explícitamente, se trata más bien de una búsqueda inconsciente) que no son posibles en un mundo degradado y hostil, tornando problemática dicha búsqueda.



  La forma novelesca se caracteriza, según Lukács, por una búsqueda degradada en un mundo degradado. Sin embargo, esos valores que se buscan no se presentan de manera directa en la obra, en el discurso de los héroes o en las incursiones del narrador. Esos valores se evidencian precisamente por su falta, por su negación, pues no están presentes de manera explícita en la novela, son preocupaciones éticas del autor llevadas al plano de la creación artística en dónde se perciben precisamente porque están fuera de la conciencia del héroe y su vida problemática o degradada nos revela de manera implícita su ausencia.  Al respecto Héléne Pouliquen afirma:

“…esos valores, ausentes del mundo, como es evidente, lo son también de la conciencia del héroe (la novela según Lúkács es la forma literaria de la ausencia). Están actuando, a pesar de todo, en la obra, de un modo implícito: se han refugiado en la conciencia del autor, el cual, no pudiendo vivirlos real y plenamente, concretamente, en el mundo degradado, los conserva bajo la forma (insuficiente) de una exigencia conceptual, ética, abstracta. El autor mismo, como es evidente, no escapa de la degradación generalizada del mundo, de su carácter muy imperfecto.”[7]

   A pesar de que la tipología de Lukács ha sido ampliamente cuestionada por su aparente carácter restrictivo[8], puede resultarnos de utilidad para comprender ciertos aspectos de la novela que nos ocupa, pues el conflicto de Clarissa Dalloway podría entenderse como un enfrentamiento entre su conciencia y un mundo que aparece como demasiado estrecho para sus ambiciones y expectativas.

   Para Lukács, los personajes de la novela son buscadores, siempre persiguiendo la inmanencia a través de una lucha, desafiando al tiempo. En un mundo sin dioses, el sentido sólo puede dárnoslo la propia lucha por encontrar algo que sustente y justifique la acción y el pensamiento. Los personajes centrales de Mrs Dalloway buscan, pero su búsqueda toma matices diversos: la locura en el caso de Septimus, el exilio en Peter Walsh, cierta neurosis en Clarissa Dalloway. Son héroes demoniacos, en conflicto con una segunda naturaleza que produce en ellos ansiedades, sufrimientos, momentos de intensa alegría seguidos de gran tristeza, incluso de muerte. En el héroe problemático, según Lukács:

“… los límites que separan el crimen del heroísmo y la locura de la racionalidad que gobierna la vida son límites poco resueltos, puramente psicológicos, aun cuando la aberración se manifiesta con tremenda claridad y no presta lugar a la confusión.”[9]

   Se trata entonces de comprender a Mrs Dalloway como creación novelística que pone en evidencia un tipo de héroe problemático enfrentado a un mundo que se muestra como insuficiente, haciendo manifiesto este enfrentamiento en la medida en que su conciencia lo problematiza. Todo el ambiente social y cultural de la época victoriana en decadencia es asimilado a través de la consciencia de los personajes, presentándonos el mundo como composición de subjetividades y no como conciencia unificada que construye un mundo exterior claramente identificable. La única forma de armonizar este entramado de visiones es a través de la narración sucesiva en tercera persona (en tiempo pretérito indefinido), suponiendo la existencia de un narrador muy cercano a los pensamientos de Clarissa Dalloway o Peter Walsh. Esta escritura propuesta por Virginia Woolf nos permite relacionar esas conciencias fragmentadas, en ocasiones atormentadas, con una espacio – temporalidad que ordena la narración. Para Barthes, con el uso del pretérito indefinido, el verbo, implícitamente, forma parte de un conjunto de acciones solidarias y dirigidas, funciona como el signo algebraico de una intención; sosteniendo el equívoco entre temporalidad y causalidad, presupone un desarrollo, es decir, una comprensión del relato.[10]

  Este orden no supone, sin embargo, una unidad. El mundo es una impresión emocional, subjetiva, por ende, relativa. Los acontecimientos exteriores (la preparación de la fiesta, la llegada de Richard Dalloway, la caminata de Peter) son identificables y ordenables en el tiempo y en el espacio, no así los devaneos mentales que constituyen la mayor parte del texto. Estos expresan individualidades sujetas a contingencias de orden psico – social que alteran siempre su percepción del mundo. Si a una hora de la mañana, caminando por Londres, todo fue motivo de euforia para Mrs Dalloway, en la tarde, apurada y decepcionada, todo será oscuro y decadente; incluso puede llegar al punto de experimentar sensaciones ambiguas y complejas:

   “Se sentía muy joven, y al mismo tiempo indeciblemente avejentada. Como un cuchillo atravesaba todas las cosas; y al mismo tiempo estaba fuera de ellas, mirando…”[11]

A   sí, el protagonismo del relato no lo asume la caracterización de la Inglaterra de posguerra. Aquí lo importante es cómo se enfrentan los personajes a ese mundo, cómo lo sufren  y lo comprenden. El movimiento que describe el personaje  de  Clarissa Dalloway no es, entonces, el de la dama burguesa y caprichosa que trata de definir su papel en la sociedad. Es la expresión de un conflicto de amplia repercusión en la vida del sujeto moderno: ¿Es preciso vivir? ¿No es la muerte una posibilidad sensata de poner fin a un gran sinsentido? ¿Es posible justificar la existencia únicamente por la dicha de estar vivo? ¿Cómo resolver ese movimiento dual del corazón, que se mueve entre la esperanza y la muerte?

  “Sin embargo, a Clarissa la irritaba llevar ese monstruo brutal agitándose en su interior (…) No podía estar en momento alguno totalmente tranquila o totalmente segura, debido a que en cualquier instante el monstruo podía atacarla con su odio…”[12]

   Es importante aquí precisar que el tipo de ruptura mundo – héroe que se puede identificar en Mrs. Dalloway, podría explicarse a partir de lo que Lukács entiende como romanticismo de la decepción. Si bien esta categorización no agota todas las posibilidades de la novela, una totalización de la forma nos permite acceder posteriormente a algunos asuntos más detallados sobre el conflicto del héroe. Para el autor húngaro, es posible identificar el romanticismo de la decepción cuando en una novela están presentes:

“… la desaparición de la simbolización épica, la desintegración de la forma en una secuencia confusa y desestructurada de estados de ánimo y reflexiones, el reemplazo de una historia sensiblemente significativa a través del análisis psicológico.”[13]

   La escritura propuesta por Virginia Woolf nos permite identificar esa secuencia confusa y desestructurada de estados de ánimo y reflexiones, presentadas a través del análisis psicológico. En cuanto a la desaparición de una historia significativa, en Mrs Dalloway apenas podemos hablar de una historia en cuanto tal, al menos no en el sentido de “gran historia” literaria: “El pequeño relato de cómo una mujer rica de la Londres de comienzos de siglo XX prepara una fiesta”. Es probable que una descripción así no nos diga mucho sobre el poderoso asunto humano que esta novela nos propone.

   Ahora bien, para Lukács el romanticismo de la decepción no se define únicamente por la presencia de estos elementos, síntomas textuales de una cuestión más profunda. A diferencia del idealismo abstracto, en donde un ideal enfrentado a la vida busca realizarse en la acción, en el romanticismo de la decepción asistimos a una poderosa interioridad que prefiere volverse sobre sí misma ante la hostilidad y convencionalidad del mundo. En palabras del autor, hay en este tipo de novela una tendencia hacia la pasividad, a evitar conflictos y luchas externas más que a involucrarse, una tendencia a dirimir, dentro del alma todo lo que a esta le concierne”.[14]  

   Llegados a este punto, es importante dejar en claro que no se pretende asumir la tipología de Lukács en un sentido estricto, esperando que los elementos de la novela se adapten a los rasgos enunciados en la Teoría de la novela. En primer lugar, es poco probable que esa hubiera sido la pretensión del autor al formular su teoría. Por otro lado, el hecho de que la obra haya sido elaborada en pleno estallido de la primera guerra, en un momento en que muchos intelectuales asumieron una postura férreamente crítica hacia el capitalismo, movidos por la oscura imagen de los jóvenes yendo a la guerra, llenos de ingenuo optimismo patriótico, hace que su argumentación esté ciertamente condicionada por un pesimismo comprensible en ese momento. La única visión posible en ese contexto era la de un héroe en abierto rechazo del mundo, sucumbiendo ante el embate de una realidad alienante. El mismo autor nos invita a reconsiderar nuestra relación con su texto:

   “De manera que quien lea hoy Teoría de la novela para indagar en la prehistoria de las ideologías importantes de los años ’20 y ’30, sacará provecho de su empresa si realiza una lectura crítica de las líneas aquí sugeridas. Ahora, si el lector pretende utilizar el libro como guía, el resultado será una desorientación aún mayor.”[15]

   Así pues, consideramos que, si bien existe en Mrs. Dalloway existe una relación conflictiva, degradada, ente el héroe y el mundo, la categoría del romanticismo de la decepción nos parece insuficiente para abordar todos los elementos de la obra que nos ocupa, no sólo por considerarla demasiado general[16], sino también porque creemos que el mismo texto de Mrs. Dalloway nos lleva a instantes en los que el héroe, aun reconociendo la insuficiencia del mundo exterior, vuelve a la acción en un acto de reconciliación; no como resignación en el sentido de Lukács, sino más bien como aceptación de que es posible la vida activa en una pequeña porción del mundo. Algo así como el pesimismo moderado que Propone Voltaire en su Candide (1759), cuando propone la idea de que "Il faut cultiver notre jardín”. Para Lukács, por el contrario, la autosuficiencia del héroe implica el abandono de toda lucha por dar cuenta del alma en el mundo exterior, una lucha considerada a priori como inútil y hasta humillante”[17].

   Antes que un abandono total, en Mrs. Dalloway se evidencia la tendencia específica hacia la muerte como posibilidad de no saber, de no ser, en contraste con momentos puntuales en los que hay una aceptación activa de una porción de la realidad, que nos adelantamos a llamar Encanto de la interioridad[18].

  Antes que una renuncia o una postración de carácter total, hay en Mrs. Dalloway un movimiento entre ideas de muerte y momentos específicos de encanto de la interioridad, especialmente en el personaje de Clarissa Dalloway. Hay, en suma, una tensión entre las pulsiones de muerte y de vida, presentes, según Freud, en todo individuo:

  “Partiendo de ciertas especulaciones sobre el origen de la vida y sobre determinados paralelismos biológicos, deduje que, además del instinto que tiende a conservar la sustancia viva y a condensarla en unidades cada vez mayores, debía existir otro, antagónico de aquél, que tendiese a disolver estas unidades y a retornarlas al estado más primitivo, inorgánico.”[19]

   Para Freud, a pesar de que gran parte de este instinto está orientado al exterior en forma de agresividad, en muchas ocasiones está dirigido hacia el propio individuo y, rara vez, aparece disociado de los impulsos de Eros. Al ser introyectado, el impulso de muerte se expresa en la forma del super – yo, asumiendo la función de conciencia (moral), despliega frente al yo la misma dura agresividad que el yo, de buen grado, habría satisfecho en individuos extraños.[20]

   Para Freud, la pulsión de muerte es una tendencia constitutiva de regreso a lo inorgánico. En el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis, se propone que dentro de la última teoría freudiana de las pulsiones, (las pulsiones de muerte) designan una categoría fundamental de pulsiones que se contraponen a las pulsiones de vida y que tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a devolver al ser vivo al estado inorgánico. Las pulsiones de muerte se dirigen primeramente hacia el interior y tienden a la autodestrucción; secundariamente se dirigirían hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva.[21]

   Pese a que la idea de la muerte llega a los pensamientos de Clarissa Dalloway de manera frecuente,“¿O quizá se transformaba en un consuelo el pensar que la muerte no terminaba nada, sino que, en cierta manera, en las calles de Londres, en el ir y venir de las cosas, ella sobrevivía…”[22]

    Es probable que esta pulsión de muerte se imponga ante ella de forma definitiva en el momento en que le comunican sobre el suicidio de Septmus. Allí es donde, con mayor claridad, Mrs. Dalloway asume la muerte como posibilidad de terminar con la angustia que le produce esta pulsión:

“La muerte era un desafío. La muerte era un intento de comunicar, y la gente sentía la imposibilidad de alcanzar el centro que místicamente se les hurtaba; la intimidad separaba; el entusiasmo se desvanecía; una estaba sola. Era como un abrazo, la muerte.”[23]

    La imagen del joven Septimus tomando su decisión, inducido entre otras cosas por la visión nefasta de Sir William Bradshaw, médico prestigioso y al tiempo incompetente: “La vida es intolerable; hacen intolerable la vida, los hombres así”. [24]

   Si la novela terminara en este pasaje: “¡Oh!, pensó Clarissa, en medio de mi fiesta, he aquí a la muerte, pensó”, es probable que pudiera hablarse de una negatividad definitiva, insalvable, tal y como la presenta el caso de Septimus, pues este, ante los embates del retorno de lo real, en forma de esquizofrenia, sucumbe y se abstrae del registro simbólico, volcándose totalmente sobre el registro imaginario. En Clarissa, por el contrario, la pulsión de muerte no constituye una sin salida. Es preciso recordar que para Lacan, es exigible, en efecto, en ese punto del pensamiento de Freud, que aquello de lo que se trata se articulado como pulsión de destrucción, en la medida en que pone en duda todo lo que existe. Pero ella es igualmente voluntad de creación a partir de nada, voluntad de recomienzo.[25]

   Así, la idea de muerte que se apodera de Clarissa frente a la imagen del suicidio, no es por cierto una pulsión que la conduzca de forma definitiva al ostracismo, la negación, propias del tipo del romanticismo de la decepción propuesto por Lukács. Como ya advertimos, hay un encanto de la interioridad, un reconocimiento de que la pequeña parcela de mundo que nos es otorgada, es susceptible de darnos un sentido de existencia. En su estupendo ensayo titulado Un cuarto propio (1929), Virginia Woolf escribe que la belleza del mundo, revelada, y sin embargo, a punto de perecer (…) la belleza del mundo que tan pronto perecerá tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, partiendo el corazón en dos.[26]Ese sentimiento, experimentado por la autora, define también algunos movimientos emocionales de Clarissa: “… y descendiendo la luz rosada del atardecer, y bajar la escalera, y, al cruzar la sala, sentir que “si muriera ahora, sería sumamente feliz”. Este era su sentimiento, el sentimiento de Otelo (…) ¡todo porque había bajado a cenar, con un vestido blanco, para encontrarse con Sally Seaton!”. [27]

    Exactamente después de sufrir la arremetida de la muerte, Clarissa encuentra un punto de agarre para con la realidad. Dos momentos nos parecen importantes en este encanto de la interioridad. Por un lado, la imagen de su esposo, Richard Dalloway, leyendo el periódico, sentado bajo la luz, otorgando a Clarissa esa unidad, erigiéndose como lo simbólico que ordena y calma las angustias de Clarissa: “Luego, estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad (…) Incluso ahora, muy a menudo, si Richard no hubiera estado allí, leyendo el  Times, de manera que ella podía recogerse sobre sí misma, como un pájaro, y revivir poco a poco, lanzando rugiente a lo alto aquel inconmensurable deleite (…) Ella había escapado. Pero aquel joven se había matado”.[28]

    El reconocimiento de su esposo como elemento que le permite mantenerse anclada en la realidad, sin sucumbir a sus ideas de muerte, se despliega luego hacia la contemplación de ese pequeño fortín de seguridad que ha construido a lo largo de su vida. Sus comodidades, su hija, la posibilidad de dar una gran fiesta en su propia casa, incluso el hecho de poseer su propia habitación, hacen que Clarissa se sienta en parte reconciliada. La consciencia de su posición, el pequeño universo de detalles y afectos que ha construido por años, son elementos que le permiten superar la muerte. Justo en el instante que observa por la ventana a aquella anciana entrando en su cuarto, disponiéndose a dormir, es allí cuando la señora Dalloway  se reconcilia con la vida. El mundo es estrecho e injusto sí, pero ella debe ahora cultivar su propio jardín:

“¡Ahora! ¡La vieja dama había apagado la luz! La casa entera estaba ahora a oscuras, con todo aquello ocurriendo, repitió, y a su mente acudieron las palabras: No temas más al ardor del sol. Debía regresar al lado de aquella gente. Pero, ¡qué noche tan extraordinaria!”[29]

   Hemos advertido cómo, para Lacan, la psicosis – pérdida de contacto con la realidad – se produce en la medida en que hay una desorganización del pensar al no poder ordenarse por un déficit del registro de lo simbólico. En uno de sus últimos seminarios, el pensador francés nos propone un concepto que sería la posibilidad de unificar o disminuir el conflicto entre los tres registros fundamentales, a saber, el Sinthome como cuarto elemento en las dimensiones constitutivas de la psique. Pese a que la exposición de este concepto resulta oscura y compleja (debido principalmente a la incorporación de topologías y demás conceptos propios de la matemática), la explicación que propone Dylan Evans en su Diccionario de psicoanálisis lacaniano nos permite aproximar el concepto de encanto de la interioridad a la posibilidad del Sinthome como cura o alternativa frente al conflicto entre los imaginario, lo simbólico y lo real. En palabras de Evans, “en 1963, Lacan afirma que el Sinthome, a diferencia del acting out, no reclama interpretación; no es en sí mismo un llamado al otro, sino un puro goce que no se dirige a nadie”[30]. Más adelante afirma: “Lejos de pedir alguna disolución analítica, el sinthome es lo que “permite vivir” al proporcionar una organización singular al goce”.[31]

   Desbordaría las pretensiones de este ensayo el ampliar concepto tan difícil como el de Sinthome. Las aproximaciones aquí propuestas y algunas lecturas alternativas permiten, sin embargo, aproximar una comprensión de esa posibilidad que proponemos para leer la novela Mrs. Dalloway, esto es, no como una interiorización que conduce a una negación definitiva de la realidad o el mundo exterior, sino como la posibilidad de aceptar una porción del mundo que, de algún modo personal, adquiere sentido y se sobrepone a la imperfección y limitación del mundo en general.





[1] ROLAND BARTHES, El grado cero de la escritura, Siglo XXI, México, 2006, pág. 12.
[2] SIGMUND FREUD. El malestar en la cultura, Alianza, Madrid, 2010. Pág. 101.
[3] JACQUES LACAN, El Seminario 20, Aún (Texto establecido por Jacques – Alain Miller), Ediciones Paidos, BB.AA. Pág. 31.
[4] Se optará aquí por el uso del término en el inglés original, ya que su traducción al español no resulta tan precisa para describir el fenómeno.
[5] HOWARD ROCHESTER, Escritos y escritores británicos, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986. Pág. 173.
[6] GYORGY LUKÁCS, Teoría de la novela. Un ensayo histórico – filosófico sobre las formas de la gran literatura épica. Ediciones Godot, BB. AA., 2010, pág. 66
[7] HÉLÉNE POULIQUEN, Argumentos para una historia de la sociología de la novela. Presentación de la revista ARGUMENTOS en su edición dedicada a la sociología de la literatura. Enero – agosto de 1985. Bogotá, 1985. p. 15.
[8] Al respecto, Pierre Zima plantea que actualmente la tipología Lukacsiana, concebida para ilustrar la ruptura entre el héroe y el mundo, la alienación de la conciencia individual, se ha vuelto problemática, ya que no nos dice casi nada sobre los textos novelescos en cuestión. En: PIERRE ZIMA, Para una crítica de la sociología de la novela. En: revista ARGUMENTOS  (Ene. – ago. 1985). Bogotá. Universidad Nacional de Colombia. p. 42
[9] LUKÁCS, Op. Cit. Pág. 55.
[10] ROLAND BARTHES, Op. Cit. Pág. 36.
[11] VIRGINIA WOOLF, Mrs Dalloway, Ed. El Tiempo, Bogotá, 2002, pág. 10.
[12] Ibíd., Pág. 14
[13] LUKÁCS, Op. Cit. Pág. 109.
[14] LUKÁCS, Op. Cit. Pág. 109.
[15] Ibíd, Pág. 18.
[16] “Debo mencionar tales deformaciones de sentido. Aunque más no sea para dar cuenta de las limitaciones del método de síntesis abstracta practicado por la escuela de las “ciencias del espíritu”. Ibíd., Pág. 9.
[17] Ibíd., Pág. 110.
[18] Concepto propuesto, desarrollado y sugerido por la maestra Héléne Pouliquen en el desarrollo del curso de Estéticas literarias del siglo XX (segundo semestre de 2012), correspondiente a la maestría en literatura de la Universidad javeriana.
[19] SIGMUND FREUD. Op. Cit. Pág. 109.
[20] Ibíd., pág. 113.
[21] JEAN LAPLANCHE & JEAN BERTRAND PONTALIS, Diccionario de Psicoanálisis, traducción Fernando Gimeno Cervantes, Paidós, Barcelona, 1996, página 336.
[22] VIRGINIA WOOLF, Op. Cit. Pág. 11.
[23] Ibíd., Pág. 180.
[24] VIRGINIA WOOLF, Op. Cit. Pág. 180.
[25] JACQUES LACAN, El Seminario 7, La ética del psicoanálisis (Texto establecido por Jacques Alain Miller), Ediciones Paidos, BB.AA., 2003, pág. 257.
[26] VIRGINIA WOOLF, Un cuarto propio, Ediciones Seix Barral, 2008, Pág. 15.
[27] Virginia Woolf, Op. Cit. Pág. 36.
[28] Ibíd., Págs. 180 – 181.
[29] VIRGINIA WOOLF, Op. Cit. Pág. 182.
[30] DYLAN EVANS, Diccionario de psicoanálisis lacaniano, Editorial Paidos, BB.AA., 2010, pág. 180.
[31] Ibíd., Pág. 181

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