martes, 14 de octubre de 2014

Vanguardia y resurrección cinematográfica: Akran (1969) de Richard Myers














 








Por Leonardo Mora
sonidosrare@gmail.com



Consideramos pertinente reflexionar a partir de un filme como Akran (1969) por diversas razones. Además de su valor intrínseco como obra de vanguardia, lamentablemente desconocida y de difícil acceso para la mayor parte del público, por otro lado creemos en la impostergable necesidad de observar y examinar de nuevo trabajos fílmicos clásicos experimentales, que no se inscriben en la línea tradicional del sempiterno cine lineal narrativo y que ya pertenecen al mejor legado de la historia de la cinematografía mundial. En este tipo de filmes descansan enormes posibilidades intelectuales, emocionales y artísticas para los nuevos realizadores y observadores que compartan la idea de que, en los tiempos actuales, el cine como ejercicio artístico y crítico es una labor que cada día pierde más terreno y visibilidad ante la avalancha de nuevas películas que a menudo sólo consisten en una reproducción insufrible de formas gastadas, facilistas y conformistas, desplegadas por realizadores más preocupados por presupuestos y distribución de alto nivel que por el forjamiento de un criterio realmente artístico y de rango intelectual.

      
 Akran es un filme de vanguardia de 1969 escrito, filmado, editado y dirigido por el director norteamericano Richard Myers, en un proceso independiente que tomó cinco años para construirse. En este punto resulta necesario señalar que el ejercicio de establecer líneas de sentido con respecto a una película de vanguardia es muy complejo, dado que este tipo de cine precisamente desea romper con cánones tradicionales y lineales -tanto en el aspecto formal como de contenido- y generalmente ofrece al espectador una mirada muy personal que no obedece a parámetros identificables o habituales. Valga anotar que este carácter difuso resulta ser una suerte de viacrucis para incontables críticos tradicionales, quienes se lamentan cuando les ha sido imposible conceptualizar un filme de gran ambigüedad -como si fuera un sacrilegio el hecho de que una película puede poseer más que una explicación unidireccional- y señalan entonces, para tranquilidad de sus conciencias, que hay supuestas carencias técnicas o de concepción argumental. 


      
  Akran es un impresionante filme -neobarroco en extremo, si se quiere- que se construye a partir de variados elementos formales que enriquecen enormemente su vertiginoso discurso audiovisual. En Akran todo es profuso, continuo, exacerbado, discordante, pero tremendamente coherente en su totalidad: eventos, personajes, locaciones, sonidos y estados de ánimo se confunden y son emitidos a diversas velocidades: así como el realizador implementa una cámara lenta minuciosa y trascendental, para dar detalle de la poesía de las cosas, sin previo aviso  pasa a torrentes despiadados de fotogramas que hostigan la visión. Al observar Akran se sospecha que Myers no trabaja solo desde la “realidad  exterior” de los personajes, sino que desea hacer énfasis en la subconsciencia (recuerdos, visiones, proyecciones, sueños) como elemento crucial de la experiencia personal y por ello mismo se empeña en recrearla de manera radical. Es decir, lo humano se muestra en todo su esplendor, sin restricciones y sin compartimentar, a la mejor manera de James Joyce en la novela capital Ulises, como hicieron notar en su momento los perceptivos críticos Amos Vogel y Robert Ebert; esto es, una infinita realidad de percepción y existencia manifestada simultáneamente, que requiere de un gran disposición y atención para alcanzar a aprehender y decodificar el mensaje y no estar a la zaga. Ebert además señala que Akran posee una innegable honestidad y contundencia debido al tratamiento profundamente personal y atrevido del director -lo cual quizás lo hace más restringido para el público- y menciona que desde la aparición de los primeros trabajos de Godard, ninguna película pudiera ser más influyente, creativa y novedosa hasta Akran, culminada, como ya se había señalado, en 1969.  
  

     
  Esos procesos del subconsciente objetivados en Akran –más efectivos y sinceros que los tradicionales flashbacks del cine, anota también Ebert- los cuales encontramos en contrapunto constante con la cotidianidad más veraz y política, pertenecen a los protagonistas, una joven y carismática pareja involucrada en ciertos círculos artísticos, bajo la mirada violenta de la situación social norteamericana de ese entonces: instituciones políticas, medios de comunicación, publicidad y mercado, eventos desastrosos como la guerra de Vietnam, represión sexual, conflictos raciales, son algunos de los asuntos que desfilan sin maniqueísmos e ingenuidades y se nos muestran como adicionales detonantes de una nefasta represión mental; en definitiva, asistimos a una violenta pugna entre el individuo y la institucionalidad social que no da tregua con sus anquilosadas y mutiladoras regulaciones de siempre.



      
        Es precisamente la capacidad de Richard Myers para concebir una obra cinematográfica de vanguardia estructurada a partir de un discurso fuertemente político, social, cultural y emocional, uno de los aspectos sobresalientes de Akran. Ciertos tipos de vanguardia y cine experimental se inclinan por aplicar métodos estrictamente visuales y abstractos (juegos de geometrías, texturas, colores, luz, sombras) lo cual puede desbocar en obras de frío formalismo, como anotaba en una entrevista la realizadora experimental Abigaíl Child. Pero en el caso de Akran, vemos un filme lleno nervio, de alma, preocupado por la condición humana en la compleja y amenazante sociedad occidental.
      

     

El sonido de Akran es magistral y complejo. Su composición estuvo a cargo de Fred Coulter, músico de la Kent State University, en Ohio. Las imágenes se potencian con enfermizas atmósferas experimentales y electrónicas que a menudo se valen también de grabaciones radiales y discursos políticos en los cuales alcanzamos a escuchar fragmentos de medios de comunicación informando acerca de la muerte de personajes célebres como John Kennedy, Paul Hindemith (compositor de siglo XX) y Jean Cocteau. Valga señalar que en Akran hay bastante remembranza de este último artista, asombrosamente polifacético y que entre múltiples obras creó un cine único en donde lo experimental y lo onírico son elementos de vital importancia.





       Para aquellos que desean sumergirse en una experiencia cinematográfica única y trascendental de imagen y sonido – valga mencionar que los diálogos duran tan sólo unos segundos de toda su extensión, aproximadamente una hora con cuarenta y ocho minutos- Akran es la obra perfecta. Su vitalidad, su persuasión y su poesía están más vigente que nunca: representa una cátedra magistral y reveladora de los nuevos caminos por los cuales debería, provechosamente, decantarse el cine en la actualidad, pero que en definitiva no cuentan para los decepcionantes círculos habituales de elaboración y promoción del cine, tanto en Colombia como en el resto del mundo.
        

(El autor de este texto quiere agradecer infinitamente a Carlos Andrés Oviedo por sumergirse en la peligrosa Deep Web, a riesgo de vulnerar irreparablemente su PC, para capturar y obsequiarme la reveladora Akran.)

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