lunes, 1 de febrero de 2016

El artista febril ante la tempestad de lo cotidiano: Sult (1966) de Henning Carlsen





Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com


Este sensible filme que concentra y potencia extraordinariamente la novela del mismo nombre del polémico autor noruego Knut Hamsun, narra la historia personal de un febril escritor (protagonizado por un enorme Per Oscarsson ganador en Cannes, cuando este premio valía la pena) y su lucha para vencer con determinación sus graves problemas que van desde lo económico –su situación de miseria es terrible-, lo emocional –su condición moral es en extremo compleja, de autoflagelación constante-, hasta lo social, dado que este susceptible personaje hace del contacto diario con la gente y la cotidianidad un engendro monstruoso al que debe enfrentarse y batallar a cada instante de su vida, a riesgo de enloquecer con tanta grosería y estupidez generalizada, que es la negativa e inexcusable manera en que ve a los demás.

       Es así como nos adentramos en un desfile de desencuentros entre este solitario artista y los otros en medio de arrabales tristes, grises, pedregosos y despojados de la ciudad de Kristiania en 1890 (actualmente Oslo, capital de Noruega). Nuestro escritor -nunca conocemos su nombre- se afirma en una dura y orgullosa posición –sin ninguna concesión a su grave estado de pobreza-  y resiste los embates cotidianos más mínimos con toda la entereza posible. Esa realidad que se manifiesta fría, torpe y desconfiada a través de rostros, voces, ademanes, miradas y actitudes de las personas del común, para nuestro protagonista se presentan en toda su máxima expresión, tocan sus fibras más íntimas y llenan de dolor su hipersensible condición. A ello contribuyen elementos formales en el filme como los veloces paneos y zooms de acercamiento y alejamiento sobre los rostros transeúntes -enfermizos énfasis en los más odiosos detalles de la infelicidad y futilidad humana-; y en materia de argumento, con los problemáticos desencuentros del protagonista con personajes de nulo valor e importancia espiritual.   


       Si bien tanta presión social y moral a menudo le generan pensamientos y actitudes insanas al escritor –podemos aplicar la consabida frase de Sartre de que el infierno son los otros- este no se doblega ante el degradante valor de cambio en que se ha convertido la vida y se convierte en un anónimo héroe del arte y de la existencia que pretende sostenerse imbatible y sin concesiones ante un sistema social homogeneizado y despojado de humanismo y empatía. A diferencia de ese estado “aburguesado” en el que todos se muestran contentos por quienes son más no por lo que poseen, el escritor manifiesta un estatus de autocrítica y culpabilidad elevado, y ello lo lleva a cuestionar todos sus actos de manera rígida, y a verse envuelto asimismo en comparaciones y posibilidades de acusado nivel moral. 

      Nuestro protagonista además de ocuparse en odiar a los demás, también tiene por costumbre trastocar la realidad y dejarse llevar por situaciones imaginarias en donde las cosas se inclinan favorablemente a su gusto personal. Si bien esta locura se ve agravada por los efectos de una inanición prolongada, podemos también señalar que sus falencias emocionales y su oposición ontológica ayudan a desbordar aquellos escapes ideales en donde las cosas marchan perfectamente y donde él es un sujeto activo y empoderado con pleno dominio de sus facultades y del mundo exterior. 

     Cuando tales mundos acusan desbarajustarse por manos de los demás, nuestro escritor pasa a mentir descaradamente para sostener una coraza imbatible y agresiva. La altanería que lo caracteriza -¿condición de exclusividad, de artista iluminado, de genio incomprendido?- necesita falsear las cosas porque necesita reafirmar el funcionamiento de su identidad y su persona con respecto a los otros, dado que su inseguridad es extrema, y casi siempre se cree el centro de las críticas y las malas intenciones: en todo intercambio cotidiano -simples saludos, roces en la calle, encuentros visuales, interacción con las personas, ya sean comunes o entes uniformados e institucionales- hay un entramado con consecuencias profundas que son de imposible evasión para nuestro escritor  –esto nos recuerda las sensibles fijaciones por el detalle en Henry James- y todo ello lo altera de manera profunda. 

   Pero el protagonista también está en capacidad de agradecer sinceramente, en su alterado fuero interno, las muestras de amabilidad que descubre en los demás, y a menudo intenta congraciarse con quien lo merezca, según su estima: a pesar de sus temores y traumas, también gusta de visualizarse, aunque sea por un brevísimo instante, como alguien en sereno intercambio con los demás que quiere dejar de sentirse marginado, que puede funcionar en la maquinaria general de la vida, y que cuenta para los demás y les ayuda a cimentar y reafirmar su integridad. En suma, a nuestro escritor lo caracteriza un insalvable espíritu de contradicción que no da tregua.  


   En el clima asfixiante y sórdido que se agrava paulatinamente mientras seguimos de cerca las incidencias del filme, también tiene un papel estelar la música del gran Krzysztof Komeda, famoso por su trabajo jazzístico, y quien también ha alimentado efectivamente los filmes del director polaco Roman Polanski. La pieza musical central que aparece como identificación constante nos ofrece una bellísima sonoridad minimalista que empieza con un talante festivo, como de feria de atracciones o de circo, y transitoriamente se convierte en una melodía de extraña sordidez, misterio y tensión, que una vez escuchada, se nos cuela en el cerebro hasta para nunca más salir de allí.

      Hambre existencial y delirio por la vida, Sult es una pieza magistral de la cinematografía europea, con una perspectiva visual moderna y de gran belleza, que vale la pena ver múltiples veces para asistir a su triste sordidez y para cuestionarnos acerca del estado actual del hombre en una sociedad violenta y desolada que amenaza atomizarse y hundirse cada vez más en un barranco profundo de apatía y soledad, y que se hace más insufrible para sus habitantes más sensibles y enfermizos.
    
    Valga mencionar la gran influencia que la historia original de Sult, publicada por primera vez en 1888, ha tenido para grandes artistas de las letras como Thomas Mann, Herman Hesse, Franz Kafka –en el libro original de Hamsun hay un curioso pasaje en donde el protagonista se ve a sí mismo como un pueril insecto- André Gide, H.G. Wells e Isaac Bashevis Singer –entre muchos otros-. Este último escritor, en el prefacio de una edición estadounidense de Sult, dice que Hamsun «es en todos los sentidos el padre de la literatura moderna —con su subjetividad, su impresionismo, su uso de la retrospectividad, su lírica [...]— toda la literatura moderna de nuestro siglo se puede remontar hasta Hamsun».
       

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