martes, 9 de abril de 2013

La incesante corrupción moral de la burocracia: El proceso (1962) de Orson Welles




Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com


A partir de la famosa y agobiante novela de Franz Kafka publicada por su amigo Max Brood en 1925, el estelar director norteamericano Orson Welles se atreve a dirigir un filme, contra viento y marea –hubo muchos problemas de producción*- que resulta un potenciador indiscutible de la obra original a través de imágenes de inusitada forma y belleza. 

La clásica historia del oficinista Joseph K., sumido bajo el terrible y negativo peso del aparato estatal y sus instituciones, sin conocer la razón última por la que debe sufrir tales afrentas, genera en el director el afán de traducir la penosa situación de nuestras sociedades actuales, mal sostenida en una pretensión de orden y concierto, cuando trata de condenar y castigar a los ciudadanos que supuestamente han sido acusados de cometer un delito. El acorralamiento, la señalización y la imputación de cargos desconocidos que sufre Joseph por parte de la gente que lo rodea son algunos de los elementos más enfatizados por medio de unas escenas de bien diseñadas características:

-La fotografía generalmente se mueve entre tétricos claroscuros e iluminaciones acuciantes, lo cual acentúa las sicologías de los personajes.

-La laberíntica escenografía interconecta bajo techo casi que todos los temibles espacios que conciernen ahora al protagonista –casas, oficinas, tribunales, despachos, teatro, iglesia- y abunda en archivos, anaqueles, y cuartos atiborrados de papeles, carpetas y periódicos –símbolo innegable de la burocracia-.

-Las incontables puertas que aparecen en El Proceso juegan un papel clave, pues puede decirse que los dilemas y las búsquedas del protagonista corresponden a las puertas que se abren o que se cierran ante él, y le impiden o le permiten traspasar, es decir, o se llega a buen término o se prohíbe todo acceso y posibilidad.

-Los espacios enormes, tomados en angulares y diagonales, disminuyen a los personajes que los habitan, y se muestran en un extraño contrapunto junto a locaciones estrechas y asfixiantes para aumentar la tensión. La cámara oscila entre tediosos planos fijos, contundentes primeros planos –es de recordar las vertiginosas imágenes de los ojos del grupo de niñas que vigilan desde las rendijas el encuentro extraño entre un “influyente” pintor Tittorelli y Joseph K.- y los planos secuencias que persiguen sigilosamente, o mejor, hostigan a la víctima y a sus verdugos, y se deslizan por todos los espacios como un reptil para no perder detalle.

Además de la profundidad de campo, que Welles aplica para ampliar el espectro de la imagen y capturar más acciones, diálogos y personajes de manera simultánea, este director también se vale su conocido método usado para magnificar o disminuir a sus personajes: la cámara en picado se usa cuando se desea manifestar inferioridad del personaje –muchas veces Joseph K. es grabado así, en los momentos que las cosas se le salen de las manos- y la cámara en contrapicado desea reflejar la fuerza y el avasallamiento de los personajes, como sucede con los policías, los jueces y los abogados que desean inculpar a K).




Al inicio del filme, una voz en off relata el pequeño y sórdido relato “Ante la ley”, el cual se encuentra en la novela, mientras se suceden imágenes extrañas que van ilustrando lo contado por la voz. En un momento dado, se deja caer esta sentencia: la lógica de esta novela, El Proceso, es la lógica de un sueño o de una pesadilla. Y precisamente, esta idea explica muy bien lo que finalmente transmite el filme: aunque veamos situaciones burocráticas que efectivamente ocurren en la realidad –entrevistas, interrogatorios, sospechas, conversaciones, interminables requisitos y trámites entre condenados, clientes, abogados,  y jueces- también podemos observar bellos simbolismos y escenas que fácilmente pudieran pertenecer al mundo de lo irreal, o lo irracional, los sueños y las pesadillas, como en esa hermosa escena en la que se ven cientos de ancianos en prendas interiores, mudos y estáticos, sosteniendo unas pocas pertenencias, y cada uno cuenta con un número en un pequeño cartón que cuelga de sus cuellos. Todos están alrededor de una estatua, la cual es imposible de distinguir -¿acaso la justicia?- porque está totalmente cubierta por una tela. 

El absurdo, la extrañeza y la impotencia  campean libremente en el filme de Welles, el cual nos hace trastabillar en medio de múltiples situaciones, las cuales quizás sólo pertenecen al reino de una mente en particular. Si bien Joseph K. comprende paulatinamente el infierno al cual está siendo impunemente arrastrado, ello no le impide alzar la cabeza de vez en cuando y revitalizarse fugazmente con los encuentros eróticos que surgen paulatinamente en el filme. Pero, el protagonista comprende después que ellas también hacen parte de la gran infamia burócrata.


La sociedad desea establecer y difundir un aparente control y regulación legislativo que supuestamente obedece a una elaboración estrictamente racional, y por lo tanto todos los individuos deben someterse y acatar los procesos normativos sin levantar crítica u oposición. Pero la realidad es que, los destinos de los seres humanos están tristemente condicionados por personas, gremios y organizaciones hoy deshumanizados y pervertidos, que sólo piensan en sus intereses personales, antes que organizar, optimizar sus funciones y trazarlas bajo un sentido honesto y equitativo de justicia. Vidas enteras de gente inocente son echadas todos los días a las cañerías por parte de la invisibilidad, la corrupción y el pragmatismo de los entes oficiales, sus manejos burocráticos y su imposibilidad de garantizar un mejor método de ordenación social, que en verdad vele por el bienestar de la población.  


El proceso (su nombre original es The Trial): una obra épica, maravillosa, que el mismo Charles Chaplin alabó por su gran factura, y que hoy nos llama para apreciarla, degustarla, interpretarla, pero sobre todo para asistir a su efectividad moral en tiempos de guerras declaradas, políticas enmascaradas y democracias falsas. Este filme tiene incontables líneas de sentido que valen la pena perseguir, cobijadas bajo la consigna de la odiosa estupidez que sufrimos a diario por parte de una élite que juega cruelmente con sus ciudadanos y los obliga a comportarse como máquinas hacendosas y obedientes.

 *Sobre Orson Welles y la dificultosa producción de The Trial, ver el interesante ensayo de Alejandro G. Calvo en: 

(http://www.miradas.net/0204/estudios/2002/08_owelles/el_proceso.html)




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