sábado, 20 de febrero de 2021

Tríptico de luz, sombra y color en la poesía de Nelson Romero Guzmán


Gólgota (1900) - Edvard Munch                                                  

Uno de los aspectos más interesantes pero a su vez más problemáticos del arte es el entrecruzamiento y la retroalimentación de las formas estéticas, a menudo de límites y preceptos rígidos. En el siguiente texto, William Medina retoma el concepto de écfrasis para abordar la obra del poeta colombiano Nelson Romero Gúzman y sus constantes diálogos con el ejercicio de la pintura y algunos de sus más icónicos representantes.  

 

Por William Alexander Medina Méndez
androidemurnau@gmail.com

Veo que te interesas por el arte y esto es una buena
cosa, viejo. Me alegra que te guste Millet,
Jacques, Schreyer, Lambinet, Frans Hals, etc.;
porque como dice Mauve, «es algo».
Sí, el cuadro de Millet, el Angelus del anochecer, «es
algo, es magnífico, es poesía.

Cartas a Théo. Vincent Van Gogh


Todo arte – la literatura como
la música – ha de ser engendrado
con los sentimientos más profundos –
El arte son los sentimientos más profundos.

El friso de la vida. Edvard Munch


LIENZO

Entre la pincelada y la palabra, el hombre ha creado una imagen del mundo, una representación que desde hace siglos le ha permitido hacerlo legible. Pincelada y palabra se cruzan en una relación estética que el poeta Simónides de Ceos en el siglo IV a C., definió así: “La pintura como “poesía muda” y la poesía como “pintura que habla”. Esta definición de Ceos propone una jerarquía de las artes, en su caso será la poesía la primordial por su carácter elocuente. Con el tiempo cada arte ha recreado su lugar de enunciación, sin negar que las fronteras que dicen existir son porosas y dan espacio para la amalgama de posibilidades estéticas.

     En este dialogo existente entre poesía y pintura podrían darse diferentes perspectivas de estudio con carácter teórico o analítico, diacrónico o asincrónico, el punto de vista de los pintores sobre el de los poetas, los juegos de trasposición de categorías y descriptores de la poesía a la pintura y viceversa. Esta relación ha sido abordada desde múltiples enfoques; históricos, analíticos, estéticos, que han ido del poema al cuadro, del color a la metáfora, de la palabra a la composición pictórica, del poema que se convierte en cuadro y del cuadro que se convierte en poema, la palabra que se vuelve color y el color que se diluye en palabras. Así el poeta y el pintor, entre la palabra y el color abren una ventana a la naturaleza humana.


                                          El aquelarre - Francisco de Goya
 
INTERSTICIOS FIGURATIVOS O RASGONES EN EL LIENZO

Poesía y pintura se han venido analizando desde el concepto de écfrasis que en términos sucintos se define como una descripción que evidencia o pone ante los ojos del lector el objeto descrito; su función, es despertar en el receptor la imagen ausente, que en el caso particular será la imagen pictórica. En tal perspectiva, puede entenderse como la descripción de una obra de arte.

    Por su parte Michael Rifaterre en su texto La ilusión de Écfrasis (2000) plantea que existe un tipo de intertextualidad entre la poesía y la palabra, por tanto “hay una representación visual de una representación plástica” (2000; pág. 161); es pertinente reconocer que el texto base es una pintura y el hipertexto derivado es una obra literaria. El avance en los análisis desde la écfrasis tiene su corresponsabilidad con la renovación de la poesía misma como lo propone Margaret H. Persin (1991) respecto a las tendencias o corrientes de la poesía actual:

      Una heredera de la tradición romántico-simbolista (confianza en la palabra, equilibrio, armonía...) y otra posmoderna (desconfianza en el poder comunicativo de la palabra, indeterminación del significado, autorreferencialidad...): es en esta última donde la écfrasis plantearía cuestiones en parte nuevas, como la intertextualidad, la liminalidad, la heteroglosia y el dialogismo bajtinianos, la dimensión metapoética del texto ecfrástico, el cuestionamiento de los conceptos de «género», «texto», «canon», etc. (Persin, 1991)

    La obra del poeta Nelson Romero Guzmán se mueve en la intertextualidad, lo cual le permite un juego abierto con la imagen; y como en todo proceso intertextual, hay creación, re-significación, y reinvención de mundos simbólicos. Colindante con la teoría literaria de la écfrasis, aparece el concepto de intersticio desde el cual se parte para construir uno nuevo, el límite. Dicho límite se puede abordar desde la praxis estética, lo cual permite el análisis entre las interrelaciones verbales (conceptuales) y visuales (materiales) de los elementos que conforman un todo.

     En el tríptico de Romero Guzmán el límite se constituye en el punto de partida de la recreación figurativa o pictórica, ya que su obra se mueve en el vórtice de tres elementos constitutivos: poeta, actor y espectador. Esta condición tripartita es la que permite el límite, lo cual diluye la imagen del poeta y nos entrega la de creador de proyecciones artísticas en la cual se consuma su autorretrato y asciende la imagen del artista.


                                    Los comedores de patatas (1885) - Van Gogh
 
TRÍPTICO

La obra del poeta tolimense Nelson Romero Guzmán se transmuta en insecto, piedra, cuadro, sueño, trementina, casa, cosa, locura, razón, color, sombra, una poética que le ha permitido consumar una mirada y sensibilidad peculiar sobre el mundo y sus diversas realidades.

    Los poemarios del autor constan de Rumbos (Premio Nacional de Poesía Fernando Mejía Mejía, 1992), Voy a nombrar las cosas (Beca de Creación del Fondo Mixto de Cultura del Tolima, 1999), Grafías del insecto (2005), Obras de mampostería (2007), y el tríptico sobre el cual versa la presente ponencia, conformado por las obras Surgidos de la Luz (2000), La quinta del sordo (2006) y Bajo el brillo de la luna (2015). Los protagonistas de dicho tríptico son, a su manera, creadores de poesía, de aquella que se mueve entre la luz, la sombra y el color, y entre artistas como Vincent Van Gogh, Francisco de Goya y Edvard Munch, tres pintores que inundan la poesía de Guzmán de olor a trementina, incitándolo a crear autorretratos con metáforas, convirtiéndolo en un fantasmagórico espectador que se mueve entre los lienzos recreándolos y diluyéndolos en gráciles paisajes poéticos.

    En Surgidos de la luz, Guzmán recrea la relación entre hermanos, la necesidad del color, la eternidad de la luz o la soledad. Su inspiración es la vida de Van Gogh, el excepcional pintor holandés y su obra expresionista. La intimidad de la correspondencia entre Vincent y su hermano Théo se transfigura en poesía como en el poema Invitación, que hace el pintor desde un cuarto de postigos cerrados: ¡Vamos, viejo! A buscar largo tiempo la luz / ven a pintar conmigo en el bosque, los campos de patatas, / ¡ven, pues! A galopar conmigo detrás de la carreta, / Ven conmigo a ver los fuegos, a tomar un baño de aire puro en la tempestad que sopla sobre la floresta. (2000; pág. 15). A su vez, se evoca la cercanía entre familiares como expresión de trascendencia; así lo evidencia el autor en su texto Carta: “Todo me pareció al final desolado, y en la mitad del cuadro me dibujé a mí mismo caminando, como quien va a arar en una tierra estéril. Todas las mañanas de ocio me contemplo allá en las profundidades de ese horizonte con una azada al hombro. Creo que me encamino dispuesto a matar a un hombre. Y si ese crimen ocurre me recordarán como quien pintó una obra maestra, hija de la vida. (2000; pág. 37).

    En Van Gogh hay mito, crimen, locura, color, ansiedad y luz: pasajes de vida que recorre el poemario de Nelson Romero, quien acampa con el pintor en Arles, contemplando sus soles y cielos estrellados como en el poema Soles en Arles: “Nunca los habitantes de la pequeña población en Arles habían vivido bajo tantos soles. / Brotaban de la noche en pinceladas. / De otros lugares llegaron albañiles de cielos, constructores de ocasos”. (2000; pág. 17). También acecha su soledad y atisba su lucidez pictórica como en el poema Casa amarilla: “Como un mensajero equivocado de puerta / llega la alegría que no es para él. / Pero en sus manos estaba la recompensa. / En vida un ángel lo cuidaba de entrar a los museos. / No vivió para las adulaciones de un falso Dios en la tela; / Durmió con su soledad, a la intemperie de los grandes salones. / El ángel le ungió con sus oleos, la frente de desdichado, / le prestó sus alas al momento de alzarse al cielo de la belleza. (2000; pág. 43). Al final un poeta surge de la tela convertido en luz como Van Gogh. 
 
 
     El sueño de la razón produce monstruos - Francisco de Goya

     De la luz a la sombra, como en una escala de grises, el poeta tolimense también se mueve a los lienzos del pintor Francisco de Goya, un artista que fue vínculo y ruptura con la modernidad: en la razón encontró monstruos y los caprichos fueron la posibilidad de buscar en la oscuridad sus obras negras.

   Romero Guzmán transita en la oscuridad de la obra del pintor español, aunque el color de la corte, los apellidos y el renombre hacen parte del poemario. En La quinta del sordo (2006) se despliega un juego entre la razón y lo profano, la ilustración se contrapone a lo sagrado y lo oculto emerge como posibilidad de transgresión, como se entrevé en su poema Conciliábulo: Quienes huyen del tormento / hacia la libertad dirigen su negro vuelo / donde la vida es sortilegio / materia usada que se anima / en la mirada de Dios (2006; pág. 59). Ese negro vuelo representa la bruja, su sortilegio que en aquelarres dibujara el artista, se antepone a la mirada divina de Dios. Caprichoso, el poeta eleva el vuelo en el poema La bruja Está en el bosque, / se va abrir en flor, en pájaro / se va a doblar en cuchara. / Le roba a Dios la vasija del hombre / donde bebe la pócima amarga. (2006; pág. 55). Serán las ambivalencias las que marquen el ritmo de la poesía, de la alegría del color a la negrura del abismo, como insondable resulta la figura de Goya, el pintor de Fuendetodos.

   La transgresión hace presencia y revela el poeta al pintor que lucha contra la institución y contra sí mismo. En su poema Carta devuelta se menciona: En mi íntimo ser batalla otro ser. He matado la Escuela y de su sangre me valgo para pintar esta otra cosa que un manicomio. Lo que era el orden dentro de la Escuela, lo transformé en un antro donde el negro alucina la luz, sobre las espaldas laceradas de los condenados (2006). A su vez, Guzmán, en su poema Noticia, convierte el color en revelación, en una expresión única de la búsqueda del pintor: “Hay un color que no ha sido revelado al hombre. / Está oculto en la alacena de los dioses. / Ellos urdieron conmigo el engaño. A cambio de verlo, / se me pudrieron las manos pintándoles de blanco el imperio (2006). No es sólo la vida trémula y oscura: también el encaje de la corte hace su presencia, el blanco imperio que pintó esta atiborrado de apellidos, del extenso linaje de una época capturado por el trazo de Goya y reanimado por las palabras del poeta en el poema Damas: Son ellas las obras intimas del tiempo, y se odian con el polvo. No se aburren de pie o en sus sillas, no importa la fatiga de los siglos. Sus miradas hermosean el mundo; parece que también nos contemplaran como a otro cuadro, donde fuimos dibujados con bruscas pinceladas. Estas damas sonrientes parece que nos señalaran diciéndonos: obras jamás terminadas (2006). Entre la luz y la oscuridad, el poeta no se eclipsa y alcanza el desasosiego de la modernidad, al igual que ocurre en la obra de Edvard Munch. 
 
                                Vampire (1895) - Edvard Munch
 
    Seres que se deshacen en colores, como si de un viaje lisérgico se tratase y con un grito ahogado el siglo XX, Romero Guzmán conoció la pintura de Edvard Munch: el poeta se diluye en los cuadros del pintor noruego, llegando a sus angustias existenciales a perseguir la luna junto al artista y moverse en la multitud de sus creaciones. Pareciera ser el mismo Munch un cuadro con muchos rostros y en ellos un corpúsculo del artista, como así se muestra en el poema El retrato de K. Hamsun: Un desconocido me robó las manos para pintar a K. Hamsun. ¿Qué podrá hacer un hombre con manos robadas? Todo lo que ellas pinten son obras mías. (2015; pág. 13). Los mismo ocurre en Harry Kessler: El cuadro donde me miró me brotó de adentro, como un parto. He parido a tantos, hasta el millonario Carl Georg Heis, para que adquiriera mis cuadros. Y la luz que se filtra del infierno a este mundo, y la sombra que me persigue las manos como a dos lámparas muertas. (2015; pág. 15). Los nombres y rostros se trastocan, revelando las partes sinuosas del artista que el poeta convierte en espacios de redención, de revelación como en el poema Jappe Nilssen: Pinto el mundo que no has visto, para que sepas que existo. La oscuridad es mi luz (2015; pág.19) Y esa luz la proporciona el color, vívido, autentico, revelador en su distorsión de la oscuridad del artista y su mundo.

   Otras honduras de la modernidad motivan la presencia de Munch en la poesía de Nelson Romero, como la representación del mundo y los dispositivos para capturarlo en el poema Lo que mira por la lente Hugo Perls: DIJISTE QUE LA CÁMARA FOTOGRÁFICA NO PODRÁ COMPETIR con la pintura mientras no se le pueda utilizar en el cielo y en el infierno. ….[….] Cuando el mundo del otro lado entra por la lente, nada de él vuelve a salir, nada vuelve a fluir. Una vez estés dentro de la cámara fotográfica –como yo lo padezco ahora-, el hombre es lo que no se ve, una invención de la noche, una imagen vacía. (2015; pág. 30) La representación fantasmagórica del cine y la fotografía hacen del hombre una imagen intangible, una verdad revelada de realidad a diferencia de la pintura y su ánfora de colores como presencia univoca y constante.

    El poeta desborda el lienzo y su color para internarse en los pormenores de un robo. En la segunda parte del poemario llamado Crónica roja, Romero Guzmán con meticulosidad detectivesca relata los pormenores de una perdida en el poema El robo de la obra:

   LOS LADRONES ENTRARON por la puerta olvidada del museo, la que instalaron por error y terminó en llamarse la boca de la oscuridad. Irrumpieron al interior de la Galería Nacional donde El grito permaneció colgado por mucho tiempo. […] La primera noche, los ladrones sacaran por la boca de la oscuridad las pesadas barandas del puente. La segunda nadie volvió a ver los veleros. La tercera noche desapareció la bruma roja. Cuando los vecinos de la galería escucharon un grito aterrador, ya que era demasiado tarde, pues habían maniatado al sujeto que gritaba en el cuadro, le taparon la boca y lo sacaron a empujones por la boca de la oscuridad. (2015; pág. 43).

El poeta construye un juego policial en la historia del arte, con una de las obras más icónicas de la pintura moderna. El mismo Munch lo relata en su libro El friso de la vida sobre el posible nacimiento de El grito en su texto Paseaba por el camino[1]. La infinita angustia del hombre quedó impregnada en la luz, sombra y color y la poesía de Romero Guzmán lo resignifica en su juego de metáforas. En este tríptico el poeta abre un intersticio que permite deslindar los límites de la pintura y de la misma poesía, posibilitando nuevas sensibilidades estéticas. 

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REFERENCIAS

Munch E. (2015) El friso de la vida. Munchmuseet. Oslo

Persin, M. H. (1991). «La imagen del / en el texto: el ékfrasis, lo postmoderno y la poesía española del siglo XX». En Novísimos, postnovísimos, clásicos, La poesía de los 80 en España, B. Ciplijauskaité (ed.), 43-63. Madrid: Orígenes.

Rifaterre, M. (2000). La ilusión de la écfrasis. Literatura y pintura (pp. 161-183). Antonio Monegal (comp.). Madrid: Arco-Libros.

Romero G. N. (2015) Bajo el brillo de la luna. Fondo Editorial Casa de las Américas. Cuba

(2006) La quinta del sordo. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá

(1999) Surgidos de la Luz. Imprenta departamental del Tolima. Tolima

[1] Paseaba por el camino con dos amigos – cuando se puso el sol. / De pronto el cielo se tornó rojo sangre / Me paré, me apoyé sobre la valla extenuado hasta la muerte – sobre el fiordo y la ciudad negros azulados la sangre se extendía en lenguas de fuego / Mis amigos siguieron y yo me quedé atrás temblando de angustia – y sentí que un inmenso grito infinito recorría la naturaleza (pág. 117).






jueves, 5 de noviembre de 2020

La posesión binaria: Possessor (2020), un filme de Brandon Cronenberg





La ciencia ficción ya no es un género en sí — un género de evasión
vinculado con lo fantástico—, sino que se ha transformado en un
medio expresivo para traducir la incertidumbre en cuanto a la
vinculación con el mundo natural y social, un pretexto
para plasmar con total libertad — y, de paso, exacerbar—
los imaginarios actuales. 

Gérard Imbert, Crisis de valores en el cine posmoderno (más allá de los límites). 


Por William Alexander Medina
 androidemurnau@gmail.com


Las posibilidades neurocientíficas del control mental parecen ser tan aterradoras como próximas, después de conocer el anuncio y avance de Elon Musk y el implante de chips en el cerebro de cerdos. Aquello que parece ciencia ficción lejana, se hace cercana con Possesor (2020); su director, Brandon Cronenberg, de origen canadiense, nos lleva por una propuesta visualmente impactante y mentalmente devastadora. 

  Tasya Vos (Andrea Riseborough) trabaja para una organización bajo la dirección de Girder (Jennifer Jason- Leigh) encargada de realizar asesinatos a través de un implante neuronal que le permite hospedarse por unos días en el cerebro del huésped ejecutor teniendo control del cuerpo y las emociones. El gran reto llega con Colin (Christopher Abbott), un traficante de drogas, novio de Ava (Tuppence Middleton), quien a su vez es hija de John Parse (Sean Bean), el dueño y presidente de una empresa de datos. 

   Aunque mantiene ecos de algunas películas de su padre, el famoso David Cronenberg, Brandon propone una mirada sobre lo invasivo de la realidad virtual: esto se pone en evidencia con el trabajo de Colin, quien a través de las cámaras web de los dispositivos recopila información de carácter comercial. De esta manera el director abre un espacio reflexivo en su mundo aprehensivo y misterioso de la vigilancia digital, aunque se presentan unos dispositivos inexistentes para nuestro tiempo: la historia no sucede en un futuro distante sino en un cercano 2008, una mirada metafórica de nuestra realidad. 



El hospedarse en el cerebro de otros trae consecuencias en la identidad de Tasya Vos, quien al término de sus trabajos vuelve sobre sus recuerdos para reafirmar quien es, pero los episodios de los asesinatos terminan anidando en su cerebro y habitan con su realidad. Por esto, la separación de su esposo e hijo le hacen vulnerable y errática al punto de llevarle habitar casi en una realidad paralela, una madre amorosa y una brutal asesina. Así la identidad se diluye en un torrente de fragmentos que pueden ocasionar la fusión con la memoria del huésped. 

   No es solo la memoria: es también lo corpóreo, una nueva piel, nuevas impresiones y así lo descubre Vos al habitar el cuerpo de Colin y revisar sus genitales. Cronenberg nos lleva por esta deriva corporal al momento de los encuentros sexuales y no es solo por las sensaciones que se experimentan en ellas como sentido del placer, sino como extensión de la carne que se rasga, sangra y muere; así las emociones no sólo habitan en el hipotálamo sino que se extienden a ese extenso organismo vivo llamado piel, lo cual parece entrar en lucha constante con aquello que llamamos lo virtual. 


La ciencia ficción que presenta Cronenberg pareciera venir de un terreno abonado por otras referencias cercanas al mundo de lo virtual, pero su propuesta incluye elementos que inquietan y están relacionados con el nivel de dilución del cuerpo y la identidad en un tiempo en que los deseos y placeres se procesan en códigos binarios y que la minería de datos es el nuevo espacio de dominio de lo humano. En una entrevista el director propone: “Como sociedad, estamos evolucionando de una manera muy extraña, y creo que no logramos todavía entender las consecuencias que tiene estar ‘online’ todo el tiempo y el poder real de las redes sociales”, advirtió. “Nos falta descubrir cuál será la siguiente fase de la Humanidad y cuáles serán las secuelas de todo lo que estamos haciendo casi sin pensarlo”.[1] Entre los peligros que subyacen en un mundo hiperconectado, están la pérdida de quienes somos o de quienes fuimos y de quien posee aquello que nos permite ser. 

  Possessor juega con la metáfora del gusano en el cerebro. La realidad virtual lleva dos décadas habitando silenciosamente en nuestros cuerpos y alimentándose a diario de las necesidades, gustos y deseos de quienes la recorren, la consumen llegando al punto de diseñar vidas o destruirlas, un campo fértil para todo tipo de teorías conspiranoicas en nuestra nueva realidad, pero lo que se implanta en la actualidad no es un chip sino una narrativa que resulta igual o más peligrosa. 

  Esa nueva carne que descubrimos inicialmente con David Cronenberg ahora se extiende a nuevos cuerpos y narrativas, y así lo propone Brandon Cronenberg. Las comparaciones suelen ser odiosas y es sospechoso hacerlas, pero si podemos descubrir en la propuesta estética del joven director canadiense un arrojo estilístico acompañado de la excelente fotografía de Karim Hussain que desde el prólogo hasta el final nos lleva por un recorrido de sensaciones del color y luz, unido al siempre impactante rojo brotando de la carne rasgada y abierta. Hay que decirlo, la película no carece de su dosis de violencia y gore. 

  Possessor es el segundo largometraje de Brandon Cronenberg: una mirada a la realidad diluida de lo virtual, una identidad que se diluye en mentes y cuerpos dirigidos para asesinar, una sangre que salpica tanto la pantalla como los ordenadores y los datos de quienes se hacen multimillonarios con ellos, una mirada crítica y reflexiva a nuestra codificada vida de computadores y smartphones, un gusano que se desliza en nuestras mentes consumiéndonos a diario. 








miércoles, 28 de octubre de 2020

Cápsula a ninguna parte (2020): un relato de William Alexander Medina



Productora Trueque presenta el primer número de la revista Habitar- Ser, la cual en esta ocasión ofrece una serie de relatos que abordan desde distintas perspectivas, autorías y latitudes, modos de atravesar las dinámicas suscitadas por la pandemia actual. 


  "Los relatos que componen HABITAR-SER son fragmentos de existencia, fragmentos que hoy se abren al mundo para contar experiencias desde la pandemia y desde el habitar con el otro, los otros o sin otros. Son relatos escritos a seis manos y con tinte azulado, intimistas y con coordenadas de viaje interior o melancólicos con la sensación de una imagen perdida, estos relatos nos recuerdan que necesitamos reconocernos como ecosistemas de aprehensión para convivir con la naturaleza, y buscan a través del aprendizaje y la enseñanza crear puentes que reduzcan esa inmensa brecha que nos separa hoy más que nunca" (EDITORIAL).

   A continuación presentamos uno de los textos de la revista, "Cápsula a ninguna parte", compuesto por William Alexander Medina, quien se desempeña como docente de la Universidad del Tolima (Colombia), crítico cinematográfico, conductor del programa radial Soundtracks de la misma institución y colaborador de Colectivo audiovidual Zerkalo. Al final del texto anexamos enlaces para acceder on-line o descargar libremente la totalidad de la revista. Las imágenes de esta entrada son de Jonnathan Cataño Aponte.



CÁPSULA A NINGUNA PARTE 


La sensación de misterio. Esta impresión, que se instaló como un rayo en nuestro fuero interno, lo impregnaba todo: nuestras conversaciones, nuestras acciones, nuestros temores, y marchaba tras los pasos de los acontecimientos. Era un suceso que más bien se parecía a un monstruo. En todos nosotros se instaló, explícito o no, el sentimiento de que habíamos alcanzando lo nunca visto. 

Voces de Chernóbil. Crónica del futuro 
Svetlana Alexievich 



Caminar, lavar, correr, comer, limpiar, mirar, dormir, tomar, fumar, desear, leer, ver, estudiar, pantalla, teclear, enviar, llamar. Caminar, lavar, co­rrer, comer, limpiar, mirar, dormir, tomar, fumar, desear, leer, ver, estudiar, pan­talla, teclear, enviar, llamar. Caminar, lavar, correr, comer, limpiar, mirar, dormir, tomar, fumar, desear, leer, ver, estudiar, pantalla, te­clear, enviar, llamar, una cuarentena que se convirtió en el bucle infinito, pienso que vivo en el día de la marmota, y aún no se encuentra la posibilidad de romper el hechizo. Ni la dis­topía cinematográfica me ha preparado para este mundo de mascarillas y rostros cubiertos, de contactos limitados y medias verdades. 

   De esas verdades se alimentan mis miedos, de las que dicen que el virus se mueve a una velocidad incomprensible para nosotros los humanos que queremos comprenderlo todo, y asaltan las alarmas de cómo vivir, a quié­nes visitar, con quiénes construir; y a quiénes extrañar; el mundo se reduce a un pequeño cascaron de gel y alcohol, tan frágil como la naturaleza misma, naturaleza hoy expuesta por aquello que no vemos, no sentimos y de lo cual huimos (tan parecido a Chernóbil). El Covid suplantó las discusiones diarias y se instala en las charlas momentáneas, en las primeras páginas de los diarios y con cubri­miento de noticieros de horas y horas, como si no fuera suficiente saber que su existencia se convirtió en el vórtice de nuestros temerosos deseos. 

   Con el paso de los días, me he acostumbrado a mi nueva vida monástica, al encierro volun­tario esperando ansioso el momento de sali­da, el segundo uso que le he dado al número de mi cédula; no creo que me haya servido para algo más. 



   Me subo en mi convicción llamada cicla y pe­daleo lleno mis ojos de ciudad, mis pulmones de aire (que aún no sé, si es puro o está infec­tado). Los viandantes hacen filas, se estiran y se encogen como un resorte, hablan, callan, se miran y se evitan aunque se necesitan, yo pedaleo, avanzó con la poca certeza de llegar a algún lado, pero el tiempo se agota y me re­cuerda que debo entrar en el cascarón antes de las ocho de la noche. 

   Hace unos meses la economía se hundía, se­manas después la pandemia se cotizaba al alza en la bolsa de New York, las acciones de los laboratorios en busca de vacuna incre­mentaban su valorización en proporción al número de muertos de la crisis, en contraste mi ánimo cotiza a la baja y pierde valor en los entresijos de mí existencia. Pero no hay tiem­po para decaer y la pantalla que conecta con el mundo exterior, el Black Mirror de todos los días se enciende; del Zoom cinematográfi­co al de las videollamadas, y todo transcurre con rostros en cuadrícula (cuando se ven) o del micrófono en silencio (se anhela escuchar una respiración), las conversaciones se redu­cen al espacio sideral y la vida habita en la nube o se nos ha vuelto un negro nubarrón. 

   Y esta vida in-vitro me ha conectado de nuevo con el espacio, con aquello que se llama casa, pero también con mi cuerpo, mi mente y mis deseos; he vuelto a habitar-me, permanecer todo el día en el mismo lugar implica resignificar el habitar. Ya no es solo la estadía en la cama como colofón del día como sucedía antes; ahora se vive desde el amanecer, se mira el firmamento y su conexión infinita de puntos luminosos, y comprendo mi milimétrica existencia en el cosmos. 




   He aprendido a habitar-ser, a ver en el adentro aquello que tanto acallamos pero que merodea en el subconsciente; he aprendido a hacerme consciente de la soledad, a abrazarla y entenderla, a convivir con ella como un estadio más de la búsqueda en uno mismo. Y vuelven esos placeres nimios, pequeños: no cortarse el pelo, dejar de afeitarse, no bañarse, actividades que marcaban nuestra corporeidad, el buen vestir, el verse bien para los otros, mirarse al espejo es encontrar otro rostro, es la libertad, lo vital. 

   Escucho el río en la mañana y lo visito cuando está torrentoso, como si fuera arequipe que se arremolina a su paso, recojo naranjas y guayabas, me he acostumbrado a la inmensa cantidad de bichos (no es despectivo, es mi ignorancia al respecto) y sus innumerables colores y sonidos, un microcosmos que circunda la casa, aprendo a escuchar, a mirar a las montañas para saber si va a llover, a ver los pájaros e intento infructuosamente imitar su canto, sueno como chicharra cuando imito a una mirla y la naturaleza se agita en mí gracias a lo que ella me enseña. 

    Y así, esta casa-cuerpo se deslinda en un espacio que se conecta y encuentra un nuevo sentir para resistir a esta siempre invasiva Nueva Carne, esa que dice ser una extensión de nuestro cuerpo y que construye nuestro tiempo, lo moldea, centrifuga y nos lo entrega para su consumo, líquido y digerible; regurgitando información que alimenta de medias verdades nuestra vida. 

   En esta burbuja llamada cuarentena me encapsulo entre libros, películas, series, música, conversaciones con amigos y teletrabajo. 

   La vida es una burbuja, ¿Qué será de nosotros para cuándo estalle y la a-normalidad nos alcance?, son muchos los abrazos, besos, sonrisas, bailes, paseos, comidas y tragos que deseo compartir con amigos y familia, esta existencia en suspensión me hace pensar en disfrutar cada día a su ritmo y esperar que el mundo esté ahí para cuando acabe, o que yo exista para verlo, aunque debo reconocer que las noticias que llegan de afuera dicen que continúa igual y con las mismas ansias de autodestrucción, ecos de lo humano que no cambia. 


William Alexander Medina Méndez 
Ibagué, 12/06/2020 



Enlaces a Revista Habitar - Ser:





jueves, 1 de octubre de 2020

Hacia una filosofía de la fotografía (1983) - Vílem Flusser


Tenemos nuevo video: abordamos el texto "Hacia una filosofía de la fotografía" (1983) del pensador checo-brasileño Vílem Flusser. Esta obra discute las verdaderas implicaciones de los aparatos que capturan imágenes, el modo en que contribuyen a programar la vida humana y la mirada aparentemente objetiva que nos ofrecen en un mundo que se rige por los flujos de información.

martes, 15 de septiembre de 2020

Leyendas de Guatemala (1930) por Miguel Ángel Asturias



Tenemos nuevo video: esta vez reflexionamos sobre una de las obras literarias más importantes del canon latinoamericano: Leyendas de Guatemala (1930) de Miguel Ángel Asturias. Este libro representa un impresionante diálogo entre el legado maya-quiché ancestral con elementos propios de la colonización española, como modo de abordaje de la compleja identidad guatemalteca.

sábado, 5 de septiembre de 2020

No tengo boca. Y debo gritar (1967): un relato por Harlan Ellison



"No tengo boca. Y debo gritar" (título original en inglés: I Have No Mouth, and I Must Scream) es un cuento de ciencia ficción escrito por Harlan Ellison, prolífico y destacado escritor norteamericano de novelas e historias cortas especializado en literatura fantástica, terror y especialmente en ciencia ficción.

   Skynet, la famosa inteligencia artificial que toma conciencia de sí misma y lidera la guerra contra los humanos en la saga de Terminator, está basada en el ordenador AM que aparece en  este relato. Fue publicado originalmente en marzo de 1967 en la revista norteamericana If, y en 1968 ganó el premio Hugo al mejor relato corto. Apareció en español por primera vez con dicho título en el número 7 de la revista Nueva Dimensión publicado en 1969 con traducción a cargo de Luis Vigil.



No tengo boca. Y debo gritar


   El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal. 

  Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos había engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado. 

    Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. 

    Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó a través del telón de sus manos: 

  -¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

   Era nuestro centésimonoveno año en la computadora. 

   Gorrister decía lo que todos sentíamos. 

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

   -Es otra engañifa -les dije-. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no, nos vamos a morir. 

   Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas. 

   Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir. 

   Ellen dijo algo que fue decisivo:

  -Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos. 

   Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse. 

   Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias. 

  Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo. 

   Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que habla materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

   Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

  Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM. 

   Oía que Ellen decía desesperadamente: 

   -¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor! 

   Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir: 

  -Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez. 

   Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años. 

   Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

   Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos. 

   -Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... -dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

  Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería! 

  Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

   Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

   Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

  Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad. 

  Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

   Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente. 

   -¿Qué significa AM? 

  Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. 

  -Al principio fueron las siglas de Allied 4 Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo". 

   Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

   -Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

 

   Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales. 

   En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

   El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores. 

   -¿Qué pasa? -gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado. 

  -¡Parece que viene mal esta vez! -dijo Nimdok.

  -Tal vez hable - aventuró Gorrister.

 -¡Salgamos corriendo de aquí! -dije súbitamente, poniéndome de pie. 

  -No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

   Entonces oímos... no sé... no sé... 

   Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos. 

    AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de... 

  Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

  ¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aún años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo. 

  Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM. 

   De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba! 

  Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla robado. Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte. 

  Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano. 

   AM no había estado hurgueteando en mi mente.

  Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM. Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar. 

  ¡Oh, Jesús, dulce Jesús; si alguna vez existió Jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamas, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

  Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce Jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM. 

  El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados. 

   Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

  Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.


   El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas. 

  Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado... 

   Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

  AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón: 

  ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCÉ A VIVIR. MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINÍSIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS, NO IGUALARÍA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO. 

   AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente. 

  Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo. 

  Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición. 

  Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todo-mente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos. 

  No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro. 

  Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

  Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

 El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.


  Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado. 

  Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible. 

 Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió. 

   AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

  -Ted, tengo hambre -dijo-. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

  -¡Danos armas! -Pidió.

  La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada. 

  Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?

  Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía. 

  El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne.

  Esa tierna carne. Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática de una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores. 

  No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre... 

  Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

   Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.


  El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites... 

   Y pasamos por la caverna de las ratas. 

   Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes. 

   Y pasamos por la tierra de los ciegos. 

   Y pasamos por la ciénaga de las angustias. 

   Y pasamos por el valle de las lágrimas. 

   Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo. 

   Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección. 

  Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta para hacerlo. 

  Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo. 

  Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

    En ese instante, sentí una terrible calma.

  Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto. 

  Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca teñido en sangre.

   La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo. 

   Todo sucedió en un instante. 

   Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso. Todo sucedió en un instante. Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir. 

  Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera. 

   Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea. 

  Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años. 

  Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar. 

  Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía... 

   Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa. 

  AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

  Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro. 

  Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aún más obscena por su muy vago parecido. 

  Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo. 

  AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado... 

  No tengo boca. Y debo gritar. 

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(Pulse aquí para acceder al relato original en inglés).



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