viernes, 15 de agosto de 2014

El crimen y el arte de la elegancia: Bob le flambeur (1956) de Jean-Pierre Melville






La dueña del hotel tiene principios ridículos:

Debo pagar siempre”.

Bob le flambeur.



Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com





Jean Pierre Melville dirige un sobrio y elegante filme en el que nos relata la historia de Bob, un  dandy apostador y delincuente conocedor de la vida, que conforme avanza su edad, va dejando de lado su orgullo de criminal y se serena, pues la experiencia paulatinamente va deshaciendo todos los sofismas, riesgos y preocupaciones afanosas que por las que antes se desvelaba. Bob es trasnochador porque gusta de las apuestas, pero quizás se debe también a su carácter de solitario y vagabundo que busca refugio en las casas de juego y en las bellas calles de Montmartre (París) a mediados de siglo XX. Valga anotar el hermoso inicio del filme, en donde se nos muestra mayoritariamente en interesantes paneos un amanecer urbano en París (calles mojadas, leve bruma matinal, negocios que empiezan a abrir al público, trabajadores que se dirigen a sus empleos, vehículos de la limpieza municipal que mojan las avenidas para hacerlas más tristes y entrañables, chicas bellas y solitarias sin rumbo fijo) donde la ciudad paulatinamente se pone en marcha para la mayoría, pero va muriendo para los noctámbulos y bohemios. 





Bob es un maleante a la antigua usanza; si bien delinque y rompe la ley para ganarse la vida, en él se halla un contradictorio sentido de la moral, el cual puede llegar a ser indulgente para con ciertas circunstancias, como por ejemplo el hecho de que no vea con buenos ojos a los proxenetas y “chulos”, y de que trate con cierto paternalismo de defender a las chicas ingenuas y abandonadas que están por caer en las redes de un abusador; inclusive procura ayudarlas con consejos y un poco de dinero. El tacto y la caballerosidad de Bob incluso alcanzan para ser amigo del jefe de policía, quien no tiene reparos en cada encuentro de ambos colegas de trabajo (ladrón y defensor de la ley) para reconvenir al viejo criminal para que no se meta en más problemas.




      
 Este filme es a todas luces una clara muestra del más fiel cine negro, que como se sabe es un género desarrollado en Estados Unidos entre las décadas del 30 y 50 del siglo pasado. Jonathan Rosenbaum señala* la gran filiación que Melville (como espectador del cine) profesaba por Norteamérica y Hollywood. En Bob le flambeur, como en otros de sus filmes, destaca cierta apropiación amorosa de otros emblemas masculinos hollywoodenses. Rosenbaum también cita a Dave Kehr, quien menciona en un ensayo el hecho de que Melville hizo sus películas más personales imitando a la era más regimentada e industrial del cine americano, una paradoja que debe haberle resultado atractiva a la mente paradójica de otro grande como Godard. 


          Desde luego, en el cine negro no han de faltar las chicas fatales y manipuladoras que conocen a fondo el bajo mundo, se relacionan eróticamente con este, y  aprovechan sus encantos –o su influencia sobre sus esposos- para tomar ventaja en las situaciones. Un ejemplo de ello es la bella y sensual Anne, chica sin más aspiraciones en la vida que darse por bien servida de la mano del amante de turno, y que gana seguridad e impasibilidad ante las galanterías con que los criminales (testosterona en ebullición) la abruman. En Bob le flambeur, confiar en una bella chica de este tipo es síntoma de debilidad y equivocación fatal, de amateur que no ha sufrido por las veleidades del bello sexo.   



      La vieja y estrecha relación entre el crimen y el juego es clave para comprender este filme. El azar posee en ambas esferas una importancia vital, las cuales podemos caracterizar conjunta y brevemente así: sus adeptos están sujetos a un comportamiento altamente cuestionable, pueden sufrir con facilidad consecuencias negativas, se enfrentan a riesgos múltiples que pueden minimizarse con la experiencia y la inteligencia, muy a menudo se pasan por encima cuestiones morales sin pensar en las consecuencias, pero nada de ello es tan importante como los enormes beneficios que pueden obtenerse si se tiene la tenacidad y el arrojo suficientes. El crimen y el juego solicitan personajes que gusten de caminar al filo del peligro y que vivan la vida exprimiéndola peligrosamente. Todos estos asuntos desbordan en el filme de Melville con gran maestría y seducción.



    

      En suma, Bob le flambeur, si bien es un filme que plantea situaciones y personajes arquetípicos del cine negro, no por ello vale la pena dejar de ver su gran sofisticación (tan del gusto de Melville) pues tiene momentos entrañables, pertenece además -con gran nivel- a una de las épocas más bellas de la historia del cine, porque Melville es uno de los grandes precursores y maestros de esa bella constelación del brillantes filmes que se conocería poco después como la Nueva Ola francesa, y porque la crítica y la historia del cine lastimosamente no siempre han valorado la factura de Jean-Pierre Melville en su plena trascendencia y a  cabalidad, como este gran francés lo merece.




*“Apuntes del 23 Festival de Cine de Mar del Plata: El Samurái de Jean-Pierre Melville”, ensayo de Jonathan Rosenbaum en el blog El revisionista, editado por Julio Diz:

 http://elrevisionista.blogspot.com/2009/08/apuntes-del-23-festival-de-cine-de-mar.html  

 

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