viernes, 22 de abril de 2016

Manifiesto (hablo por mi diferencia) (1986): un poema de Pedro Lemebel





Pedro Segundo Mardones Lemebel (Santiago de Chile, 21 de noviembre de 1952 - ibídem, 23 de enero de 2015) fue un escritor, cronista y artista plástico chileno. Su obra escrita aborda los temas de la marginalidad chilena utilizando para ello algunas referencias autobiográficas. Referente de la literatura homosexual y contestataria, su estilo irreverente se ha dado a conocer por toda Hispanoamérica, siendo uno de los escritores chilenos con mayor proyección internacional. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, tales como el francés, el italiano y el inglés.

     Como artista de performances y como escritor, su trabajo se caracterizó por el uso de la provocación y el resentimiento como herramientas para la denuncia política y social. Lemebel fue cronista de Página Abierta, La Nación, de las revistas de izquierda Punto Final (desde 1998) y The Clinic. También condujo programas radiales, dirigió talleres de crónicas y dio conferencias en diversas universidades, como la Universidad de Harvard y la Universidad Stanford.* 

(*Todos los datos biográficos anteriores vía Wikipedia.)





Manifiesto (hablo por mi diferencia)

Pedro Lemebel


No soy Pasolini pidiendo explicaciones

No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.




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Lectura de "Manifiesto (hablo por mi diferencia)"
(1986) por Sergio Contreras





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Nota sobre "Manifiesto (hablo por mi diferencia)" (1986), 
poema de Pedro Lemebel 



Por Leonardo Mora
colectivozerkalo@gmail.com



Manifiesto (hablo por mi diferencia) fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986. En este bello poema/manifiesto se puede entrever la brutal honestidad de quien nos habla desde una individualidad enfrentada a un mundo intolerante, pugna que se agrava más cuando el sujeto se ocupa de la búsqueda y afirmación de una identidad que incomoda en el siempre autocomplacido y retrógrado conjunto social: en el caso del poeta chileno, su condición homosexual. 

  Se sabe -aunque jamás será recurrente condenarlo- que la sociedad en general, con sus instituciones y absurdos modelos de regulación, antes que mostrar un carácter abierto y comprensivo para los diferentes modos de ser, lamentablemente gusta más de ocuparse en crear odiosas etiquetas para clasificar, alejar y anular lo que es diferente, lo que no es nosotros, lo que no entendemos, lo que nos sobrepasa, pero sobre todo, con lo que no estamos dispuestos a identificarnos. Un trato deshumanizado y frío de la persona como un producto de consumo desechable, que sólo vale en el caso de que se inserte ventajosamente en los flujos de mercado.

     Lemebel en su poema desarrolla una fuerte postura crítica a través de unos versos directos y valientes que constituyen lo que se ha llamado con precisión un resentimiento lírico. El heraldo que asume, visto de manera global, es la distancia que establece el ser, la voz poética (como artista, como persona, como militante) al no hallar correspondencia ni empatía de parte del conjunto social. Lo que es peor aún, el poeta ni siquiera puede sentirse respaldado por su grupo ideológico -el cual se ha fundado, paradójicamente en una necesidad de disminuir las desigualdades sociales- porque su entrega a la causa y su trabajo no prima sobre sus preferencias sexuales. Antes bien, la voz del poema satiriza las contradicciones de la militancia o de un sistema político cualquiera con su papel redentor y garante de unas condiciones de existencia, ya sea material, social, o emocional.

   Los cometidos e inclinaciones políticas en grupo son siempre más fáciles de defender, de gritar, de asumir, que el ejercicio de autocuestionamiento sincero: ¿Hasta qué punto mi compromiso ético, personal, en verdad está en sintonía, o capacitado, para entender a profundidad lo que defiendo o con lo que me identifico? Localizamos en el poema la presencia de esa enorme y tan esquiva dificultad que entraña el ser consecuentes con una idea, con una inclinación, o por lo menos con el esfuerzo de ahondar en sus implicaciones y en las exigencias que denotan. Nuestra época abunda en adeptos que se apegan superficialmente a un cúmulo de ideas y consignas prefabricadas, dinámica que entre otras cosas obedece a la aceptación social o a empuñar la bandera de turno. 

     Lemebel también se ensaña contra la equivocada idea de masculinidad que el machismo más tóxico gusta de pregonar y tergiversar hasta el cansancio, quizás para eliminar dudas de una monolítica e irrebatible identidad. Nada se asemeja a la verdadera fortaleza, nos manifiesta el poeta, como el esfuerzo en todo momento de mantener la entereza y el orgullo ante los embates del monstruo social al que estamos sometidos. Cabe anotar que a menudo en la cotidianidad, equivocadamente se ha normalizado la asignación de virtudes a un género en particular. El poema entonces nos sugiere replantearnos y superar esa correspondencia fácil e injusta: la valentía, la entrega, el respeto, la consecuencia, el valor, el compromiso por la verdad, la sinceridad, está muy lejos de pertenecer solamente al dominio del hombre. De nosotros depende reconocerlo en quien realmente los demuestre con acciones, no los finja o los pregone vacuamente.  

   A su vez, el poeta implícitamente pregunta: ¿De qué manera se anula y se desconoce la homosexualidad? ¿Cuántos y quienes la respetan como condición, o se toman el trabajo de comprender mejor sus especificidades? ¿Por qué evitar o esconder su humanidad, su carácter, sus manifestaciones, su lugar en el mundo? ¿Qué miedos o represiones descansan detrás de la marginación sexual y la vulneración de los derechos de las minorías? ¿De que manera el futuro abordará las preferencias sexuales no predominantes? 

     A pesar de la violencia del descarnado manifiesto, el poeta no escatima en ironías y sentido del humor que amortiguan las duras experiencias en su enfrentamiento con el mundo  y guarda una leve esperanza de las generaciones futuras puedan, por lo menos, ser más indulgentes para con la distintas maneras de ser y sentir.

   Por todo ello y mucho más, el manifiesto de Pedro Lemebel tiene una enorme pertinencia actual, sobre todo en una contemporaneidad que se dice tolerante y con hondura intelectual, pero que pocas veces actúa en consecuencia, y mucho menos está en capacidad de expresar una postura política y personal de manera radical, con talento artístico y con descarnado nervio. Más que una temática de género, más que un producto queer, más que señalar una problemática social que alcanza hasta la militancia política como proyecto, es la calidad literaria del poema, su dolorosa belleza, lo cual permite que el lector se conmueva por una tragedia personal que alcanza visos existencialistas, y que reflexione sobre las etiquetas, las ideologías y los comportamientos que anulan tantas veces la comprensión y la solidaridad hacia la condición humana.

sábado, 9 de abril de 2016

¿Qué hice para merecer tanto amor?: La chica danesa (2015) de Tom Hooper




Por Iván Esguerra Sierra

ivanesguerra2008@gmail.com



Esta pregunta se la hace el actor Eddie Redmayne en su rol de Einar al personaje de Alicia Vikander (Gerda Wagener), en uno de los momentos definitivos y finales en la película “La chica Danesa”. Duda que brinda ese momento sublime a cualquier relación, y en especial al asunto que aqueja la trama central de esta melodramática cinta. Frase que además simplifica la hora cincuenta y nueve minutos que dura la misma.

    Basada en la novela de ficción del mismo título publicada en el año 2000 por David Ebershof y dirigida por Thomas George "Tom" Hooper, ciudadano londinense nominado a varios estímulos y ganador del Premio Òscar por la película “El discurso del rey”. The Danish Girl intenta retratar los sucesos definitivos en la vida de un paisajista, quien al tratar de darle un impulso a la obra de su esposa, una ilustradora de modas, cae en un juego transgresor que termina por envolverlo y sacar a flote su verdadera sexualidad, lo cual finalmente desemboca en convertirlo en el primer hombre en someterse a una cirugía de reasignación de sexo y le hizo la primera mujer transexual de la historia. Eso sí, pasando primero por unos cuantos doctores que no dudaron en tacharlo de esquizofrénico y que quisieron tratarlo con electricidad y medicinas sicotrópicas, pero que no lograron nada. Por el contrario, fortalecieron los deseos de una amante (Gerda) llena de dudas que quiso hacer todo por la felicidad de su pareja. Dudas, angustia y de dolor que llevan a la pregunta que Einar le lanza en un momento de convalecencia, y que da título a esta reseña. ¿Qué hice para merecer tanto amor? 



Teniendo como base el momento de esta expresión en la película me gustaría resaltar lo obvio. La razón por la que esta artista se llevó el premio Óscar para actriz de reparto 2015. La auténtica protagonista. La señorita Vikander quien interpreta un papel con mucha profundidad. En sus gestos refleja lo que cualquiera en su posición padecería. Cualquiera que ame y quiera sentirse amado. Esos ojos de deseo y ternura en las escenas frustradas de cama. Esas caricias de pena y dolor en los momentos de delirio producidos por la fiebre postquirúrgica en el cuerpo de Einar. ¿Quién no quisiera encontrar un amor así? 
    
      Magistral actuación para una belleza sueca educada en el ballet y en el mundo de las tablas. Personaje difícil de olvidar por su carga emotiva con tan pintoresco desarrollo.
     
    Un buen guion literario muestra el paisaje para que el director desarrolle su historia, dicta uno o varios caminos para seguir. En este llegué a la conclusión que Lucinda Coxon falló al escribirlo. Se mantuvo en terreno seguro. Me resulto decepcionante. A mi parecer no logro profundizar en lo complejo que tuvo que ser para Einar llegar a ser Lili. Le falto emoción y fuerza. Hubiese sido muy interesante conocer su parte interior. No da explicaciones de cómo llega a la certeza de que su verdadera condición es la de ser mujer. Salvo por un encuentro tímidamente homosexual con el personaje de Ben Whishaw (Henrik Sandal) y una vez que esa premisa ya está medianamente formada (y estamos en medio de la alteración) tampoco se extiende demasiado al mostrar cómo está siendo la experiencia para Lili.

   La ambientación y fotografía se manejaron de forma talentosa. Pero como no puede ser así, si lo hicieron con los colores propios de Dinamarca lugar en el que se grabó. Lograron captar la época. La puesta en escena por momentos empalaga y llega a sentirse cursi. Se percibe una opresora elegancia. Pero que podemos hacer si la vida en ese tiempo era así.




Aunque muchas personas dicen que Einar está muy bien adaptado, me parece que el problema con el guion no lo dejó florecer. (Aunque en las escenas con Gerda, esta le aporta cierta armonía y le hace creíble). Se quedó en unas muecas repetitivas de vergüenza. De picardía sensual que caricaturiza lo complicado que fue para el verdadero Einar Mogens Wegener afrontar las cinco operaciones que dieron fin a su vida Se entiende que es una adaptación, inspirada en un libro, basado en las memorias del personaje recopiladas en el texto Man into woman de 1933. Pero que maravilloso hubiese sido, si en vez de explorar someramente sus deseos, se hubiese internado en la mente del sujeto. En lo que escribió desde el corazón. En lo difícil que era ver esa mujer retratada majestuosamente por un artista y no poder sentirse así. En lo difícil que debe ser salir a la calle y ser confundido con una lesbiana con poca gracia. Que su dolor no se quedara reducido a una golpiza por unos bellacos de poca monta que parece fue articulado a último minuto. Como para decir: "Que vaina lo que deben de sufrir quienes son diferentes".



viernes, 1 de abril de 2016

La transacción de una juventud al borde: Güeros (2014) de Alonso Ruizpalacios





Por Jonathan Castro




No cabe duda que México ha sido un territorio en el que se han desplegado innumerables formas identitarias desde el periodo mismo de la conquista. La composición racial del pueblo mexicano superada en mayoría por la población indígena, proporcionó los elementos para la conformación de un relato fundacional: el indio, más que en otras partes del continente, fue limpiado; con un giro narrativo nacionalista se incorporo al relato originario en el que predominaban las visiones y versiones criollas.


  En la literatura, Juan Rulfo y Mariano Azuela contribuyeron con lo propio. El cine mexicano de la época dorada tuvo representaciones maniqueas que despertaron la sensibilidad de algunos críticos, pero sería la película María Candelaria (galardonada en el festival de Cannes de 1946) la que despertó innumerables comentarios: muchos de ellos bastante polémicos, acerca la exaltación y representación exoticista del Indígena en un contexto posrevolucionario.

   ¿Pero a que viene el tema identitario? Valga mencionar que la identidad también es narrar: desde luego, las representaciones del cine mexicano varían y proponen la búsqueda de una identidad nacional a través de distintas vertientes. Es así como en Güeros (2014), la película de Alonso Ruizpalacios, la búsqueda identitaria de la nación reside en un personaje misterioso, desconocido, del cual solo se tiene una cinta de casette, el cual, según los personajes, hubiese salvado el rock nacional. La música, cuya fuente sonora siempre vemos pero no escuchamos, abre un intersticio, o si se quiere una grieta, un espacio en blanco para la escritura, para la oralidad, o simplemente la contemplación, cuyo fundamental ejercicio se encuentra en planimetrías que toman a los personajes enmarcados por ventanas, o cuyo ejercicio de observación replican al espectador en pantalla.

    El plano cenital de las bombas de agua (y esta primera secuencia da cuenta de la transformación que sufre el personaje, que pasa de hacedor de pilatunas a adolescente responsable) es de gran importancia para el desarrollo temático restante del filme. Sin embargo, es el destierro y la expulsión los motivos que llevan a Thomas, el “legitimo” güero del club de amigos, a abandonar su pueblo natal para ir a vivir con su hermano mayor, "el sombra", a la capital. "El sombra" vive con Santos, un amigo o compinche con el que comparte apartamento, lo cual realmente es un espacio venido a menos por la desidia a veces consciente de los personajes.

    Entre situaciones que recorren un espacio de la representación mas intimo y un existir dislocado en el sentido de las relaciones que se tejen en el seno del grupo de amigos, la película apropia estos elementos que se transforman en motivos aprovechados para desplegar un estilo de cámara que bien recuerda las vanguardias europeas de los años 50 como la Nouvelle Vague y su cámara stylo o los manifiestos tardíos como el de Dogma 95.



La historia está cruzada por una búsqueda que no acaba del todo y que se conjuga con situaciones que le dan un tinte mas arquetípico a la historia, como el gusto que siente "el sombra" por Ana, una joven estudiante de la UNAM (otra referencia a la nación, Universidad Nacional Autónoma de México), huelguista y dirigente estudiantil, locutora y directora de un programa de radio de rock en una emisora pirata que trasmite desde un rincón del campus, espacio que reorganiza y funge como centro político y social de interlocución. Ana es una especie de Camila Vallejo con un discurso duro en lo político y una belleza férrea que emite escritos realizados por "el sombra", composiciones literarias que amenizan cada espacio entre rola y rola en cada cita radial.

    Entre líneas de guion discursivas que oscilan entre la situación política y el divagar juvenil, se va tejiendo un relato que es emplazado por su mismo director: en una secuencia rompe con las formalidades escénicas para cuestionar su propio guion, a través de uno de los actores que representa a un compañero universitario en huelga, "el oso". Para "el oso" la película es canónica, su guion se parece a las películas de persecución gringa, es cliché, y todo esto sucede ante nuestra mirada que divaga entre la realidad y la ficción, cuyos momentos se fraccionan aparentemente ante cámara, ante la claqueta con el titulo de la película Güeros y que toma visos propios de un documental, como la charla con el cura jesuita huido de la guerra de El Salvador.

   ¿Y que vendría siendo el güero? En el inicio aparecen las definiciones de este término, una manera peyorativa para algunos sectores populares de llamar a los rubios o blancos en el país azteca; sin embargo esto no se tranza de una manera sencilla, dado que ser güero tiene otras implicaciones.

    En la búsqueda de Epigmenio Díaz, el rockero, los muchachos evaden un control policial. Por escapar de la autoridad desvían hacia una colonia en las afueras del distrito, con lo que empezamos a ver una cartografía propuesta por el realizador, que desplaza a sus personajes del centro a los márgenes y viceversa.

    Al llegar a la colonia el club de amigos es abordado por un grupo mayoritario de jóvenes que departen en la calle, cuyo epíteto para referirse a los “invasores”, a los otros, es la palabra güero. Término racializado con el que Santos nunca esta de acuerdo, pues siempre pregunta si "el sombra" tiene cara de güero o si el mismo que no es rubio es un güero: es decir, la forma y el fenotipo son elementos que definen una cultura visualmente y su participación en el plano de la interacción social. Estas transacciones de gustos, de ocios, va ser representada a través de términos, jergas, intercambios juveniles de significado, artes del hacer.

    Para el joven no escolarizado, en situación de empleo, subempleo o des-empleo, el güero se torna en una forma de caracterización de clase; el güero no es ya el rubio, el güero es aquel cuyos elementos decorativos y estéticos lo definen tales como; el carro, el lenguaje, o la vestimenta. El güero es el que ha tenido y tiene las oportunidades para insertarse sistemáticamente, es el joven de barrio representado como violento: su rostro no es percibido en principio debido a los desenfoques de cámara, es un emborronamiento, una opacidad que habla y fuerte, el miedo al otro, al desconocido. Es evidente en la cara de "el sombra", que luego de acordar un aventón con el muchacho es abandonado en un cerro del DF.

  A los jóvenes universitarios ahora les resulta conflictivo caracterizarse como güeros debido a que ellos también hacen parte de esta masa subalternizada, la cual está en disputa por la construcción de un escenario educativo incluyente, una nación para todos los “hermanos”; sin embargo la manera de representar los debates terminan siendo una anamórfica discusión asamblearia que termina en gresca, en el que los vocablos náhuatl son cuestionados y divulgados. Términos como naco, esquirol, son vaticinados y referenciados etimológica y filológicamente. El autor siempre está en la búsqueda de una raíz que se halla oculta y pretende ayudarnos a develarla. De no ser por esta composición visual y auditiva que echa mano del paisaje sonoro caótico de la capital mexicana (y uno que otro bolero que da ese toque nostálgico del México de mitad década del siglo XX) quizás la obra caería en el lugar común mas insulso. La sonoridad contribuye a hilar este relato de manera contundente; la búsqueda del rockero mesiánico mexicano los llevará a lugares como el hospital, donde se hace evidente y sintomática la realidad juvenil mexicana y la de todo un país, de igual manera sucede en el zoológico y las calles.

   La mezcla 5.1 de sonido permite espacializar y re-ordenar esa polifonía anárquica que es la ciudad, que cuestiona la diégesis del relato y nos sumerge en universo de rebeldía, de cuestionamiento y sobre todo de entendimiento a los trancazos, propio de aquello a lo que se referiría el escritor mexicano Carlos Monsiváis en Los Rituales del Caos.

    Una nación que desconoce el papel de sus jóvenes y que los violenta pasa a ser el centro de mira de estos nuevos realizadores: No en vano es recurrente y valido mencionar la reciente masacre de Ayotzinapa, cuyos estudiantes normalistas reclamaban justamente mejoras educativas de su región. Güeros es un guiño con muchas situaciones y artistas, entre ellos, Jim Jarmusch: en una secuencia filmada en el interior del apartamento se tiene las mismas ponderaciones formales y estilísticas de la película Café y Cigarrillos del conocido director estadounidense, para quien el rock, el blues y la literatura han sido claves en su universo representativo.

   En un apartado de la película de Jarmuch, el autor a través de sus diálogos en mesa cuestiona la identidad nacional norteamericana a través del mito de Elvis Presley y la incorporación o en términos del autor, el saqueo o robo a los artistas negros del blues. Alonso Ruizpalacios retoma estas inscripciones para recordar que hay una generación no pasiva que demanda espacio y democratización de un relato que los represente.











martes, 22 de marzo de 2016

Álbum de Quimeras (2016): un libro de relatos del escritor colombiano Frank Mauricio Durán



   Álbum de Quimeras (2016) es el nombre del libro de diez relatos que conforman la ópera prima del escritor colombiano Frank Mauricio Durán: a finales del año pasado este libro se hizo merecedor del premio Hugo Ruiz Rojas, auspiciado por el Portafolio Municipal de Estímulos Artísticos y Culturales de la Ciudad de Ibagué (Colombia.) 

 Colectivo audiovisual Zerkalo intercambió unas breves palabras con el joven autor y las ofrece a continuación, junto con un relato extraído de Álbum de Quimerasuna breve reflexión acerca del mismo. 







Conversación con Frank Mauricio Durán, escritor colombiano 



Colectivo Audiovisual Zerkalo: ¿Por qué ocuparse de escribir literatura en la actualidad?



Frank Mauricio Durán: Es una gran manera de aprovechar la soledad. Da consuelo, en el sentido de que nos ayuda a evadirnos, pero también nos confronta con nosotros mismos. Y como el tiempo es escaso, hay que aprovecharlo de la mejor manera. Esto, desde luego, es relativo.

C.A.Z: ¿Literaria y personalmente cuáles fueron sus propósitos al componer y juntar los relatos de Álbum de Quimeras?

F.M.D: Comencé a escribir cada texto sin pensar en que fueran a conformar un libro. Solo sabía que quería escribir desde lo fantástico y la fantasía. De todos modos, intentaba hallar cierta unidad de forma y de tono para evitar disonancias, que siempre lo insólito, acaso asombroso, estuviera presente, para bien o para mal en los fragmentos de vida de los personajes. Y quería (quiero, necesito) ver qué soy capaz de poner en palabras: pensamientos, sentimientos, imágenes... 

C.A.Z: Hemos encontrado, a nuestro juicio, su interés por plasmar unas circunstancias particulares en la que se amalgaman atisbos de una cotidianidad cruzada por el ensueño y lo fantástico. ¿A qué se debe esta cosmovisión? 

F.M.D: Seguramente es un modo de negar la realidad, pero al final, la realidad siempre está allí. Es decir, no se trata solo de evasión; es otra perspectiva desde la que se puede observar la realidad, o es otro mundo con el que mi realidad se comunica.

C.A.Z: ¿Considera que ha sido influenciado específicamente por determinados autores en la composición de su libro? 

F.M.D: No sé decirlo con certeza; pero lo que sí sé es que para mí estos autores, que aún escriben, son muy importantes: John Crowley, Cormac McCarthy, Pierre Michón, en particular el de Mitologías de invierno, Felisberto Hernández, y otros que no recuerdo ahora. Crowley no es muy conocido.

C.A.Z: ¿Qué caminos o alternativas futuras le augura al ejercicio literario?

F.M.D: Como yo lo asumo desde una forma sencilla, según la respuesta a la primera pregunta, le auguro el mismo camino, es decir, cada vez la gente es más solitaria, lo demuestran las redes sociales y la dificultad para interactuar sin temor a decepcionar o ser decepcionados, por lo tanto, la literatura como un ejercicio solitario siempre será una alternativa noble y leal al alcance de la mano. Claro, volvemos a lo mismo, unos verán películas, otros jugarán videojuegos, pero la literatura también estará presente, incluso si el mercado editorial llegara a fracasar como negocio ante nuevas formas de la cultura o subcultura que parecen responder de modo más práctico a los gustos del momento. En consecuencia, el mercado editorial sí debe renovarse junto con los escritores que obedecen a estas premisas. Pero la intención de escribir desde unas inquietudes íntimas, con sentido creativo, con la intención de revelar un mundo interior, no dejará de existir. Creo que no. Espero que no.

C.A.Z: ¿Cómo ve el estado de la escritura en el contexto colombiano?

F.M.D: El maestro César Pérez Pinzón, escritor tolimense, decía más o menos que en Colombia “todos” quieren ser escritores. Basta darse cuenta de la cantidad de obras que llegan a las editoriales y que jamás serán tenidas en cuenta. De acuerdo. Y a pesar de que en Colombia los índices de lectura son bajos, al parecer hay más escritores que lectores. En un país donde el colombiano promedio lee máximo dos libros al año, el oficio literario es un milagro.

C.A.Z:¿Podría mencionar algunos aspectos esenciales aprendidos durante su ejercicio de lectura y escritura para las nuevas generaciones?

F.M.D: El rigor a la hora de auto corregir. Dudar un poquito de lo que uno escribe. Mostrar lo que hacemos a personas de confianza. Dejar reposar los textos algún tiempo para releerlos luego y descubrir nuevas fallas. Y por último y más importante, que el viaje hacia la literatura es solo de ida.

C.A.Z:¿Sabe cuál será su próximo paso a seguir como escritor? 

F.M.D: Sí. Por lo pronto quiero (por fin) terminar de escribir una novela que ya llevo tiempo trabajando. Es hora de comprometerme más con ella.





"Gran hierba":  Alberto Durero. 1503. Acuarela.


KARAPANATAPUYO

Frank Mauricio Durán


  Para entonces, Apolinar ya lo presentía. Caminaba entre la selva, la niebla y una llovizna que, siendo persistente, no borraba del rostro y el cuerpo los tatuajes recién pintados por la mano firme del taita. Por una senda muchas veces recorrida, entonaba un cántico que le infundía valor, más que el ofrecido por el cuchillo o la compacta constitución de su cuerpo. Una canción enseñada desde niño por las propias voces selváticas de sus dioses; una que alejaba el miedo al Madre de Dios y lo que allí habitaba. 

     Siguió la ruta del raudal del Apaporis. Descansó cerca de un precipicio de rocas bermejas arraigadas al vientre de la montaña. Sacó de una mochila una arepa de maíz tostado, partió la mitad y dio cuenta de ella con tres mordidas. Bebió un sorbo de avena, hizo buches y lo tragó. Frente a él se vertían las cascadas del Apaporis, hendiendo el suelo pedregoso de la hondonada. Soberbias, lo escupían con miles de partículas que estallaban de la risa, nada más rozarlo, como diciéndole: ¿Quién eres? 

  Se levantó y siguió al trote. Como si fueran los que lo llevaran, los pies se enterraban, chapoteaban en el lodo pero jamás resbalaron ni cejaron en su determinación de llevarlo a destino. Antes de pasar sobre un tronco atravesado en un riachuelo, volvió atrás la mirada: entre la maleza y la niebla quedaban sus huellas informes, borradas de a poco por la llovizna. Y no sólo eso: los días en los que, junto con el taita, liaban las malocas, muy serios y aplicados como si bordaran rezos; los prósperos días de pesca, bendecidos por la gracia del sapo Jamp’atu; la recolección de la coca, un ritual y festejo; y, sobre estas impresiones, la presencia de Norton, su manera de hablar, el recelo que causaba en la aldea, y la herida feroz abierta en su orgullo. La debía sanar para que, al volver a la aldea, la sonrisa victoriosa, mejor que las palabras, fuera la respuesta con la que pudiera silenciarlo y alejarlo de sus vidas para siempre. 

   El canto de un gallito de roca se escuchaba a lo lejos. El chillido de los grillos, demasiado cerca. Monos aulladores saltaban en los árboles. Uno de ellos le dijo que se devolviera, pero él no se detuvo a discutir, y aunque pasó de largo, el animal jamás tuvo intención de callarse, brincaba en las ramas, eufórico, y sólo porque se alejó lo justo, Apolinar dejó de escuchar las burlas. Sintió el silencio. Observó en derredor. La selva era como unas manos que lo encerraban. Sentía que algo enorme lo observaba en aquel aislamiento, un escrutinio ansioso le erizaba la piel: la grandeza cósmica, y feroz, que lo rozaba acallando sus jadeos, los pálpitos en el pecho. Muy mal, se recriminó, años de práctica y ahora se sentía perdido. ¿Por qué si todo lo hizo al pie de la letra?: la poderosa tizana, los rezos, el pacto con el borrachero... Si no era así, al trepar por las barbas de aquel sasauma y, si la niebla lo permitía, vería la escarpa del monte Araracuara, el Quitasol. Trepó como un mono y oteó desde la copa: la niebla no le permitió orientarse. Quedó allí, esperando que el viento cambiara y corriera las nubes que bajaban a beber. Rendido por el cansancio, durmió un rato acunado en uno de los brazos del árbol. 

    Al atardecer, no recordó haber tenido el sueño: desde hacía algún tiempo le mostraba un arapaima de dimensión fabulosa; lo veía flotar dando aletazos perezosos, más grande incluso que la canoa en donde se acostaba a calcular su tamaño primitivo e imaginaba cómo casaría en el vientre. No despertó empapado en sudores, asfixiado por un maleficio montuno. La primera vez que tuvo el sueño, el taita le dijo que era inevitable: había entablado un vínculo con aquel dios de las aguas, no se debía preocupar por las náuseas que la cocción de flores y cogollos del Cáliz de Colores y hojas pulverizadas de borrachero le provocaba. Pocas veces en aquellos días se repitió el sueño. Aun así, un par de meses atrás, tal vez por la reiteración de las tizanas, los sueños se habían intensificado. Comenzaba a comprender. La criatura, como dijera el taita, desde sus días embrionarios lo esperaba. Quizás por tal motivo la selva, en la plena oscuridad de su corazón, se mantenía en silencio. Pasaría otra noche allí, vestido para la contienda con penachos de papagayo adornando su cabeza, argollas en las orejas y la nariz, cintas de piel de ocelote en los brazos y piernas, marcas grabadas en la espalda, el pecho y el rostro, maquillaje de guerra, y la suave sensación (aunque no más suave que la brisa) del algodón de los bluyines y las camisetas que solía vestir, lejos, muy lejos de la memoria. 

   Mientras tanto, en las riberas del Mapaná, acostado en una esterilla, el pequeño Edilberto lo esperaba. 

    El amanecer lo halló despierto. Las nubes habían volado, pero allí no estaba el Araracuara. Preso de la rigidez de sus huesos, bajó del árbol. Trotó para calentarse, desentumecerse. Tomó un trago de tizana, hecho con los brotes y flores, la misma dosis que ingería desde hacía algún tiempo. Avanzó lentamente. El suelo empezaba a anegarse cada vez más: se debía a los afluentes del río Madre de Dios abarcando la sabana. La lluvia caía serena pero con determinación. Los titíes estaban quietos, expectantes, apiñados en las copas de los árboles. Un águila arpía, reburujada en sus plumas, echó las cábalas cuando lo vio pasar. ¿Cuánto tiempo soportará? Apolinar se subió a un tronco atravesado en las aguas; reconoció el río, lo inundaba todo formando lagunas de color jade. Observó los nenúfares, algunos tenían flores blancas que nacieron la noche anterior: les quedaba poco tiempo. Se acurrucó y aguardó, musitando el cántico. 

    Transcurrió algún tiempo. Apolinar comprobó luego de varias horas de viaje, de dejar a Edilberto en la maloca, aquejado de fiebres y escalofríos, protegido del mal y del misionero por ensalmos sabaneros, sahumerios y azotes con ramas de guayacán, que cada instante vivido (las peleas con otros niños, los oficios) fue, sin intuirlo al menos, una suerte de preparación para llegar más que a un lugar o un instante o a saldar un duelo, a lograr un estado, uno mejor, más intenso que en otros rituales cuando lo asediaron escalofríos y náuseas; cuando venció estos efectos y sintió el cosquilleo, el zumbido de las alas nacidas de sus omoplatos; cuando revoloteó convertido en colibrí, primero entre los arbustos, y después, al saberse libre, entre las constelaciones y más allá, para volver luego y contar la hazaña. Pudo sentir de nuevo la sensación de hierbas brotando dentro de su pecho, la ingravidez de su cuerpo, rozando con los penachos de su cabeza la gloria infinita: la convicción religiosa de que sería capaz de libar la miel del sol con su lengua de colibrí. 

   Observó las aguas: buscó al arapaima, presintiéndolo sabio y sereno, como debía ser. Allí estaba, prehistórico, fastuoso en su reino turbio, arropado con el fango. Bajar a sacarlo, pensó. Sacarlo y vencerlo de muerte, liberarlo de su carne. Sacarle la lengua, llevarla, mostrarla en la aldea, en particular a Norton; desecarla, prepararla con corteza de guaraná, para matar los parásitos. 

  Una estela de agua se deslizó sobre la laguna. Un chapoteo, el único sonido. Unas gotas salpicaron su rostro. La estela pasó por debajo del tronco. Apolinar siguió con la mirada la trayectoria, que desapareció y surgió en otra parte, dando rodeos indiferentes. Antes de sumergirse de nuevo, pudo ver el morro verde oliva, la armadura de escamas cobrizas tallada con viejas heridas, cicatrices blanquecinas que formaban en un dialecto de duelos un nombre, letras dispuestas en aparente caos: Karapanatapuyo. Apolinar empuñó el cuchillo. Antes de meterse en el agua, recordando la alianza pactada con el borrachero (cuando pinchó el tronco y su propio dedo pulgar y mezcló las sangres, hermanándose con el elemental, el genio del árbol), dijo: Cuando yo lo llame, acudirá siempre, y se colgó al cuello una bolsita: contenía un mechón de cabello, embalsamado con savia, sangre y pétalos secos. Se sintió espiado por seres ansiosos, sombras simiescas se deslizaban entre el follaje al menor amago de ser descubiertas. Saltó, avanzó hurgando en los rebordes de la laguna, entre las raíces robustas de ciertos árboles, las rocas, los flancos de tierra y barro, usando su propio brazo como carnada. Sin caer en la cuenta, el agua daba en su cintura. Avanzó, tanteando el sedimento de hojas podridas con los pies, a la vez que decenas de peces los rozaban con las aletas. Cuando el agua le llegó al pecho, dejó de hurgar aquí y allá. No sabía cuánto tiempo transcurrió. Sí, estaba ahí nomás, podía sentirlo respirar, era eso seguramente lo que reverberaba frente a su abdomen. Imaginó el aliento a muerte brotando por la boca y las agallas, no en burbujas sino en espumarajos. Apolinar comprendió al fin, así como lo hacían las flores de los nenúfares. Qué significaban, entonces, sus cuarenta años de vida ahora, en este instante y lugar. Qué significaba el mal de Edilberto y el desafío que Apolinar pactó contra Norton, ahora, al comprender su destino, tantas veces sugerido por el taita. Necio, qué necio haber negado durante tanto tiempo lo evidente. 

   Luego de que forcejearan durante una eternidad, Apolinar estaba a punto de acuchillarlo en medio de los ojos, e imaginó por un segundo el arma entrando y saliendo varias veces. Aun así, más viejo y mañoso, y más fuerte, el arapaima capturó al hombre, lo arrastró hacía el centro de la laguna, lo jaló una, dos veces, y a la tercera, con una sacudida más violenta, lo llevó a lo profundo. 

   El agua entró en reposo. La arpía que observaba la contienda, se alejó sin hacer comentarios, los titíes se dispersaron. Cuando lo vieron llegar al trote, sangrando, tomándose el brazo desencajado con el otro, los aldeanos pudieron ver que, sin embargo, llegó sonriendo. No oyeron lo que susurraba mientras apretaba no sólo el brazo herido: Con esto, con esto... Siguió de largo, hasta bien adentro de la aldea, y calló de bruces frente a la carpa de Norton; dijo: No con sus menjurjes. Norton lo miró con cierta compasión, o desaprobando la aventura, o tal vez recriminándose a sí mismo su incapacidad, no para curarlo, sino para sospechar apenas, a tiempo, el significado de lo que consideraba una barbaridad y evitar careos con el taita. Vio la mano empuñada de Apolinar, se inclinó y la abrió: la lengua del arapaima estaba allí, tal como Apolinar le prometió. 

   La sonrisa victoriosa en el rostro de Apolinar no se borraba. 

   En la noche, acostado en su litera, preso de escalofríos, viendo el techo con los ojos vidriosos, se sintió de repente liviano como un colibrí. Norton hubiera querido insistir, pero el taita y, sobre todo las tradiciones, no dejarían que le pusiera un dedo encima. Además, así como Apolinar lo comprendió en su momento, como lo sabía desde mucho antes el taita, él también hizo lo propio, y esperó. 

  Apolinar tenía los ojos abiertos, pero su mirada ya penetraba en otros ámbitos. El taita le daba gotas de agua de lluvia aparada en unas hojas. En un brasero encendió hojas de copal, aromatizó el salón. En el humo azuloso subían sus oraciones. 

  Al cabo de unas horas, Apolinar pudo ver los dos senderos: el Cenit, el Corazón del Cielo, y el Nadir, el Corazón de la Tierra. En uno de éstos, bajo un umbral, sus Abuelos Ancestrales aguardaban, serenos como árboles apenas mecidos por la brisa. Vio, incluso sintió, las raíces de un sasauma gigantesco romper, salir desde los abismos en medio de un crujido de mil truenos, y repar enredándose a través de los vientos, las nubes, trepar hasta más allá de las pléyades siguiendo la estela de un rayo del Sol. Sombras lo espiaban, lo esperaban, asomadas detrás de las raíces, de los tallos, escalando, riendo. Una de ellas se detuvo, lo miró, estiró un brazo y le hizo un gesto con la mano. Apolinar alargó un brazo y, con la voz quebrada por la felicidad, una voz que sólo escuchó el taita, dijo: Allá voy.






The Blue Bird (1918) by Frank Cadogan Cowper



Álbum de Quimeras (2016): un libro de relatos del escritor colombiano Frank Mauricio Durán







Por Leonardo Mora


sanagustinconfesiones73@gmail.com



Álbum de Quimeras es el nombre del libro de diez relatos que conforman la ópera prima del escritor colombiano Frank Mauricio Durán: a finales del año pasado este libro se hizo merecedor del premio Hugo Ruiz Rojas, auspiciado por el Portafolio Municipal de Estímulos Artísticos y Culturales de la Ciudad de Ibagué (Colombia.) 

   El joven autor nos presenta un estilo que denota madurez literaria, trabajo constante con el lenguaje y una sensible y reflexiva cosmovisión sobre el ser en el mundo, que se alimenta tanto de las experiencias de vida como de un amplio conocimiento de la tradición literaria universal. El lector de Álbum de Quimeras podrá notar que sus ficciones manifiestan un ánimo consciente de superar las esquivas ingenuidades en que caen la gran mayoría de escritores jóvenes, y de alejarse de cualquier pretensión distinta a ofrecer un libro de calidad, por encima de figuraciones o el deseo apresurado por la imprenta. En primera instancia esto ya representa un logro en medio de la enfermiza avalancha de información mediática que hoy nos bombardea: incontables libros y autores de talento discutible pululan en todos lados, que a menudo se amparan bajo una monstruosa infraestructura publicitaria que los pregona hasta el cansancio. Generalmente, el buen lector puede dar cuenta de que esas obras no pasan de productos desechables, perecederos, un simple consumo más. Quizás hasta pueden estar bien redactados y denotan recursos técnicos varios, pero tales reglas áureas no logran camuflar la falta de nervio, de poesía o de alma con que fueron concebidos.

    Pero afortunadamente este no es el caso de Álbum de Quimeras: este libro realmente alcanza grandes niveles de belleza y profundidad, y es capaz de conmovernos a través de sus diversos lienzos donde advertimos una exposición de distintas circunstancias, siempre íntimas, las cuales se ensanchan y se profundizan a través del espíritu del escritor para descubrir su irrealidad escondida, esa misma que el sentido común y adocenado de la gran mayoría de la humanidad no puede siquiera sospechar, mucho menos asimilar. Álbum de Quimeras está lejos de un escueto realismo externo y simple que desplaza todo acercamiento espiritual y poético. Uno de sus elementos más evidentes y mejor logrados es el profundo sentido humano y vivencial de las situaciones narradas, las cuales siempre establecen un raro contacto con lo fantástico y el ensueño, lo cual puede darse de manera directa y explícita, o de una forma muy sutil, imperceptible.

    Dicho de otra forma: cada relato evoca diversas clases de sentimientos, evocaciones, ilusiones, aprensiones y esperanzas de talante real, es decir, inseparables de la extraña madeja por desenvolver que es la vida humana, pero al mismo tiempo nos llevan hacia regiones en donde el mundo de las apariencias y los hechos son percibidos de manera más profunda, casi ontológica y mágica, si se quiere. Lo fantástico y lo real se muestran en una hermandad de cuna. Y ello es precisamente lo que explica la ambigüedad y la extrañeza intrínseca de los cuentos de Álbum de Quimeras; elementos que a su vez determinan la necesidad de un seguimiento cuidadoso por parte del lector, sin apresuramiento, con cautela, porque de lo contrario no se revelará al lector su delicado mecanismo espiritual. Este compendio es contemplativo como la brisa marina sobre un olvidado farol, juega a los enigmas como un polvoriento libro medieval, es nostálgico como los recuerdos de un silencioso jardín de abuelos, y es reflexivo como la labor solitaria del librero o exégeta que alimenta lúcidamente su sentido de anticipación y descubrimiento. Hay que tener la percepción alerta para descubrir los sentidos ocultos y misteriosos de los relatos. 

   Valga aclarar que el tacto del autor para crear tales cosmovisiones literarias funciona en diversas circunstancias, tanto urbanas, de hábitos y modelos de vida occidentales (Dédalo de sombras, Formas frágiles, Dos viejas mujeres, Náufragos) pasando por contextos disímiles al nuestro, como los mundos telúricos vistos a través del lente de las culturas primitivas (Karapanatapuyo) o como la sensualidad y la embriaguez propias de la tradición poética de medio oriente (Mujer hecha de palabras). Realmente son palpables las cotas de inmenso valor y las cristalizaciones más sugerentes al interior del libro de Frank Mauricio Durán, pero seguir hablando de ello sería coartar las posibles lecturas de descubrimiento, y lo que es peor, sería un ejercicio insustancial de un lector más, de entre todos los que merece poseer este libro.

  Además de su seria concepción y estampa, celebramos enormemente la publicación de Álbum de Quimeras porque es el primer paso de un autor comprometido con su labor, quien empieza a manifestar públicamente su obra en el incierto pero siempre asombroso trayecto del arte literario, y porque sabemos que él se desvela por alcanzar la quimera más compleja de todas: la materialización literaria atinada e inteligente de la vida, que más que realidad, es sueño. 


El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...