lunes, 6 de agosto de 2018

La cuna estelar del terror: La Hora del Lobo (1968) de Ingmar Bergman






VARGTIMMEN (LA HORA DEL LOBO) / INGMAR BERGMAN / / TERROR CONTEMPORÁNEO/ / 90’ / 1968 / MONOAURAL. / +13




Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com


Tal vez sin esperarlo el genio escandinavo inventaba con “La Hora del Lobo” lo que hoy comunmente llamamos Terror contemporáneo. Viendo esta película a cincuenta años de su estreno y evitando cualquier desviación retórica de los críticos que la suelen explicar como una obra difícil y críptica, o como una enrevesada trama de símbolos y reflexiones sobre el “quehacer” artístico, funcional solo para entender las dificultades de salud por las que pasaba su director, descubrimos que “Vargtimmen” es ante todo otro de esos filmes que, respetando una puesta en escena realista, generalmente inspirada en el documental o el drama, paulatinamente se nos va revelando con sus imágenes, diálogos y situaciones, a cual más horripilantes, truculentas y escabrosas, como susto puro y duro.

     La cinta comienza con el propio Bergman preparando una entrevista a Alma Borg (Liv Ullman) quien le cuenta a la cámara que su esposo, un pintor llamado Johan (Max von Sydow) ha desaparecido después de que ambos decidieron tomar un descanso reparador en una desolada casa en una gélida isla escandinava.


Poco a poco el escenario se va tornando de pesadilla: en las conversaciones de la pareja que espera un hijo y que se ha prometido amarse y envejecer junta, en la locura y el insomnio de Johan y su incapacidad creativa que solo se desbloquea a la hora de hostigar a su amada con dibujos macabros o con relatos a deshora en medio de la oscuridad, y en la visita y el convivio con una serie de personajes que tienen tanto de surrealistas como de plausibles.


    Ingmar Bergman saca con su intrépido lente todo la belleza gótica de los distintos lugares por los que deambulan estos supuestos seres imaginarios. También es memorable el uso minimalista del sonido tanto ambiental como en el estudio, sacudiendo al espectador en los momentos de mayor tensión. De igual forma merece mucha atención la captura de la gestualidad y reacciones de sus personajes cuando ven aquello tan espantoso que nosotros no podemos, porque precisamente de eso va el mejor terror en el siglo XXI: de la pura visceralidad de lo que se expone y de la perturbación de lo que se nos oculta. De sentarte un rato a ver algo imposible y levantarte de la butaca trastornado porque nadie descarta que te pueda pasar a ti también.



   El centenario del nacimiento del imprescindible cineasta sueco no solo nos ha permitido disfrutar de sus bien conocidos títulos: “El Séptimo Sello”, “Persona” o “Fresas Salvajes” - digitalmente restaurados, en su idioma original y exhibidos en muchas salas del mundo-; también nos devela, ya libres de bazas intelectuales y de opiniones anecdóticas de cajón, que “ La Hora del Lobo” es fácilmente una película de terror que pudo haberse filmado ayer y que desde hoy debe considerársele como un “Nuevo Clásico” del sub-género. Bueno, puede ser que esa ultima afirmación SÍ carezca de sentido pero “Vargtimmen” NO.


jueves, 2 de agosto de 2018

Cuando el cine de acción levanta vuelo: Misión Imposible (FallOut) (2018) de Christopher McQuarrie




MISSION: IMPOSSIBLE: “FALLOUT” / CHRISTOPHER McQUARRIE/ ⭑ ⭑ ⭑ ⭑1/2 -147 Min./ CLASIFICACIÓN+13 AVENTURA-THRILLER-ACCIÓN / 3D-DOLBY ATMOS / ESTADOS UNIDOS

Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com

Christopher McQuarrie ha logrado lo imposible: convertir la sexta entrega de la añeja franquicia de espías de mascaras de látex, terroristas conspiradores y encargos heroicos que se aceptan sin rechistar, en una de las películas más importantes del genero de acción de la última década. Lo cierto es que desde hace más de veinte años hemos visto con cada entrega de Mission Impossible, una mejora en la calidad del producto; esto, en la medida en que la integridad física de Tom Cruise se ha venido sacrificando.

  Con “FallOut” (“Repercusión”) McQuarrie también ha logrado echarse al bolsillo a la crítica más amargada, experta en alabar cuanta película aparece en la que la gente habla mucho y en denostar a todas aquellas, taquilleras, en las que la gente simplemente explota. En “Repercusión” hay muchas explosiones, patadas, persecuciones y saltos, pero estas no se generan siempre por ordenador, ni saturan la pantalla hasta la incongruencia gráfica; aquí todas gozan de un ritmo poderoso, seductor, casi coreográfico y tienen un acabado muy realista. Igual de agitada es una trama con tantos giros que dejará por el piso las aspiraciones a escritor de cualquier becario narratólogo, y es que en el largometraje, si bien, estallan varios autos, también lo hacen unos cuantos egos, especialmente los de aquellos que siguen considerando al mejor séptimo arte como una manifestación ligada umbílicalmente a un supuesto valor literario.

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   MI:6 no es solo cine de palomitas para subestimar desde el simple prejuicio intelectual; más bien se parece por su estilo y por el tipo de experiencia ofrecida a “Con la muerte en los talones” (North by Northwest; Hitchcock, A. , 1959), a Bullit (Yates, P., 1968) obviamente a “Los Sospechosos de Siempre” (The Usual Suspects, Singer, B., 1995) y al mejor Mad Max (Fury Road, Miller, G., 2015). El filme apenas dejará respiro al espectador “poco ilustrado” que no necesita de un elaborado contexto para entender que lo que tiene ante sus ojos es una cacería en la que lo único que se le pide es NO parpadear, mantenerse atento y afilar muy bien sus reflejos.

  Tres esferas de plutonio circulan por los circuitos criminales del planeta y su control atenta contra la paz mundial. En el medio de esta amenaza re-aparece el villano Solomon Lane (Sean Harris); Ethan Hunt (Tom Cruise) y su equipo tendrán que evitar que el peligroso material llegue a las manos equivocadas. La CIA por su parte, aún sin fiarse de los métodos y la honestidad de Hunt, le asignará un nuevo compañero, un tal Agente Walker (Henry Cavill). Nada mas hay que entender, nada más hay que cavilar, el resto de las más de dos horas es una angustiosa caída libre y pura ambigüedad moral. 

  
 ​En una investigación reciente sobre la forma cómo los cineastas controlan nuestra atención a través de la edición, liderada por Arthur P. Shimamura, logró confirmarse que es una influencia multi-modal a nivel cognitivo, disponible en la experiencia sensorial cinematográfica, la que permite mantenernos atrapados en la pantalla (Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts, 9(4), 417-422., 2015).

   Respetando el legado de la serie televisiva esta nueva MI, se enfoca precisamente en la materialización de la encomienda. El director, a pesar de cargar con una pesada loza de versiones y desaciertos anteriores, orquesta con solvencia todos los efectos colaterales que la misma misión supone, nos mantiene expectantes, devuelve el brillo al original, no abandona del todo el escenario de la guerra fría y apenas nos deja saber algo sobre la humanidad de sus agentes.

  Su misión, entonces estimado lector, si decide aceptarla, será hacerse el sonso con el festival de cine independiente experimental somalí al cual sus amigos universitarios lo están invitando, y apuntarse más bien, a ver, solo o en familia, por el puro gusto que supone ir a las salas del múltiplex más cercano, la última de Tom Cruise y el tipo que ahora hace de Superman. Como ya sabe, si usted o algún miembro de su equipo es capturado disfrutando, el autor de esta reseña negará tener conocimiento de sus acciones. Este mensaje se auto-destruirá en cinco segundos.


miércoles, 18 de julio de 2018

En el principio era Pink Floyd (serie completa de nueve podcasts)


Les invitamos a escuchar una aventura sonora de nueve episodios, junto a la estelar y legendaria banda inglesa Pink Floyd y sus trabajos entre 1965 y 1972: En el principio era Pink Floyd

   Esta serie aborda con profundidad tanto aspectos formales de tipo  interpretativo, sonoro y de producción, así como el contexto político, social y cultural en que el afamado grupo desarrolla su interesante propuesta inicial. Valga recordar que algunos críticos y oyentes consideran la época señalada como la mejor  del grupo.

   Con la conducción del mejor crítico musical joven del orbe hispanohablante, el colombiano Herbert Neutra, este proyecto es auspiciado por Galeria Afirme en Ciudad de México y Colectivo audiovisual Zerkalo en Buenos Aires.
















martes, 17 de julio de 2018

¡Qué viva México! (1933) de Sergei Einsestein: inolvidables imágenes para la historia de una nación






Por Leonardo Mora

colectivozerkalo@gmail.com



Introducción

Es bien conocida la importancia que reviste el realizador ruso Sergei Einsestein para la historia de la cinematografía mundial, el cual alcanzó cotas de virtuosismo y belleza sin par en variados filmes, como en el que específicamente convoca este texto: el legendario ¡Qué viva México! (1933), de enorme significación para la consolidación cultural y fílmica de una nación que en aquel entonces apuntaba a singularizarse del resto del mundo a través de imágenes, a la vez que su tejido social seguía transformándose drásticamente por las secuelas de la Revolución Mexicana. 

    Son incontables las fuentes y los estudios que abordan la relación entre el realizador ruso, el maravilloso mundo mexicano tradicional y las formas artísticas (cine, pintura y escultura esencialmente) que trabajaban y consolidaban los grandes protagonistas mexicanos del momento, entre otros aspectos. Si nuestro texto funciona o aporta modestamente ante ese caudal teórico, creemos que puede hacerlo en dos esferas: a) amalgamar diversos itinerarios e ideas tanto de Einsestein como del filme para ofrecer una mirada global y aproximativa, y b) es una apuesta por la necesidad de seguir interrogando y visualizando un momento fundamental en la tradición de las ideas estéticas tanto de América Latina como del resto del mundo. Traer ¡Qué viva México! de nuevo a escenario para generar algunas líneas de sentido y examinar su enorme nivel de influencia, hasta hoy demostrado en múltiples obras que van desde el cine, pasando por el videoclip, hasta las artes plásticas, es abogar por un ejercicio de memoria para rescatar y difundir una obra concebida desde una honda inclinación, criterio y trabajo artístico. Frente a la situación actual generalizada del cine, de aportes tan restringidos al crecimiento, a la búsqueda y a la experimentación, con realizadores de segunda fila que olvidan la necesidad de contribuir a la evolución de la disciplina artística por antonomasia de nuestros tiempos, con el abordaje del filme de Einsestein asentimos a una intención crítica aguda y exigente como la que solicita Jean Claude Lemagny en La sombra y el tiempo:
       
       “Segunda respecto de la creación, la crítica no es menos necesaria. Su arrogancia será insoportable, porque las palabras siempre están un poco fuera de la cuestión. Pero su coraje es indispensable, porque las obras sólo viven por comparaciones y enfrentamientos. Todo pensamiento sobre el arte está en la obligación a la vez de asumir su inadecuación y su necesidad”[1].


Una nación, un filme, una vocación

¡Que viva México! es el homenaje no concluido de un director ruso comprometido de raíz con las causas sociales, con la búsqueda estética y con la necesidad de manifestar una cosmovisión diferente a la propia y que se había instalado hondamente en su sensibilidad; en este caso, el efervescente mundo mexicano de principios de siglo XX. Einsestein, de quien se sabe la gran relevancia que daba a ciertos elementos cinematográficos como el montaje, y que escribió diversos tratados al respecto, nunca pudo realizar tal proceso en este filme. Fueron diversos los problemas que el director, junto a su asistente Grigory Alexandrov y el fotógrafo Eduard Tissé (quienes lo acompañaron en su trasegar por diversos lugares del globo) hubo de enfrentar y no siempre solucionar desde antes de la misma concepción del filme: En Estados Unidos y México fue perseguido por su procedencia y su relación con el régimen ruso, acusado de ser un peligroso espía y agente del comunismo. Einsestein, con su gran carisma e inteligencia, representaba una estimable influencia en quien tenía la oportunidad de conocerlo o a su obra fílmica y teórica. Hasta en la misma Rusia el régimen estalinista veía con malos ojos sus relaciones cercanas con occidente. 


     Para agravar la situación, a Einsestein le fue imposible llegar a buen término con Upton Sinclair, afamado escritor norteamericano quien había fungido como productor y mecenas de la película. Los desacuerdos múltiples, las dificultades burocráticas, el presupuesto inicial y el tiempo que se fueron desbordando dramáticamente, fueron algunos dilemas por los cuales el ruso perdió la potestad del material grabado, y por ende sin serle permitido, como ya mencionábamos, efectuar los cortes y la edición final. Si bien después se generaron extracciones y ediciones que partían de tal material para crear cortos y largometrajes, ninguna fue hecha por Einsestein, hasta que Alexandrov, hacia 1979, se dio a la tarea de reconstruir de la manera más fiel posible una versión ligada a los apuntes y a las ideas originales del director, una vez este falleció.


¡Qué viva México! : una nación en el ojo de un director ruso 

Einsestein encontró diversos puntos de interés personal y general en el ideario y el mundo mexicano: de un lado, le atraían fuertemente ciertos aspectos de la vida mexicana que asociaba con un estado primitivo y original del hombre, enfrentado con elementos básicos a las fuerzas de la naturaleza, tanto para relacionarse con ella de manera más vital, como para domarla, ponerla a su servicio, sobrevivir y generar organizaciones incipientes. En el aspecto social y político, habían grandes correspondencias con sus ideas y su estimación acerca de las revoluciones populares y los estigmas de una clase marginal en busca de mejorar sus condiciones de vida, tal y como lo había visto en el caso de Rusia y hasta en Alemania, en el caso de la República de Weimar. Se cuenta que Einsestein estuvo tan fascinado con los paisajes, la gente y las vivencias que iba descubriendo en México, que muchas veces, con voluntad de documentalista, pero sobre todo, con avidez de genio sensible, grababa largas escenas y recopilaba material sin saber aún la manera en que habría de integrarlo al filme final. 

     Einsestein hace mucho tiempo tenía un interés previo por grabar en México, al parecer por varios factores, como el hallazgo de un artículo en una revista alemana -Kölnische Illustrierte- con fotografías sobre el Día de los Muertos, lo cual posteriormente lo llevó a obtener y estudiar una profusa bibliografía (reportajes, crónicas, estudios antropológicos, artísticos) sobre la cultura mexicana. También influyeron en él sus encuentros y diálogos con Diego Rivera, quien lo situó mejor en el muralismo y le proporcionó algunas de sus poderosas imágenes. Aurelio de los Reyes, en un interesante y preciso artículo acerca de los orígenes del interés del realizador ruso por México, señala que ese encuentro con Rivera fue suscitado por la visita del gran poeta Vladimir Maiakovsky a la nación azteca en 1925, quien dialogó con Einsestein y posteriormente escribió sobre su viaje[2].


Son muchos los testimonios que dan a entender que el director se dejaba permear constantemente de la realidad y los sucesos, muchas veces trágicos, durante su estadía en el país azteca, y los que se desarrollaban (conforme filmaba) alrededor de las vidas y los avatares de quienes participaban en él, casi siempre lugareñas y lugareños o nativas y nativos mexicanos. Estos elementos contribuyeron gradualmente a perfilar las estructuras de sentido que sostendrían el filme, y a su vez indica que Einsestein, en esta oportunidad, se alejó de esquemas y rígidos guiones preestablecidos, dando rienda suelta a cierto componente de improvisación para capturar al vuelo nuevas ideas y circunstancias en un juego de espontaneidad y transformación constante. En suma, una suerte de cazador de imágenes asombrado por una realidad tan especial y diferente de la suya. El director ruso sufrió impresiones profundas en su personalidad, estuvo al vaivén de emociones y sentimientos intensos, y ello se nota en la concepción de la película, por su gran lirismo y cristalización de la vida y las pasiones mexicanas, en contrapunto con las transformaciones sociales de la época.


Un hermoso y sensible estilo visual

¡Que viva México! es un filme que nos muestra en varias partes o capítulos (Prólogo, Sandunga, Fiesta, Maguey, Soldadera, Epílogo), no todos terminados, diversas vivencias, rostros, experiencias, modos de vida y costumbres que intentan exponer cronológicamente la vida de un pueblo en el cual se amalgaman diversas vertientes culturales como las indígenas y las del colonizador español, las celebraciones sincréticas de tipo religioso, y los cambios paulatinos traídos por la Revolución Mexicana. En múltiples momentos puede notarse que las escenas tienen grandes deudas con una mirada pictórica, muy bien diseñadas en términos de composición y equilibrio, a lo cual aportó el ojo fantástico del fotógrafo Tissé. Einsestein pocas veces había dado tanto énfasis a estos aspectos de la imagen como en ¡Que viva México!. Si bien la crítica apunta que la perspectiva del filme deja entrever cierto talante colonialista de Einsestein, en la medida en que a menudo no sale tan bien librado de ciertos constructos de cuño occidental, como el lente judeocristiano, o esporádicos modos de turista adocenado con ganas de distraerse en lo inusual, ello no riñe con la sensibilidad y el deseo del realizador por lograr plasmar en imágenes la belleza del mundo mexicano que le rodea. Hay gran respeto y empatía por lo que graba, y hay investigaciones previas acerca de elementos simbólicos: por ejemplo, figuras geométricas como el triángulo, figura sagrada que se repite en múltiples objetos del mundo mexicano, o el sarape (especie de manto tradicional) y el significado de su amplia gama de colores. También se conocen sus pruebas sobre la disposición horizontal, vertical y diagonal de líneas en un objeto, su significado y lo que genera en la retina del espectador. Desde el mismo prólogo ya es notable un manejo visual que logra solemnizar vestigios arqueológicos, monumentos, estatuas, situados en efectivo contrapunto con las formas del rostro y del cuerpo de las y los mexicanos con sangre indígena, por ejemplo, o con el árido paisaje local.

    Del lado temático, valga destacar la aproximación a la manera que el filme manifiesta el fenómeno de la muerte en las tradiciones mexicanas, a partir especialmente de los famosos y bellos festejos del Día de los Muertos, su interesante iconografía y sus implicaciones. Para Einsestein resulta enigmática y avasallante la complejidad con la cual, la muerte, evento trágico para el mundo occidental, paradójicamente puede ser asumido con una suerte de voluntad colectiva festiva, irónica, lúdica, que relega el dolor y aboga por un gran carnaval de la vida y la alegría. Y es entonces que el realizador ruso saca de la manga sus experimentos y pruebas con respecto al montaje y la superposición de imágenes, y logra acertadas secuencias de gran imaginación para representar tales intereses temáticos.



Con respecto al interés que suscitan en Europa, para la época del filme, los aportes más recientes de la antropología con respecto a culturas primitivas (por sólo mencionar un ejemplo, el cubismo y su integración de elementos africanos por parte de Georges Braque y Pablo Picasso), valga citar a Julia Tuñón en un minucioso y valioso texto sobre Einsestein y su experiencia en México:

     "En esos años, en Europa lo primitivo se concibe como una fuente de renovación estética. No únicamente la pintura se enriquece con elementos exóticos orientales y africanos, sino que, después de la primera guerra mundial, la antropología y la etnografía cobran esplendor (…) La presencia de la magia, lo ‘exótico’ y lo ‘otro’, aparece con fuerza y se convertirá en un elemento modular para el soviético"[3]

    Pero como ya advertíamos, a pesar del interés y el talento de Einsestein, las circunstancias en México desde luego comprenden una enorme complejidad que se le escapaba de las manos, en parte por ser presa de algunos prejuicios colonialistas. De cualquier forma, ¡Qué viva México! está allí para proporcionarnos a nosotros y a la posteridad, su alto vuelo poético, y sus inolvidables imágenes de un pueblo singular y enfrentado a una grave debacle: la impresionante tradición indígena mexicana y su manera de relacionarse con los procesos modernizadores de la sociedad moderna, los avatares de sus sistemas políticos y económicos, y los flujos comunicacionales que surcan cada vez más deprisa la extensión del globo. 

   Tal como lo muestra el caso del filme inacabado de Einsestein, para dar cuenta de los alcances y limitaciones de una forma artística y su manera de asumir el mundo, es innegable la necesidad de buscar en sus orígenes, su historia y sus manifestaciones más importantes. Limitarnos expresamente a los productos actuales y su pasmosa insuficiencia, poco o nada podrá informarnos de los caminos, en este caso, que ha transitado la cinematografía a través del tiempo, ni de sus cumbres más importantes. Como señalábamos al principio, el ejercicio cinematográfico no puede estar exento de una búsqueda formal y temática constante y de un cuestionamiento por parte del autor que demuestre su verdadera voluntad por crear una obra artística, capaz de aportar al conocimiento de la condición humana, tal y como la obra de Einsestein lo ha hecho para la posteridad. 



Bibliografía


-CASANOVA, Basilio. La mujer y el maguey en ¡Que viva México! En Revista Razón y Palabra. N° 72. Publicación electrónica editada por el Proyecto Internet del ITESM Campus Estado de México. Ciudad de México, 2016.
-DE LA VEGA, Eduardo. Eisenstein y su concepción de la Historia en el proyecto inconcluso de ¡Que viva México! En Revista FILMHISTORIA. Universidad de Barcelona. Vol 4. N° 1. 1994.
-DE LOS REYES, Aurelio. El nacimiento de ¡Que viva México! de Sergei Einsestein: Conjeturas. En Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Número 78. 2001. Pág. 152.
-LEMAGNY, Jean-Claude. La sombra y el tiempo. La fotografía como arte. Ed. La marca editora. Buenos Aires, 2008. Pág. 166.
-SALAZKINA, Masha. In Excess. Sergei Einsestein’s Mexico. The University of Chicago Press. Chicago, 2009.
-TUÑON, Julia. Sergei Einsestein en México: recuento de una experiencia. En Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. N° 55. Ed. Dirección de publicaciones del INAH. Mayo – Agosto de 2003. México D.F. Pág. 33.
-"¡Que viva México!." Wikipedia, La enciclopedia libre. 29 ene 2018, 05:41 UTC. 26 feb 2018,15:46. Disponible en: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=%C2%A1Que_viva_M%C3%A9xico!&oldid=105227753





[1] LEMAGNY, Jean-Claude. La sombra y el tiempo. La fotografía como arte. Ed. La marca editora. Buenos Aires, 2008. Pág. 166.
[2] DE LOS REYES, Aurelio. El nacimiento de ¡Que viva México! de Sergei Einsestein: Conjeturas. En Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Número 78. 2001. Pág. 152.
[3] TUÑON, Julia. Sergei Einsestein en México: recuento de una experiencia. En Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. N° 55. Ed. Dirección de publicaciones del INAH. Mayo – Agosto de 2003. México D.F. Pág. 33.

domingo, 8 de julio de 2018

De la brevedad del amor y sin tiempo para reflexionarlo: Mi noche con Maud (1969) de Éric Rohmer




Por Leonardo Mora

colectivozerkalo@gmail.com





Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud) es una de las más altas cumbres de la cinematografía del genial director francés Éric Rohmer. Este sutil y elegante filme resulta ser más que valioso para aquel tipo de espectadora o espectador en disposición a asistir a una parsimoniosa puesta en escena que trasluce, esencialmente, una lúcida mirada acerca de la vida y las decisiones que tomamos cuando de relaciones sentimentales se trata. Y sobre esta labor insoslayable, vemos en pantalla algunos de los roles fundamentales que juegan aspectos como el deseo, la moral (en este caso, perfilado con el pocas veces bien discutido cincel del catolicismo), la esperanza, la amistad y el azar. 

      Si bien la cultura francesa nos ha mostrado en muchas de sus producciones estéticas una particular idea del amor no exento de un peligroso romanticismo, en su sentido popular, el filme de Rohmer no cae en un melodrama insincero y empalagoso similar a los que hoy se usan como consuelo una tarde de domingo, devorando un enorme recipiente de snacks; más bien se ampara en una limpia y bien cristalizada cotidianidad en la que sus personajes, a través de largos diálogos y pequeños eventos, nos dejan entrever muchas características que a todas y todos nos compete en la comedia humana cuando se trata de vincularnos emocionalmente al otro: velados egoísmos, instintos de difíciles riendas, ventajas personales, mentiras de ocasión, o que también los hay, templos en los que somos capaces de ser íntegros y consecuentes con ciertos valores que radican en la consideración de no efectuar daño a los demás. Y en la intención temática del filme, que debe grandes aspectos a una perspectiva filosófica, las ideas de Blaise Pascal en su obra magna Pensées (Pensamientos) son de vital trascendencia, ya que hacen parte interna de la trama narrativa, y constituyen un eje clave para el desarrollo de nociones acerca del amor en contrapunto con un enfoque moral cristiano; lo cual, valga decirlo, tienen mucho más de racional, verídico y complejo que lo que aceptaba el cáustico Voltaire en sus Cartas filosóficas




    “Dormir soñando”, una canción del grupo mexicano El Gran Silencio, menciona las siguientes líneas: “La vida la vida, la vida, qué es la vida/ En tratar de entenderla, se nos va la propia vida/Tan simple y tan fuerte, tan llanamente suerte/Lo que acontece, preparación de la muerte/Pero es absurdo ocuparte de este estudio/. No creemos desatinado señalar que Mi noche con Maud es precisamente un sentido  homenaje a esos pequeños pasajes que componen la vida, sobre todo amorosa, en los que apenas contamos con el tiempo para vivirlos, no para entenderlos -por lo menos no con la antelación deseada- y que los años venideros no podrán borrar por completo. Todo esto, con el agravante de que una situación mal superada puede desatar sentimientos insanos en algún futuro encuentro con quien una vez fue nuestro objeto de afecto. Y si bien la película no cae nunca en dramatismos expresos o en situaciones enfermizas, la sensación que queda después de haberla visto, es de nostalgia y tristeza, acaso por ese cúmulo de contradicciones emocionales que somos los seres humanos, a veces sin más remedio que echar malamente los errores al pasado y continuar, tal y como el filme deja entrever. 

    El director de fotografía, el insustituible Néstor Almendros –y licenciado en Filosofía y Letras, además- ejecuta un trabajo fabuloso que dota de gran poesía y matices lumínicos al antológico blanco y negro que nos ofrece la pantalla: resaltamos la escena que da nombre al filme, que es el diálogo nocturno en una alcoba entre los dos protagonistas: un nervioso hombre católico, protagonizado por Jean-Louis Trintignant, y la avasallante y carismática Maud, encarnada por Françoise Fabian. Y para el ritmo de una película que trascurre lenta como las ondas de un lago, y de gran fijación, como ya señalábamos, por los diálogos extensos, la predilección del realizador son los planos largos y secuencias. 

      Grande Éric Rohmer: Mi noche con Maud, su tercer filme de los que componen sus Seis Cuentos Morales, es otra gran afirmación de insuperable cine, de la necesidad de remontarnos a los clásicos para verlos una y otra vez, porque no tienen pierde, y porque están bastante lejos de las baratijas prescindibles que suelen llamarse “pelis” y que campean demasiado libremente en las salas de cine actuales.    

        

martes, 12 de junio de 2018

El diablo está en los detalles: Hereditary (2018) de Ari Aster



HEREDITARY / ARI ASTER / 2018 / **** 1/2 / 127´/ ESTADOS UNIDOS / TERROR CONTEMPORÁNEO / CLASIFICACIÓN: +15 / DOLBY 5.1 


Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com




Contra el escepticismo de los agrios defensores de un supuesto cine de “calidad” -que sí va contra el “mainstream”, que dicen ellos es independiente porque sólo pudo verse en el glamour hipster de alguna plataforma emergente o en una convención vegana, y que les llega como una revelación de forma ilegal o por otro amigo igual de supersticioso- “Hereditary” conocida ahora con el soso título, spoiler alert, “El Legado del Diablo”, no solo es el mejor filme de terror de 2018, sino posiblemente uno de los mejores de la historia de este menospreciado género, y sobre todo, un potente drama que desde ya se ubica dentro de lo más destacado en el séptimo arte de este año. 


    Sí;“Hereditary”, el debut cinematográfico de Ari Aster, el mismo que generó mucha expectativa desde su presentación en enero en Sundance, un título que tiende a convertirse en taquillazo y que debe parte de su éxito a los buenos negocios de la casa A24 , los mismos que te trajeron “The Witch”, “The Florida Project” o “Ex-machina”; una firma que sigue ganando prestigio y que logró distribuir la película de forma multitudinaria por 34 países, y estrenarla de manera simultánea en por lo menos diez.



No era para menos tratándose de una pieza sofisticada y de exquisito valor artístico. Este trabajo se acerca al panteón de clásicos, a los que también debe mucho como The Exorcist (W. Friedkin; 1973) Rosemary´s Baby (R. Polansky, 1968 ) o la subestimada The Shining (S. Kurbrick, 1980 ). Iluminado por la estela de estas obras maestras y sus talentosos directores, Aster se toma el trabajo y el tiempo para construir un escenario agobiante donde todas las patologías de una familia dañada por un matriarcado recalcitrante se van revelando, bien como fenómenos lumínicos y acústicos o tragedia moral y social, bien como perturbación mental y emocional y por supuesto, como extraños sucesos que desencadenan una espiral de imágenes y situaciones cada vez más enfermizas y oscuras que enviarán al espectador bastante inquieto a su casa.

     Annie Graham (Toni Collette) es una artista ansiosa que se dedica a construir modelos en miniatura sobre distintos temas, incluidos aquellos inspirados de su vida personal. Annie está casada con un psiquiatra llamado Steve (Gabriel Byrne) y tiene dos hijos: Peter (Alex Wolff), un fumeta adolescente promedio, bien parecido y su hermana menor, Charlie (Milly Shapiro), una niña fea a la vista, apática y con hobbies poco habituales para una criatura de su edad. Los Graham afrontan la perdida de la mamá de Annie, una de esas señoras de edad, resentidas y medio dementes que pelea todo el día, convencida de que siempre tiene la razón. Desde el funeral de la abuela, el factor hereditario, propio de las relaciones disfuncionales entre madre e hija empezará a manifestarse. 



La bolsa de trucos del director neoyorquino, para descubrir eso “hereditario” incluye encuadres panorámicos y varios travellings que acentúan la melancolía y la tensión del paisaje y la suerte que acompaña a la familia, destacando aquellos en los interiores de una cómoda casa de arquitectura entre clasicista y pintoresquista aislada, siguiendo el canon, en el medio del bosque. Otro detalle es el contrapunto creado por Colin Stetson en una banda sonora impecable, cuya ejecución acentúa la turbia dinámica familiar, la serie de giros devastadores y los momentos más aterradores y explícitos. Pero tal vez el mayor logro en “Hereditary” sea la interpretación de Collette: su papel es un retrato de la típica mujer que carga con una sensación permanente de maldición y que teme que sus decisiones y accionar en la vida la hagan merecedora de todos los problemas que ahora invaden a su prole.

    En contra de “El Legado del Diablo”, sus vituperadores - después de verla pixelada en una pantalla de PC obviamente- dirán que eso ya se ha hecho antes, que ese final tan predecible, que eso es puro entretenimiento para las masas, etcétera. Por supuesto, estas emociones, estos sentimientos y estos desencuentros se difunden en el arte y en la cultura desde los días de los griegos y antes de la invención del propio cine si a eso vamos; pero el desarrollo y la evolución del milagro cinematográfico no va exclusivamente de la originalidad de lo que se cuenta, sino de la forma y el estilo de lo que se muestra y de todos los artificios y la magia de los que se vale el director en dicho proceso para capturar las pupilas de quien observa. 



Lo que nos muestra Aster no es un susto cualquiera, no son payasos, ni vampiros, ni zombies; es una familia como la tuya y la mía, una línea de sangre que en este caso se va desplegando hasta que todo se va al infierno. La zozobra que acompaña al público después de la función debe mucho al logrado escenario truculento, donde abundan fantasmas, mitología, demonios y escenas mórbidas y viscerales, pero mucho más a un descorazonado melodrama familiar incrustado en el medio, y es que al fin y al cabo, el diablo está en los detalles. 








jueves, 3 de mayo de 2018

Perradas, públicos y otros desperdicios: Isle of Dogs (2018) de Wes Anderson




ISLE OF DOGS / WES ANDERSON / 2018 / **** / 101´ / ESTADOS UNIDOS-ALEMANIA/ AVENTURA-COMEDIA-SCI-FI/ CLASIFICACIÓN:+13


Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com



“Literate man is not only numb and vague in the presence of film or photo, but he intensifies his ineptness by a defensive arrogance and condescension to “pop kulch” and “mass entertainment.” It was in this spirit of bulldog opacity that the scholastic philosophers failed to meet the challenge of the printed book in the sixteenth century. The vested interests of acquired knowledge and conventional wisdom have always been by-passed and engulfed by new media.”

(McLuhan, M. 1964/2013:242)

En un futuro muy cercano y después del brote de una enfermedad conocida como la "fiebre del hocico", todas las mascotas caninas de la ciudad de Megasaki son condenadas al exilio en un enorme basurero, allí luchan día a día por llenarse la panza y no morir en el intento; en esta isla distópica de desechos aterrizará Atari Kobayashi, un joven que busca a Spots, el perro guardián de su familia.

     Lo más divertido de la segunda entrega animada del director tejano ha sido toparse, en este el año del perro, con un montón de reacciones adversas y disgustos provocados en un público y una generación que hasta ayer, apresuradamente le había encumbrado como el nuevo Stanley Kubrick. Desde el estreno de “Isla de Perros” se han levantado periodistas indignados que acusan a Anderson de una abusiva apropiación cultural, bien por ponerle voces de blancos angloparlantes a los peludos protagonistas ó por “marginalizar” a hablar japonés, a veces sin incluir subtítulos, a los humanos presentes en el filme, en un intento, según Marc Bernardin, de “manipulación de la empatía del espectador” ( The Hollywood Reporter, Marzo 29, 2018).

     En la misma línea ridícula y delirante aparecía el artículo de Steve Rose para el periódico británico The Guardian quien se ofendió por la “incoherencia” de la nacionalidad de los perros y el idioma en el que profieren sus entretenidos e hilarantes diálogos (Marzo 26, 2018) y el pretencioso y despistado comentario de Odie Henderson, recordándonos el antecedente de irrespeto por las minorías de Wes A. en muchos de sus trabajos (Rogerebert.com, ibíd). Pero el premio al perro-flautismo se lo lleva la periodista/feminista cultural de Brooklyn Angie Han, quien incluye a la obra en el largo historial de agravios del Arte Americano, en su perverso intento una vez más por deshumanizar a los pueblos asiáticos. (Mashable, Marzo 23, 2018).


Mamadas aparte, lo que estas críticas si evidencian es: 1) Que ha sido más un daño que un favor lo que el post-modernismo con sus explicaciones ideológicas y meta- narrativas ha hecho al periodismo y a la comprensión del arte y la cultura. 2) Que esta generación de académicos defiende teorías tan enclenques como levanta ídolos de papel: ahí están Xavier Dolan, el sobrevalorado Quentin Tarantino y hasta el propio Wes Anderson, al que este clan de snow flakes ahora quiere incinerar como al peor de los herejes, y 3) Que nadie discute que los perros no hablan y tampoco que esta congregación de intelectuales, con sus razonamientos y puntos de vista sofisticados, se detiene demasiado en el fondo, en los “discursos” y en la “inter-textualidad” y va al cine a hacer cualquier cosa menos a ver una película, van a olvidarse entre sus notificaciones de WhatsApp y sus conceptos de-constructivos de lo que realmente importa, esto es, de la forma de la experiencia.

    Me alegra tanto que a muchos fanboys de W. Anderson no les haya gustado el filme, porque a mí me encantó y hasta me identifico, como no, con uno de los perros. Lo nuevo de Anderson sin ser lo mejor de su filmografía, es la mayor evidencia de que un formato como la animación calza perfecto con su estilo innovador, el mismo que le ha permitido hacerse a un nombre importante, que no deslumbrante, en la historia del cine de las últimas tres décadas. En “Isle of Dogs” están sus reconocibles composiciones recargadas de color, texturas y detalles, los movimientos de cámara arrebatados que se dirigen a objetivos u objetos específicos de la escena, sus grupejos de niños, animales o adultos unidos en un club para conspirar, sus ya patentados planos-secuencia al estilo de un reloj de cuckoo, en los que examina a los personajes como si se tratara de figuras rígidas en un diorama; en definitiva, todos sus recursos característicos, empleados aquí con mayor libertad como una fórmula ganadora.


A favor “IOD” también tiene, precisamente, lo que sus detractores humanistas consideran una aversión euro-céntrica, un casting de actores que con su talento, entonación y personalidad, da vida y carácter tanto a Atari (Koyu Rankin) como a los distintos canchosos que habitan Trash Island, menciono algunos, tratando de evitar spoilers: el callejero y experimentado Chief (Bryan Cranston), un civilizado, sensato y congruente Rex (Edward Norton), King (Bob Balaban), quien otrora tiempo fuera estrella de comerciales de comida para perros, la mascota de un equipo de béisbol de una secundaria llamada Boss (Bill Murray) y Duke (Jeff Goldblum), un snob de clase alta, algo desubicado. Mención aparte merece Oracle (Tilda Swinton) y sus extraordinarios poderes psíquicos.

     En contra de esta película, podrá decirse que Anderson se repite, recurriendo a un esquema seguro y poco novedoso, y que el largometraje, dada su escasa baza argumental, se extiende innecesariamente, cosa que también es cierta. Así pues, quienes quieran pedirle una revelación autoral o una profunda reflexión antropológica sobre la sociedad, como si se tratará de un documental hiper-realista, podrán salir insatisfechos, o como en el caso del periodismo liberal, indignados; pero quienes disfrutamos con todos sus fetiches, con su picardía, sus arrumacos pre-pubescentes, con su estética kitsch, y su reiteración en el stop-motion vintage, y particularmente de la magia del cine, saldremos más felices que un perro con dos colas.

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