jueves, 16 de agosto de 2018

De punta a punta (2018): un poemario de Jorge García Izquierdo.

Foto y diseño: Leonardo Mora


El próximo lunes 20 de agosto es el lanzamiento en Buenos Aires del poemario De punta a punta, escrito por el joven autor español Jorge García Izquierdo y publicado por la editorial Prosa. A continuación presentamos el breve texto de contraportada escrito por Matías Máximo y cinco poemas extraídos del libro, con la autorización del poeta.

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De punta a punta


Por Matías Máximo


El territorio en que se mueven estas poesías está fuera del tiempo y se rige por la cadencia de los sentimientos. Entonces una voz delicada llama al pedido de no pensar, "no pensarte ni de lunes, ni de martes, ni de noche oscura sin calendario. Y este pedido no se lanza al vacío, sino que está en la búsqueda de un equilibrio interno donde los versos quieren no llover, no tronar, tampoco que haga demasiado sol.

    La apuesta es la constancia, a la forma en que lo cotidiano se vuelve un piso para una mirada frágil que precisa de una certeza, esa que nos dice "no sé si fuiste o no fuiste. Al menos te esperé". Entonces la voz no llora cualquier lágrima, llora lágrimas de hombre. Tampoco muerde cualquier pezón: conoce el lenguaje de los lobos nocturnos ("todos creen que asusta el lobo que aúlla por la noche/pero es sólo el gemido que le produce la luna/como a mí las aspas que circundan tus pezones").
     
    El viaje que hace de punta a punta invita a un territorio sin centro, sin extremos, que no quiere justificar el verbo sino que lo respira con una seguridad:

"En medio del hambre desatada,
quizás los versos, aunque no lo sepas,
sean tu calma". 

Fotografía: Leonardo Mora

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Por los pájaros que duermes


Pura poesía brilla de tu rostro:
mil sonetos haría de tus labios,
decenas de odas a tu magna esfinge
y cientos de canciones a cada recuerdo diario.

Eres ese rayo que no cesa.
Eres calor y frío,
yugo y alivio;
eres las palabras de mi boca.

A cada luna que sales,
se vuelve loca mi cabeza,
a cada pájaro que duermes.

Mostraría mi plumaje, mi cantar,
pero mudo me quedo de ti
aun siendo imaginario.

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Al menos


Te quería
de noches estrelladas.
Te quise, mucho.
Y tú quisiste
ante el sol alambrado,
a lo lejos.

Puede ser
a veces una sombra,
o quizás no lo sea.
Se oyen cantos
allí donde se olvida,
por el monte.

A veces uno llora,
olvida, canta.
Quizás estés ahí.

No sé
si fuiste o no fuiste.
Al menos te esperé.

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El mundo viejo


El mundo
se cae cada día y muere,
mientras las flores advierten
que se ha quedado viejo.
Muere la tierra a diario
y resucita entre clavos de fuego.
Espantos entre madera de sangre.

Mueren árboles por tablas,
flores por soplidos.
Está ya el mundo mayor,
de cuerpo negro.
Sotanas y más sotanas con falda.
Grita el demonio apostasía
y mueren por fieles carpinteros.

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Nunca marches


Se prohíbe nacer de plástico
o asesor fiscal,
tener sonrisas de martillo
y, sobre todo, pensar que es imposible volar.

Hay que nacer cuantas veces se pueda
debajo de los árboles,
y que te caigan manzanas verdes
mientras suspiran en redondo.

Asomarse al balcón de vez en cuando
y ver qué ocurre,
y si la barandilla tirita de frío porque está sola
nunca marches. 
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No me basta con el mundo


No me basta con el mundo,
lo quiero todo.
Quiero la vida,
no sólo quiero tus ojos.

Quiero el poema del recuerdo,
la sonrisa del todo,
el olor a jazmín
del pico del loro.

Beber de la baba del dormido,
matar moscas. 
Antes que un beso,
quiero la vida.

Somos nosotras.
Llegamos tarde.

Me hace viejo pensar
que el sol está en silencio,
que yo siga mirando,
y no le encuentre.

Hay miles de espejos
y el elefante está asustado.
Cientos de casas.
Un pájaro en cada arco iris.

Me he peinado
con el silencio de todos
y el murmullo de unos pocos.
No basta. Gritemos.

Somos nosotras,
las que gritamos en silencio
y vomitamos sangre.
Hemos llegado tarde.






viernes, 10 de agosto de 2018

Un camino en el final de los tiempos: First Reformed (2018) de Paul Schrader




FIRST REFORMED / PAUL SCHRADER / DRAMA-THRILLER /  **** 1/2  / 2018 / 113 Min. / +18


Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com




El mundo moderno no será castigado,  es el castigo
Nicolás Gómez Dávila




En la filmografía de Paul Joseph Schrader (1946) destacan tres buenas películas (Blue Collar, 1978; Mishima: A Life in Four Chapters, 1985 & Affliction, 1998 ), una tríada de filmes de culto (Cat People, 1982; Hardcore, 1979 & Light Sleeper, 1992) y últimamente un montón  de desaciertos: Dog Eat Dog (2016) Dying of the Light ( 2014), The Canyons (2013), Dominion: Prequel to the Exorcist (2005) Adam Resurrected (2008) y así.

   Sorprendía mucho que el resultado final de su trabajo detrás del lente con tantos años de experiencia, se terminara doblegando ante la pesada loza que carga en la historia del cine,  por sus formidables guiones para películas que cambiaron  todo el séptimo arte de la mano de Martin Scorsese como Taxi Driver (1976) ó Raging Bull (1980); y además, que una crianza en una familia protestante holandesa en la que el visionado de cine no le estaba permitido, fuera la principal razón por la que se le condenara a segundear como un buen escritor, al que le seguía faltando la chispa y el control de las imágenes para persuadirnos por completo de su gran talento.


  
 Pero el joven Paul decidió llevarle la contraria a sus padres y al término de su pre-grado en Teología, no tuvo miedo de morirse de hambre y se aventó por un master en estudios cinematográficos; como la mejor venganza ante el desencanto de la vida es empezar vivir, Schrader se supo desquitar viviendo para las películas, vió, vivió y se dejó tocar por todo lo que pudo: el neorrealismo católico de Roberto Rossellini, la oscuridad expresionista y gélida de Carl Theodor Dreyer, el minimalismo de Robert Bresson, la crudeza y la violencia de Sam Peckinpah, la peripecia y destreza de Alfred Hitchcock, el naturalismo y lirismo de Jean Renoir, el drama y la fragilidad de las relaciones interpersonales y la familia de Yasujirō Ozu  y así.

   Paul Schrader se convirtió no solo en el admirador de estos genios, sino en una de sus voces autorizadas gracias a la publicación de sendos ensayos y artículos críticos que identificaban siempre cierta conexión espiritual y religiosa entre ellos y una desazón permanente de sus personajes para con la vida que les caía por defecto encima (Transcendental Style in Film: Ozu, Bresson, Dreyer, Da Capo Press, 1988; A Man of Excess: on Jean Renoir – Sight and Sound, January 1995  ó Notes on Film Noir, Film Comment,  Spring 1972). Desde entonces, sus trabajos se empezaron a usar para pontificar en las clases de academias de enseñanza cinematográfica, pero ni así.



  Tendrían que pasar cuarenta años desde su debut en los 35mm, para que a Paul se le  hiciera el milagro y se le reconociera con creces una capacidad creativa que se pudo adiestrar lo suficiente para materializarse en la que es su pequeña y merecida obra maestra. En First Reformed, su más reciente trabajo estrenado durante el verano de este año, vemos  a un imperdible Ethan Hawke, haciendo del reverendo Ernst Toller, un  hombre que opta, en días de de-contrucción masculina y esquizofrenia progresista por el calentamiento global, por convertirse en un pastor que administra una antigua y pequeña iglesia de la Reforma Holandesa en el  corazón del estado de Nueva York.

   Toller no lo tiene fácil, debe promover la fe y devolverle las ganas de vivir a una comunidad y una generación radicalizada  y convencida de que el fin está cerca; en el medio estará siempre el riesgo de que el panorama se oscurezca, y que, como ya nos  lo enseño Travis Bickle, la vida y la fé del héroe también terminen trastocadas, peligrando y así.

  En First Reformed, una espiral de sucesos e imágenes irá ganando en volumen y riqueza conforme la cinta vaya avanzando, pasando de planos modestos, apenas bien calibrados a secuencias de una belleza y riqueza cinemática muy elevadas para lo que parecía una “historia” tan pequeña. Con esta pieza Paul se ha convertido en un cineasta pleno, uno que por fin ha logrado estamparnos postales y una forma nueva de ver la redención, una forma que quedará para siempre en nuestra memoria.



A sus 71 años de edad, Schrader ha terminado su tesis doctoral, ha aprendido a citar a sus mentores (siendo Bresson, sin duda, el ánima detrás de esta  prolongada investigación), y aún le queda tiempo suficiente para sentarse a apreciarla y a saborear una y otra vez el triunfo. First Reformed es una película dedicada a todos los que están desesperados con las desazones del mundo moderno, pero que así y con todo, sabrán trabajar y esperar por su momento, hora y gloria.








lunes, 6 de agosto de 2018

La cuna estelar del terror: La Hora del Lobo (1968) de Ingmar Bergman






VARGTIMMEN (LA HORA DEL LOBO) / INGMAR BERGMAN / / TERROR CONTEMPORÁNEO/ / 90’ / 1968 / MONOAURAL. / +13




Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com


Tal vez sin esperarlo el genio escandinavo inventaba con “La Hora del Lobo” lo que hoy comunmente llamamos Terror contemporáneo. Viendo esta película a cincuenta años de su estreno y evitando cualquier desviación retórica de los críticos que la suelen explicar como una obra difícil y críptica, o como una enrevesada trama de símbolos y reflexiones sobre el “quehacer” artístico, funcional solo para entender las dificultades de salud por las que pasaba su director, descubrimos que “Vargtimmen” es ante todo otro de esos filmes que, respetando una puesta en escena realista, generalmente inspirada en el documental o el drama, paulatinamente se nos va revelando con sus imágenes, diálogos y situaciones, a cual más horripilantes, truculentas y escabrosas, como susto puro y duro.

     La cinta comienza con el propio Bergman preparando una entrevista a Alma Borg (Liv Ullman) quien le cuenta a la cámara que su esposo, un pintor llamado Johan (Max von Sydow) ha desaparecido después de que ambos decidieron tomar un descanso reparador en una desolada casa en una gélida isla escandinava.


Poco a poco el escenario se va tornando de pesadilla: en las conversaciones de la pareja que espera un hijo y que se ha prometido amarse y envejecer junta, en la locura y el insomnio de Johan y su incapacidad creativa que solo se desbloquea a la hora de hostigar a su amada con dibujos macabros o con relatos a deshora en medio de la oscuridad, y en la visita y el convivio con una serie de personajes que tienen tanto de surrealistas como de plausibles.


    Ingmar Bergman saca con su intrépido lente todo la belleza gótica de los distintos lugares por los que deambulan estos supuestos seres imaginarios. También es memorable el uso minimalista del sonido tanto ambiental como en el estudio, sacudiendo al espectador en los momentos de mayor tensión. De igual forma merece mucha atención la captura de la gestualidad y reacciones de sus personajes cuando ven aquello tan espantoso que nosotros no podemos, porque precisamente de eso va el mejor terror en el siglo XXI: de la pura visceralidad de lo que se expone y de la perturbación de lo que se nos oculta. De sentarte un rato a ver algo imposible y levantarte de la butaca trastornado porque nadie descarta que te pueda pasar a ti también.



   El centenario del nacimiento del imprescindible cineasta sueco no solo nos ha permitido disfrutar de sus bien conocidos títulos: “El Séptimo Sello”, “Persona” o “Fresas Salvajes” - digitalmente restaurados, en su idioma original y exhibidos en muchas salas del mundo-; también nos devela, ya libres de bazas intelectuales y de opiniones anecdóticas de cajón, que “ La Hora del Lobo” es fácilmente una película de terror que pudo haberse filmado ayer y que desde hoy debe considerársele como un “Nuevo Clásico” del sub-género. Bueno, puede ser que esa ultima afirmación SÍ carezca de sentido pero “Vargtimmen” NO.


jueves, 2 de agosto de 2018

Cuando el cine de acción levanta vuelo: Misión Imposible (FallOut) (2018) de Christopher McQuarrie




MISSION: IMPOSSIBLE: “FALLOUT” / CHRISTOPHER McQUARRIE/ ⭑ ⭑ ⭑ ⭑1/2 -147 Min./ CLASIFICACIÓN+13 AVENTURA-THRILLER-ACCIÓN / 3D-DOLBY ATMOS / ESTADOS UNIDOS

Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com

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Christopher McQuarrie ha logrado lo imposible: convertir la sexta entrega de la añeja franquicia de espías de mascaras de látex, terroristas conspiradores y encargos heroicos que se aceptan sin rechistar, en una de las películas más importantes del genero de acción de la última década. Lo cierto es que desde hace más de veinte años hemos visto con cada entrega de Mission Impossible, una mejora en la calidad del producto; esto, en la medida en que la integridad física de Tom Cruise se ha venido sacrificando.

  Con “FallOut” (“Repercusión”) McQuarrie también ha logrado echarse al bolsillo a la crítica más amargada, experta en alabar cuanta película aparece en la que la gente habla mucho y en denostar a todas aquellas, taquilleras, en las que la gente simplemente explota. En “Repercusión” hay muchas explosiones, patadas, persecuciones y saltos, pero estas no se generan siempre por ordenador, ni saturan la pantalla hasta la incongruencia gráfica; aquí todas gozan de un ritmo poderoso, seductor, casi coreográfico y tienen un acabado muy realista. Igual de agitada es una trama con tantos giros que dejará por el piso las aspiraciones a escritor de cualquier becario narratólogo, y es que en el largometraje, si bien, estallan varios autos, también lo hacen unos cuantos egos, especialmente los de aquellos que siguen considerando al mejor séptimo arte como una manifestación ligada umbílicalmente a un supuesto valor literario.
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   MI:6 no es solo cine de palomitas para subestimar desde el simple prejuicio intelectual; más bien se parece por su estilo y por el tipo de experiencia ofrecida a “Con la muerte en los talones” (North by Northwest; Hitchcock, A. , 1959), a Bullit (Yates, P., 1968) obviamente a “Los Sospechosos de Siempre” (The Usual Suspects, Singer, B., 1995) y al mejor Mad Max (Fury Road, Miller, G., 2015). El filme apenas dejará respiro al espectador “poco ilustrado” que no necesita de un elaborado contexto para entender que lo que tiene ante sus ojos es una cacería en la que lo único que se le pide es NO parpadear, mantenerse atento y afilar muy bien sus reflejos.

  Tres esferas de plutonio circulan por los circuitos criminales del planeta y su control atenta contra la paz mundial. En el medio de esta amenaza re-aparece el villano Solomon Lane (Sean Harris); Ethan Hunt (Tom Cruise) y su equipo tendrán que evitar que el peligroso material llegue a las manos equivocadas. La CIA por su parte, aún sin fiarse de los métodos y la honestidad de Hunt, le asignará un nuevo compañero, un tal Agente Walker (Henry Cavill). Nada mas hay que entender, nada más hay que cavilar, el resto de las más de dos horas es una angustiosa caída libre y pura ambigüedad moral. 
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 ​En una investigación reciente sobre la forma cómo los cineastas controlan nuestra atención a través de la edición, liderada por Arthur P. Shimamura, logró confirmarse que es una influencia multi-modal a nivel cognitivo, disponible en la experiencia sensorial cinematográfica, la que permite mantenernos atrapados en la pantalla (Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts, 9(4), 417-422., 2015).

   Respetando el legado de la serie televisiva esta nueva MI, se enfoca precisamente en la materialización de la encomienda. El director, a pesar de cargar con una pesada loza de versiones y desaciertos anteriores, orquesta con solvencia todos los efectos colaterales que la misma misión supone, nos mantiene expectantes, devuelve el brillo al original, no abandona del todo el escenario de la guerra fría y apenas nos deja saber algo sobre la humanidad de sus agentes.

  Su misión, entonces estimado lector, si decide aceptarla, será hacerse el sonso con el festival de cine independiente experimental somalí al cual sus amigos universitarios lo están invitando, y apuntarse más bien, a ver, solo o en familia, por el puro gusto que supone ir a las salas del múltiplex más cercano, la última de Tom Cruise y el tipo que ahora hace de Superman. Como ya sabe, si usted o algún miembro de su equipo es capturado disfrutando, el autor de esta reseña negará tener conocimiento de sus acciones. Este mensaje se auto-destruirá en cinco segundos.


miércoles, 18 de julio de 2018

En el principio era Pink Floyd (serie completa de nueve podcasts)


Les invitamos a escuchar una aventura sonora de nueve episodios, junto a la estelar y legendaria banda inglesa Pink Floyd y sus trabajos entre 1965 y 1972: En el principio era Pink Floyd. 

   Esta serie aborda con profundidad tanto aspectos formales de tipo  interpretativo, sonoro y de producción, así como el contexto político, social y cultural en que el afamado grupo desarrolla su interesante propuesta inicial. Valga recordar que algunos críticos y oyentes consideran la época señalada como la mejor  del grupo.

   Con la conducción del mejor crítico musical joven del orbe hispanohablante, el colombiano Herbert Neutra, este proyecto es auspiciado por Galeria Afirme en Ciudad de México y Colectivo audiovisual Zerkalo en Buenos Aires.
















martes, 17 de julio de 2018

¡Qué viva México! (1933) de Sergei Einsestein: inolvidables imágenes para la historia de una nación






Por Leonardo Mora

colectivozerkalo@gmail.com



Introducción

Es bien conocida la importancia que reviste el realizador ruso Sergei Einsestein para la historia de la cinematografía mundial, el cual alcanzó cotas de virtuosismo y belleza sin par en variados filmes, como en el que específicamente convoca este texto: el legendario ¡Qué viva México! (1933), de enorme significación para la consolidación cultural y fílmica de una nación que en aquel entonces apuntaba a singularizarse del resto del mundo a través de imágenes, a la vez que su tejido social seguía transformándose drásticamente por las secuelas de la Revolución Mexicana. 

    Son incontables las fuentes y los estudios que abordan la relación entre el realizador ruso, el maravilloso mundo mexicano tradicional y las formas artísticas (cine, pintura y escultura esencialmente) que trabajaban y consolidaban los grandes protagonistas mexicanos del momento, entre otros aspectos. Si nuestro texto funciona o aporta modestamente ante ese caudal teórico, creemos que puede hacerlo en dos esferas: a) amalgamar diversos itinerarios e ideas tanto de Einsestein como del filme para ofrecer una mirada global y aproximativa, y b) es una apuesta por la necesidad de seguir interrogando y visualizando un momento fundamental en la tradición de las ideas estéticas tanto de América Latina como del resto del mundo. Traer ¡Qué viva México! de nuevo a escenario para generar algunas líneas de sentido y examinar su enorme nivel de influencia, hasta hoy demostrado en múltiples obras que van desde el cine, pasando por el videoclip, hasta las artes plásticas, es abogar por un ejercicio de memoria para rescatar y difundir una obra concebida desde una honda inclinación, criterio y trabajo artístico. Frente a la situación actual generalizada del cine, de aportes tan restringidos al crecimiento, a la búsqueda y a la experimentación, con realizadores de segunda fila que olvidan la necesidad de contribuir a la evolución de la disciplina artística por antonomasia de nuestros tiempos, con el abordaje del filme de Einsestein asentimos a una intención crítica aguda y exigente como la que solicita Jean Claude Lemagny en La sombra y el tiempo:
       
       “Segunda respecto de la creación, la crítica no es menos necesaria. Su arrogancia será insoportable, porque las palabras siempre están un poco fuera de la cuestión. Pero su coraje es indispensable, porque las obras sólo viven por comparaciones y enfrentamientos. Todo pensamiento sobre el arte está en la obligación a la vez de asumir su inadecuación y su necesidad”[1].


Una nación, un filme, una vocación

¡Que viva México! es el homenaje no concluido de un director ruso comprometido de raíz con las causas sociales, con la búsqueda estética y con la necesidad de manifestar una cosmovisión diferente a la propia y que se había instalado hondamente en su sensibilidad; en este caso, el efervescente mundo mexicano de principios de siglo XX. Einsestein, de quien se sabe la gran relevancia que daba a ciertos elementos cinematográficos como el montaje, y que escribió diversos tratados al respecto, nunca pudo realizar tal proceso en este filme. Fueron diversos los problemas que el director, junto a su asistente Grigory Alexandrov y el fotógrafo Eduard Tissé (quienes lo acompañaron en su trasegar por diversos lugares del globo) hubo de enfrentar y no siempre solucionar desde antes de la misma concepción del filme: En Estados Unidos y México fue perseguido por su procedencia y su relación con el régimen ruso, acusado de ser un peligroso espía y agente del comunismo. Einsestein, con su gran carisma e inteligencia, representaba una estimable influencia en quien tenía la oportunidad de conocerlo o a su obra fílmica y teórica. Hasta en la misma Rusia el régimen estalinista veía con malos ojos sus relaciones cercanas con occidente. 


     Para agravar la situación, a Einsestein le fue imposible llegar a buen término con Upton Sinclair, afamado escritor norteamericano quien había fungido como productor y mecenas de la película. Los desacuerdos múltiples, las dificultades burocráticas, el presupuesto inicial y el tiempo que se fueron desbordando dramáticamente, fueron algunos dilemas por los cuales el ruso perdió la potestad del material grabado, y por ende sin serle permitido, como ya mencionábamos, efectuar los cortes y la edición final. Si bien después se generaron extracciones y ediciones que partían de tal material para crear cortos y largometrajes, ninguna fue hecha por Einsestein, hasta que Alexandrov, hacia 1979, se dio a la tarea de reconstruir de la manera más fiel posible una versión ligada a los apuntes y a las ideas originales del director, una vez este falleció.


¡Qué viva México! : una nación en el ojo de un director ruso 

Einsestein encontró diversos puntos de interés personal y general en el ideario y el mundo mexicano: de un lado, le atraían fuertemente ciertos aspectos de la vida mexicana que asociaba con un estado primitivo y original del hombre, enfrentado con elementos básicos a las fuerzas de la naturaleza, tanto para relacionarse con ella de manera más vital, como para domarla, ponerla a su servicio, sobrevivir y generar organizaciones incipientes. En el aspecto social y político, habían grandes correspondencias con sus ideas y su estimación acerca de las revoluciones populares y los estigmas de una clase marginal en busca de mejorar sus condiciones de vida, tal y como lo había visto en el caso de Rusia y hasta en Alemania, en el caso de la República de Weimar. Se cuenta que Einsestein estuvo tan fascinado con los paisajes, la gente y las vivencias que iba descubriendo en México, que muchas veces, con voluntad de documentalista, pero sobre todo, con avidez de genio sensible, grababa largas escenas y recopilaba material sin saber aún la manera en que habría de integrarlo al filme final. 

     Einsestein hace mucho tiempo tenía un interés previo por grabar en México, al parecer por varios factores, como el hallazgo de un artículo en una revista alemana -Kölnische Illustrierte- con fotografías sobre el Día de los Muertos, lo cual posteriormente lo llevó a obtener y estudiar una profusa bibliografía (reportajes, crónicas, estudios antropológicos, artísticos) sobre la cultura mexicana. También influyeron en él sus encuentros y diálogos con Diego Rivera, quien lo situó mejor en el muralismo y le proporcionó algunas de sus poderosas imágenes. Aurelio de los Reyes, en un interesante y preciso artículo acerca de los orígenes del interés del realizador ruso por México, señala que ese encuentro con Rivera fue suscitado por la visita del gran poeta Vladimir Maiakovsky a la nación azteca en 1925, quien dialogó con Einsestein y posteriormente escribió sobre su viaje[2].


Son muchos los testimonios que dan a entender que el director se dejaba permear constantemente de la realidad y los sucesos, muchas veces trágicos, durante su estadía en el país azteca, y los que se desarrollaban (conforme filmaba) alrededor de las vidas y los avatares de quienes participaban en él, casi siempre lugareñas y lugareños o nativas y nativos mexicanos. Estos elementos contribuyeron gradualmente a perfilar las estructuras de sentido que sostendrían el filme, y a su vez indica que Einsestein, en esta oportunidad, se alejó de esquemas y rígidos guiones preestablecidos, dando rienda suelta a cierto componente de improvisación para capturar al vuelo nuevas ideas y circunstancias en un juego de espontaneidad y transformación constante. En suma, una suerte de cazador de imágenes asombrado por una realidad tan especial y diferente de la suya. El director ruso sufrió impresiones profundas en su personalidad, estuvo al vaivén de emociones y sentimientos intensos, y ello se nota en la concepción de la película, por su gran lirismo y cristalización de la vida y las pasiones mexicanas, en contrapunto con las transformaciones sociales de la época.


Un hermoso y sensible estilo visual

¡Que viva México! es un filme que nos muestra en varias partes o capítulos (Prólogo, Sandunga, Fiesta, Maguey, Soldadera, Epílogo), no todos terminados, diversas vivencias, rostros, experiencias, modos de vida y costumbres que intentan exponer cronológicamente la vida de un pueblo en el cual se amalgaman diversas vertientes culturales como las indígenas y las del colonizador español, las celebraciones sincréticas de tipo religioso, y los cambios paulatinos traídos por la Revolución Mexicana. En múltiples momentos puede notarse que las escenas tienen grandes deudas con una mirada pictórica, muy bien diseñadas en términos de composición y equilibrio, a lo cual aportó el ojo fantástico del fotógrafo Tissé. Einsestein pocas veces había dado tanto énfasis a estos aspectos de la imagen como en ¡Que viva México!. Si bien la crítica apunta que la perspectiva del filme deja entrever cierto talante colonialista de Einsestein, en la medida en que a menudo no sale tan bien librado de ciertos constructos de cuño occidental, como el lente judeocristiano, o esporádicos modos de turista adocenado con ganas de distraerse en lo inusual, ello no riñe con la sensibilidad y el deseo del realizador por lograr plasmar en imágenes la belleza del mundo mexicano que le rodea. Hay gran respeto y empatía por lo que graba, y hay investigaciones previas acerca de elementos simbólicos: por ejemplo, figuras geométricas como el triángulo, figura sagrada que se repite en múltiples objetos del mundo mexicano, o el sarape (especie de manto tradicional) y el significado de su amplia gama de colores. También se conocen sus pruebas sobre la disposición horizontal, vertical y diagonal de líneas en un objeto, su significado y lo que genera en la retina del espectador. Desde el mismo prólogo ya es notable un manejo visual que logra solemnizar vestigios arqueológicos, monumentos, estatuas, situados en efectivo contrapunto con las formas del rostro y del cuerpo de las y los mexicanos con sangre indígena, por ejemplo, o con el árido paisaje local.

    Del lado temático, valga destacar la aproximación a la manera que el filme manifiesta el fenómeno de la muerte en las tradiciones mexicanas, a partir especialmente de los famosos y bellos festejos del Día de los Muertos, su interesante iconografía y sus implicaciones. Para Einsestein resulta enigmática y avasallante la complejidad con la cual, la muerte, evento trágico para el mundo occidental, paradójicamente puede ser asumido con una suerte de voluntad colectiva festiva, irónica, lúdica, que relega el dolor y aboga por un gran carnaval de la vida y la alegría. Y es entonces que el realizador ruso saca de la manga sus experimentos y pruebas con respecto al montaje y la superposición de imágenes, y logra acertadas secuencias de gran imaginación para representar tales intereses temáticos.



Con respecto al interés que suscitan en Europa, para la época del filme, los aportes más recientes de la antropología con respecto a culturas primitivas (por sólo mencionar un ejemplo, el cubismo y su integración de elementos africanos por parte de Georges Braque y Pablo Picasso), valga citar a Julia Tuñón en un minucioso y valioso texto sobre Einsestein y su experiencia en México:

     "En esos años, en Europa lo primitivo se concibe como una fuente de renovación estética. No únicamente la pintura se enriquece con elementos exóticos orientales y africanos, sino que, después de la primera guerra mundial, la antropología y la etnografía cobran esplendor (…) La presencia de la magia, lo ‘exótico’ y lo ‘otro’, aparece con fuerza y se convertirá en un elemento modular para el soviético"[3]. 

    Pero como ya advertíamos, a pesar del interés y el talento de Einsestein, las circunstancias en México desde luego comprenden una enorme complejidad que se le escapaba de las manos, en parte por ser presa de algunos prejuicios colonialistas. De cualquier forma, ¡Qué viva México! está allí para proporcionarnos a nosotros y a la posteridad, su alto vuelo poético, y sus inolvidables imágenes de un pueblo singular y enfrentado a una grave debacle: la impresionante tradición indígena mexicana y su manera de relacionarse con los procesos modernizadores de la sociedad moderna, los avatares de sus sistemas políticos y económicos, y los flujos comunicacionales que surcan cada vez más deprisa la extensión del globo. 

   Tal como lo muestra el caso del filme inacabado de Einsestein, para dar cuenta de los alcances y limitaciones de una forma artística y su manera de asumir el mundo, es innegable la necesidad de buscar en sus orígenes, su historia y sus manifestaciones más importantes. Limitarnos expresamente a los productos actuales y su pasmosa insuficiencia, poco o nada podrá informarnos de los caminos, en este caso, que ha transitado la cinematografía a través del tiempo, ni de sus cumbres más importantes. Como señalábamos al principio, el ejercicio cinematográfico no puede estar exento de una búsqueda formal y temática constante y de un cuestionamiento por parte del autor que demuestre su verdadera voluntad por crear una obra artística, capaz de aportar al conocimiento de la condición humana, tal y como la obra de Einsestein lo ha hecho para la posteridad. 



Bibliografía


-CASANOVA, Basilio. La mujer y el maguey en ¡Que viva México! En Revista Razón y Palabra. N° 72. Publicación electrónica editada por el Proyecto Internet del ITESM Campus Estado de México. Ciudad de México, 2016.
-DE LA VEGA, Eduardo. Eisenstein y su concepción de la Historia en el proyecto inconcluso de ¡Que viva México! En Revista FILMHISTORIA. Universidad de Barcelona. Vol 4. N° 1. 1994.
-DE LOS REYES, Aurelio. El nacimiento de ¡Que viva México! de Sergei Einsestein: Conjeturas. En Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Número 78. 2001. Pág. 152.
-LEMAGNY, Jean-Claude. La sombra y el tiempo. La fotografía como arte. Ed. La marca editora. Buenos Aires, 2008. Pág. 166.
-SALAZKINA, Masha. In Excess. Sergei Einsestein’s Mexico. The University of Chicago Press. Chicago, 2009.
-TUÑON, Julia. Sergei Einsestein en México: recuento de una experiencia. En Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. N° 55. Ed. Dirección de publicaciones del INAH. Mayo – Agosto de 2003. México D.F. Pág. 33.
-"¡Que viva México!." Wikipedia, La enciclopedia libre. 29 ene 2018, 05:41 UTC. 26 feb 2018,15:46. Disponible en: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=%C2%A1Que_viva_M%C3%A9xico!&oldid=105227753





[1] LEMAGNY, Jean-Claude. La sombra y el tiempo. La fotografía como arte. Ed. La marca editora. Buenos Aires, 2008. Pág. 166.
[2] DE LOS REYES, Aurelio. El nacimiento de ¡Que viva México! de Sergei Einsestein: Conjeturas. En Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Número 78. 2001. Pág. 152.
[3] TUÑON, Julia. Sergei Einsestein en México: recuento de una experiencia. En Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. N° 55. Ed. Dirección de publicaciones del INAH. Mayo – Agosto de 2003. México D.F. Pág. 33.

domingo, 8 de julio de 2018

De la brevedad del amor y sin tiempo para reflexionarlo: Mi noche con Maud (1969) de Éric Rohmer




Por Leonardo Mora

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Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud) es una de las más altas cumbres de la cinematografía del genial director francés Éric Rohmer. Este sutil y elegante filme resulta ser más que valioso para aquel tipo de espectadora o espectador en disposición a asistir a una parsimoniosa puesta en escena que trasluce, esencialmente, una lúcida mirada acerca de la vida y las decisiones que tomamos cuando de relaciones sentimentales se trata. Y sobre esta labor insoslayable, vemos en pantalla algunos de los roles fundamentales que juegan aspectos como el deseo, la moral (en este caso, perfilado con el pocas veces bien discutido cincel del catolicismo), la esperanza, la amistad y el azar. 

      Si bien la cultura francesa nos ha mostrado en muchas de sus producciones estéticas una particular idea del amor no exento de un peligroso romanticismo, en su sentido popular, el filme de Rohmer no cae en un melodrama insincero y empalagoso similar a los que hoy se usan como consuelo una tarde de domingo, devorando un enorme recipiente de snacks; más bien se ampara en una limpia y bien cristalizada cotidianidad en la que sus personajes, a través de largos diálogos y pequeños eventos, nos dejan entrever muchas características que a todas y todos nos compete en la comedia humana cuando se trata de vincularnos emocionalmente al otro: velados egoísmos, instintos de difíciles riendas, ventajas personales, mentiras de ocasión, o que también los hay, templos en los que somos capaces de ser íntegros y consecuentes con ciertos valores que radican en la consideración de no efectuar daño a los demás. Y en la intención temática del filme, que debe grandes aspectos a una perspectiva filosófica, las ideas de Blaise Pascal en su obra magna Pensées (Pensamientos) son de vital trascendencia, ya que hacen parte interna de la trama narrativa, y constituyen un eje clave para el desarrollo de nociones acerca del amor en contrapunto con un enfoque moral cristiano; lo cual, valga decirlo, tienen mucho más de racional, verídico y complejo que lo que aceptaba el cáustico Voltaire en sus Cartas filosóficas. 




    “Dormir soñando”, una canción del grupo mexicano El Gran Silencio, menciona las siguientes líneas: “La vida la vida, la vida, qué es la vida/ En tratar de entenderla, se nos va la propia vida/Tan simple y tan fuerte, tan llanamente suerte/Lo que acontece, preparación de la muerte/Pero es absurdo ocuparte de este estudio/. No creemos desatinado señalar que Mi noche con Maud es precisamente un sentido  homenaje a esos pequeños pasajes que componen la vida, sobre todo amorosa, en los que apenas contamos con el tiempo para vivirlos, no para entenderlos -por lo menos no con la antelación deseada- y que los años venideros no podrán borrar por completo. Todo esto, con el agravante de que una situación mal superada puede desatar sentimientos insanos en algún futuro encuentro con quien una vez fue nuestro objeto de afecto. Y si bien la película no cae nunca en dramatismos expresos o en situaciones enfermizas, la sensación que queda después de haberla visto, es de nostalgia y tristeza, acaso por ese cúmulo de contradicciones emocionales que somos los seres humanos, a veces sin más remedio que echar malamente los errores al pasado y continuar, tal y como el filme deja entrever. 

    El director de fotografía, el insustituible Néstor Almendros –y licenciado en Filosofía y Letras, además- ejecuta un trabajo fabuloso que dota de gran poesía y matices lumínicos al antológico blanco y negro que nos ofrece la pantalla: resaltamos la escena que da nombre al filme, que es el diálogo nocturno en una alcoba entre los dos protagonistas: un nervioso hombre católico, protagonizado por Jean-Louis Trintignant, y la avasallante y carismática Maud, encarnada por Françoise Fabian. Y para el ritmo de una película que trascurre lenta como las ondas de un lago, y de gran fijación, como ya señalábamos, por los diálogos extensos, la predilección del realizador son los planos largos y secuencias. 

      Grande Éric Rohmer: Mi noche con Maud, su tercer filme de los que componen sus Seis Cuentos Morales, es otra gran afirmación de insuperable cine, de la necesidad de remontarnos a los clásicos para verlos una y otra vez, porque no tienen pierde, y porque están bastante lejos de las baratijas prescindibles que suelen llamarse “pelis” y que campean demasiado libremente en las salas de cine actuales.    

        

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