viernes, 1 de abril de 2016

La transacción de una juventud al borde: Güeros (2014) de Alonso Ruizpalacios





Por Jonathan Castro




No cabe duda que México ha sido un territorio en el que se han desplegado innumerables formas identitarias desde el periodo mismo de la conquista. La composición racial del pueblo mexicano superada en mayoría por la población indígena, proporcionó los elementos para la conformación de un relato fundacional: el indio, más que en otras partes del continente, fue limpiado; con un giro narrativo nacionalista se incorporo al relato originario en el que predominaban las visiones y versiones criollas.


  En la literatura, Juan Rulfo y Mariano Azuela contribuyeron con lo propio. El cine mexicano de la época dorada tuvo representaciones maniqueas que despertaron la sensibilidad de algunos críticos, pero sería la película María Candelaria (galardonada en el festival de Cannes de 1946) la que despertó innumerables comentarios: muchos de ellos bastante polémicos, acerca la exaltación y representación exoticista del Indígena en un contexto posrevolucionario.

   ¿Pero a que viene el tema identitario? Valga mencionar que la identidad también es narrar: desde luego, las representaciones del cine mexicano varían y proponen la búsqueda de una identidad nacional a través de distintas vertientes. Es así como en Güeros (2014), la película de Alonso Ruizpalacios, la búsqueda identitaria de la nación reside en un personaje misterioso, desconocido, del cual solo se tiene una cinta de casette, el cual, según los personajes, hubiese salvado el rock nacional. La música, cuya fuente sonora siempre vemos pero no escuchamos, abre un intersticio, o si se quiere una grieta, un espacio en blanco para la escritura, para la oralidad, o simplemente la contemplación, cuyo fundamental ejercicio se encuentra en planimetrías que toman a los personajes enmarcados por ventanas, o cuyo ejercicio de observación replican al espectador en pantalla.

    El plano cenital de las bombas de agua (y esta primera secuencia da cuenta de la transformación que sufre el personaje, que pasa de hacedor de pilatunas a adolescente responsable) es de gran importancia para el desarrollo temático restante del filme. Sin embargo, es el destierro y la expulsión los motivos que llevan a Thomas, el “legitimo” güero del club de amigos, a abandonar su pueblo natal para ir a vivir con su hermano mayor, "el sombra", a la capital. "El sombra" vive con Santos, un amigo o compinche con el que comparte apartamento, lo cual realmente es un espacio venido a menos por la desidia a veces consciente de los personajes.

    Entre situaciones que recorren un espacio de la representación mas intimo y un existir dislocado en el sentido de las relaciones que se tejen en el seno del grupo de amigos, la película apropia estos elementos que se transforman en motivos aprovechados para desplegar un estilo de cámara que bien recuerda las vanguardias europeas de los años 50 como la Nouvelle Vague y su cámara stylo o los manifiestos tardíos como el de Dogma 95.



La historia está cruzada por una búsqueda que no acaba del todo y que se conjuga con situaciones que le dan un tinte mas arquetípico a la historia, como el gusto que siente "el sombra" por Ana, una joven estudiante de la UNAM (otra referencia a la nación, Universidad Nacional Autónoma de México), huelguista y dirigente estudiantil, locutora y directora de un programa de radio de rock en una emisora pirata que trasmite desde un rincón del campus, espacio que reorganiza y funge como centro político y social de interlocución. Ana es una especie de Camila Vallejo con un discurso duro en lo político y una belleza férrea que emite escritos realizados por "el sombra", composiciones literarias que amenizan cada espacio entre rola y rola en cada cita radial.

    Entre líneas de guion discursivas que oscilan entre la situación política y el divagar juvenil, se va tejiendo un relato que es emplazado por su mismo director: en una secuencia rompe con las formalidades escénicas para cuestionar su propio guion, a través de uno de los actores que representa a un compañero universitario en huelga, "el oso". Para "el oso" la película es canónica, su guion se parece a las películas de persecución gringa, es cliché, y todo esto sucede ante nuestra mirada que divaga entre la realidad y la ficción, cuyos momentos se fraccionan aparentemente ante cámara, ante la claqueta con el titulo de la película Güeros y que toma visos propios de un documental, como la charla con el cura jesuita huido de la guerra de El Salvador.

   ¿Y que vendría siendo el güero? En el inicio aparecen las definiciones de este término, una manera peyorativa para algunos sectores populares de llamar a los rubios o blancos en el país azteca; sin embargo esto no se tranza de una manera sencilla, dado que ser güero tiene otras implicaciones.

    En la búsqueda de Epigmenio Díaz, el rockero, los muchachos evaden un control policial. Por escapar de la autoridad desvían hacia una colonia en las afueras del distrito, con lo que empezamos a ver una cartografía propuesta por el realizador, que desplaza a sus personajes del centro a los márgenes y viceversa.

    Al llegar a la colonia el club de amigos es abordado por un grupo mayoritario de jóvenes que departen en la calle, cuyo epíteto para referirse a los “invasores”, a los otros, es la palabra güero. Término racializado con el que Santos nunca esta de acuerdo, pues siempre pregunta si "el sombra" tiene cara de güero o si el mismo que no es rubio es un güero: es decir, la forma y el fenotipo son elementos que definen una cultura visualmente y su participación en el plano de la interacción social. Estas transacciones de gustos, de ocios, va ser representada a través de términos, jergas, intercambios juveniles de significado, artes del hacer.

    Para el joven no escolarizado, en situación de empleo, subempleo o des-empleo, el güero se torna en una forma de caracterización de clase; el güero no es ya el rubio, el güero es aquel cuyos elementos decorativos y estéticos lo definen tales como; el carro, el lenguaje, o la vestimenta. El güero es el que ha tenido y tiene las oportunidades para insertarse sistemáticamente, es el joven de barrio representado como violento: su rostro no es percibido en principio debido a los desenfoques de cámara, es un emborronamiento, una opacidad que habla y fuerte, el miedo al otro, al desconocido. Es evidente en la cara de "el sombra", que luego de acordar un aventón con el muchacho es abandonado en un cerro del DF.

  A los jóvenes universitarios ahora les resulta conflictivo caracterizarse como güeros debido a que ellos también hacen parte de esta masa subalternizada, la cual está en disputa por la construcción de un escenario educativo incluyente, una nación para todos los “hermanos”; sin embargo la manera de representar los debates terminan siendo una anamórfica discusión asamblearia que termina en gresca, en el que los vocablos náhuatl son cuestionados y divulgados. Términos como naco, esquirol, son vaticinados y referenciados etimológica y filológicamente. El autor siempre está en la búsqueda de una raíz que se halla oculta y pretende ayudarnos a develarla. De no ser por esta composición visual y auditiva que echa mano del paisaje sonoro caótico de la capital mexicana (y uno que otro bolero que da ese toque nostálgico del México de mitad década del siglo XX) quizás la obra caería en el lugar común mas insulso. La sonoridad contribuye a hilar este relato de manera contundente; la búsqueda del rockero mesiánico mexicano los llevará a lugares como el hospital, donde se hace evidente y sintomática la realidad juvenil mexicana y la de todo un país, de igual manera sucede en el zoológico y las calles.

   La mezcla 5.1 de sonido permite espacializar y re-ordenar esa polifonía anárquica que es la ciudad, que cuestiona la diégesis del relato y nos sumerge en universo de rebeldía, de cuestionamiento y sobre todo de entendimiento a los trancazos, propio de aquello a lo que se referiría el escritor mexicano Carlos Monsiváis en Los Rituales del Caos.

    Una nación que desconoce el papel de sus jóvenes y que los violenta pasa a ser el centro de mira de estos nuevos realizadores: No en vano es recurrente y valido mencionar la reciente masacre de Ayotzinapa, cuyos estudiantes normalistas reclamaban justamente mejoras educativas de su región. Güeros es un guiño con muchas situaciones y artistas, entre ellos, Jim Jarmusch: en una secuencia filmada en el interior del apartamento se tiene las mismas ponderaciones formales y estilísticas de la película Café y Cigarrillos del conocido director estadounidense, para quien el rock, el blues y la literatura han sido claves en su universo representativo.

   En un apartado de la película de Jarmuch, el autor a través de sus diálogos en mesa cuestiona la identidad nacional norteamericana a través del mito de Elvis Presley y la incorporación o en términos del autor, el saqueo o robo a los artistas negros del blues. Alonso Ruizpalacios retoma estas inscripciones para recordar que hay una generación no pasiva que demanda espacio y democratización de un relato que los represente.











martes, 22 de marzo de 2016

Álbum de Quimeras (2016): un libro de relatos del escritor colombiano Frank Mauricio Durán



   Álbum de Quimeras (2016) es el nombre del libro de diez relatos que conforman la ópera prima del escritor colombiano Frank Mauricio Durán: a finales del año pasado este libro se hizo merecedor del premio Hugo Ruiz Rojas, auspiciado por el Portafolio Municipal de Estímulos Artísticos y Culturales de la Ciudad de Ibagué (Colombia.) 

 Colectivo audiovisual Zerkalo intercambió unas breves palabras con el joven autor y las ofrece a continuación, junto con un relato extraído de Álbum de Quimerasuna breve reflexión acerca del mismo. 







Conversación con Frank Mauricio Durán, escritor colombiano 



Colectivo Audiovisual Zerkalo: ¿Por qué ocuparse de escribir literatura en la actualidad?



Frank Mauricio Durán: Es una gran manera de aprovechar la soledad. Da consuelo, en el sentido de que nos ayuda a evadirnos, pero también nos confronta con nosotros mismos. Y como el tiempo es escaso, hay que aprovecharlo de la mejor manera. Esto, desde luego, es relativo.

C.A.Z: ¿Literaria y personalmente cuáles fueron sus propósitos al componer y juntar los relatos de Álbum de Quimeras?

F.M.D: Comencé a escribir cada texto sin pensar en que fueran a conformar un libro. Solo sabía que quería escribir desde lo fantástico y la fantasía. De todos modos, intentaba hallar cierta unidad de forma y de tono para evitar disonancias, que siempre lo insólito, acaso asombroso, estuviera presente, para bien o para mal en los fragmentos de vida de los personajes. Y quería (quiero, necesito) ver qué soy capaz de poner en palabras: pensamientos, sentimientos, imágenes... 

C.A.Z: Hemos encontrado, a nuestro juicio, su interés por plasmar unas circunstancias particulares en la que se amalgaman atisbos de una cotidianidad cruzada por el ensueño y lo fantástico. ¿A qué se debe esta cosmovisión? 

F.M.D: Seguramente es un modo de negar la realidad, pero al final, la realidad siempre está allí. Es decir, no se trata solo de evasión; es otra perspectiva desde la que se puede observar la realidad, o es otro mundo con el que mi realidad se comunica.

C.A.Z: ¿Considera que ha sido influenciado específicamente por determinados autores en la composición de su libro? 

F.M.D: No sé decirlo con certeza; pero lo que sí sé es que para mí estos autores, que aún escriben, son muy importantes: John Crowley, Cormac McCarthy, Pierre Michón, en particular el de Mitologías de invierno, Felisberto Hernández, y otros que no recuerdo ahora. Crowley no es muy conocido.

C.A.Z: ¿Qué caminos o alternativas futuras le augura al ejercicio literario?

F.M.D: Como yo lo asumo desde una forma sencilla, según la respuesta a la primera pregunta, le auguro el mismo camino, es decir, cada vez la gente es más solitaria, lo demuestran las redes sociales y la dificultad para interactuar sin temor a decepcionar o ser decepcionados, por lo tanto, la literatura como un ejercicio solitario siempre será una alternativa noble y leal al alcance de la mano. Claro, volvemos a lo mismo, unos verán películas, otros jugarán videojuegos, pero la literatura también estará presente, incluso si el mercado editorial llegara a fracasar como negocio ante nuevas formas de la cultura o subcultura que parecen responder de modo más práctico a los gustos del momento. En consecuencia, el mercado editorial sí debe renovarse junto con los escritores que obedecen a estas premisas. Pero la intención de escribir desde unas inquietudes íntimas, con sentido creativo, con la intención de revelar un mundo interior, no dejará de existir. Creo que no. Espero que no.

C.A.Z: ¿Cómo ve el estado de la escritura en el contexto colombiano?

F.M.D: El maestro César Pérez Pinzón, escritor tolimense, decía más o menos que en Colombia “todos” quieren ser escritores. Basta darse cuenta de la cantidad de obras que llegan a las editoriales y que jamás serán tenidas en cuenta. De acuerdo. Y a pesar de que en Colombia los índices de lectura son bajos, al parecer hay más escritores que lectores. En un país donde el colombiano promedio lee máximo dos libros al año, el oficio literario es un milagro.

C.A.Z:¿Podría mencionar algunos aspectos esenciales aprendidos durante su ejercicio de lectura y escritura para las nuevas generaciones?

F.M.D: El rigor a la hora de auto corregir. Dudar un poquito de lo que uno escribe. Mostrar lo que hacemos a personas de confianza. Dejar reposar los textos algún tiempo para releerlos luego y descubrir nuevas fallas. Y por último y más importante, que el viaje hacia la literatura es solo de ida.

C.A.Z:¿Sabe cuál será su próximo paso a seguir como escritor? 

F.M.D: Sí. Por lo pronto quiero (por fin) terminar de escribir una novela que ya llevo tiempo trabajando. Es hora de comprometerme más con ella.





"Gran hierba":  Alberto Durero. 1503. Acuarela.


KARAPANATAPUYO

Frank Mauricio Durán


  Para entonces, Apolinar ya lo presentía. Caminaba entre la selva, la niebla y una llovizna que, siendo persistente, no borraba del rostro y el cuerpo los tatuajes recién pintados por la mano firme del taita. Por una senda muchas veces recorrida, entonaba un cántico que le infundía valor, más que el ofrecido por el cuchillo o la compacta constitución de su cuerpo. Una canción enseñada desde niño por las propias voces selváticas de sus dioses; una que alejaba el miedo al Madre de Dios y lo que allí habitaba. 

     Siguió la ruta del raudal del Apaporis. Descansó cerca de un precipicio de rocas bermejas arraigadas al vientre de la montaña. Sacó de una mochila una arepa de maíz tostado, partió la mitad y dio cuenta de ella con tres mordidas. Bebió un sorbo de avena, hizo buches y lo tragó. Frente a él se vertían las cascadas del Apaporis, hendiendo el suelo pedregoso de la hondonada. Soberbias, lo escupían con miles de partículas que estallaban de la risa, nada más rozarlo, como diciéndole: ¿Quién eres? 

  Se levantó y siguió al trote. Como si fueran los que lo llevaran, los pies se enterraban, chapoteaban en el lodo pero jamás resbalaron ni cejaron en su determinación de llevarlo a destino. Antes de pasar sobre un tronco atravesado en un riachuelo, volvió atrás la mirada: entre la maleza y la niebla quedaban sus huellas informes, borradas de a poco por la llovizna. Y no sólo eso: los días en los que, junto con el taita, liaban las malocas, muy serios y aplicados como si bordaran rezos; los prósperos días de pesca, bendecidos por la gracia del sapo Jamp’atu; la recolección de la coca, un ritual y festejo; y, sobre estas impresiones, la presencia de Norton, su manera de hablar, el recelo que causaba en la aldea, y la herida feroz abierta en su orgullo. La debía sanar para que, al volver a la aldea, la sonrisa victoriosa, mejor que las palabras, fuera la respuesta con la que pudiera silenciarlo y alejarlo de sus vidas para siempre. 

   El canto de un gallito de roca se escuchaba a lo lejos. El chillido de los grillos, demasiado cerca. Monos aulladores saltaban en los árboles. Uno de ellos le dijo que se devolviera, pero él no se detuvo a discutir, y aunque pasó de largo, el animal jamás tuvo intención de callarse, brincaba en las ramas, eufórico, y sólo porque se alejó lo justo, Apolinar dejó de escuchar las burlas. Sintió el silencio. Observó en derredor. La selva era como unas manos que lo encerraban. Sentía que algo enorme lo observaba en aquel aislamiento, un escrutinio ansioso le erizaba la piel: la grandeza cósmica, y feroz, que lo rozaba acallando sus jadeos, los pálpitos en el pecho. Muy mal, se recriminó, años de práctica y ahora se sentía perdido. ¿Por qué si todo lo hizo al pie de la letra?: la poderosa tizana, los rezos, el pacto con el borrachero... Si no era así, al trepar por las barbas de aquel sasauma y, si la niebla lo permitía, vería la escarpa del monte Araracuara, el Quitasol. Trepó como un mono y oteó desde la copa: la niebla no le permitió orientarse. Quedó allí, esperando que el viento cambiara y corriera las nubes que bajaban a beber. Rendido por el cansancio, durmió un rato acunado en uno de los brazos del árbol. 

    Al atardecer, no recordó haber tenido el sueño: desde hacía algún tiempo le mostraba un arapaima de dimensión fabulosa; lo veía flotar dando aletazos perezosos, más grande incluso que la canoa en donde se acostaba a calcular su tamaño primitivo e imaginaba cómo casaría en el vientre. No despertó empapado en sudores, asfixiado por un maleficio montuno. La primera vez que tuvo el sueño, el taita le dijo que era inevitable: había entablado un vínculo con aquel dios de las aguas, no se debía preocupar por las náuseas que la cocción de flores y cogollos del Cáliz de Colores y hojas pulverizadas de borrachero le provocaba. Pocas veces en aquellos días se repitió el sueño. Aun así, un par de meses atrás, tal vez por la reiteración de las tizanas, los sueños se habían intensificado. Comenzaba a comprender. La criatura, como dijera el taita, desde sus días embrionarios lo esperaba. Quizás por tal motivo la selva, en la plena oscuridad de su corazón, se mantenía en silencio. Pasaría otra noche allí, vestido para la contienda con penachos de papagayo adornando su cabeza, argollas en las orejas y la nariz, cintas de piel de ocelote en los brazos y piernas, marcas grabadas en la espalda, el pecho y el rostro, maquillaje de guerra, y la suave sensación (aunque no más suave que la brisa) del algodón de los bluyines y las camisetas que solía vestir, lejos, muy lejos de la memoria. 

   Mientras tanto, en las riberas del Mapaná, acostado en una esterilla, el pequeño Edilberto lo esperaba. 

    El amanecer lo halló despierto. Las nubes habían volado, pero allí no estaba el Araracuara. Preso de la rigidez de sus huesos, bajó del árbol. Trotó para calentarse, desentumecerse. Tomó un trago de tizana, hecho con los brotes y flores, la misma dosis que ingería desde hacía algún tiempo. Avanzó lentamente. El suelo empezaba a anegarse cada vez más: se debía a los afluentes del río Madre de Dios abarcando la sabana. La lluvia caía serena pero con determinación. Los titíes estaban quietos, expectantes, apiñados en las copas de los árboles. Un águila arpía, reburujada en sus plumas, echó las cábalas cuando lo vio pasar. ¿Cuánto tiempo soportará? Apolinar se subió a un tronco atravesado en las aguas; reconoció el río, lo inundaba todo formando lagunas de color jade. Observó los nenúfares, algunos tenían flores blancas que nacieron la noche anterior: les quedaba poco tiempo. Se acurrucó y aguardó, musitando el cántico. 

    Transcurrió algún tiempo. Apolinar comprobó luego de varias horas de viaje, de dejar a Edilberto en la maloca, aquejado de fiebres y escalofríos, protegido del mal y del misionero por ensalmos sabaneros, sahumerios y azotes con ramas de guayacán, que cada instante vivido (las peleas con otros niños, los oficios) fue, sin intuirlo al menos, una suerte de preparación para llegar más que a un lugar o un instante o a saldar un duelo, a lograr un estado, uno mejor, más intenso que en otros rituales cuando lo asediaron escalofríos y náuseas; cuando venció estos efectos y sintió el cosquilleo, el zumbido de las alas nacidas de sus omoplatos; cuando revoloteó convertido en colibrí, primero entre los arbustos, y después, al saberse libre, entre las constelaciones y más allá, para volver luego y contar la hazaña. Pudo sentir de nuevo la sensación de hierbas brotando dentro de su pecho, la ingravidez de su cuerpo, rozando con los penachos de su cabeza la gloria infinita: la convicción religiosa de que sería capaz de libar la miel del sol con su lengua de colibrí. 

   Observó las aguas: buscó al arapaima, presintiéndolo sabio y sereno, como debía ser. Allí estaba, prehistórico, fastuoso en su reino turbio, arropado con el fango. Bajar a sacarlo, pensó. Sacarlo y vencerlo de muerte, liberarlo de su carne. Sacarle la lengua, llevarla, mostrarla en la aldea, en particular a Norton; desecarla, prepararla con corteza de guaraná, para matar los parásitos. 

  Una estela de agua se deslizó sobre la laguna. Un chapoteo, el único sonido. Unas gotas salpicaron su rostro. La estela pasó por debajo del tronco. Apolinar siguió con la mirada la trayectoria, que desapareció y surgió en otra parte, dando rodeos indiferentes. Antes de sumergirse de nuevo, pudo ver el morro verde oliva, la armadura de escamas cobrizas tallada con viejas heridas, cicatrices blanquecinas que formaban en un dialecto de duelos un nombre, letras dispuestas en aparente caos: Karapanatapuyo. Apolinar empuñó el cuchillo. Antes de meterse en el agua, recordando la alianza pactada con el borrachero (cuando pinchó el tronco y su propio dedo pulgar y mezcló las sangres, hermanándose con el elemental, el genio del árbol), dijo: Cuando yo lo llame, acudirá siempre, y se colgó al cuello una bolsita: contenía un mechón de cabello, embalsamado con savia, sangre y pétalos secos. Se sintió espiado por seres ansiosos, sombras simiescas se deslizaban entre el follaje al menor amago de ser descubiertas. Saltó, avanzó hurgando en los rebordes de la laguna, entre las raíces robustas de ciertos árboles, las rocas, los flancos de tierra y barro, usando su propio brazo como carnada. Sin caer en la cuenta, el agua daba en su cintura. Avanzó, tanteando el sedimento de hojas podridas con los pies, a la vez que decenas de peces los rozaban con las aletas. Cuando el agua le llegó al pecho, dejó de hurgar aquí y allá. No sabía cuánto tiempo transcurrió. Sí, estaba ahí nomás, podía sentirlo respirar, era eso seguramente lo que reverberaba frente a su abdomen. Imaginó el aliento a muerte brotando por la boca y las agallas, no en burbujas sino en espumarajos. Apolinar comprendió al fin, así como lo hacían las flores de los nenúfares. Qué significaban, entonces, sus cuarenta años de vida ahora, en este instante y lugar. Qué significaba el mal de Edilberto y el desafío que Apolinar pactó contra Norton, ahora, al comprender su destino, tantas veces sugerido por el taita. Necio, qué necio haber negado durante tanto tiempo lo evidente. 

   Luego de que forcejearan durante una eternidad, Apolinar estaba a punto de acuchillarlo en medio de los ojos, e imaginó por un segundo el arma entrando y saliendo varias veces. Aun así, más viejo y mañoso, y más fuerte, el arapaima capturó al hombre, lo arrastró hacía el centro de la laguna, lo jaló una, dos veces, y a la tercera, con una sacudida más violenta, lo llevó a lo profundo. 

   El agua entró en reposo. La arpía que observaba la contienda, se alejó sin hacer comentarios, los titíes se dispersaron. Cuando lo vieron llegar al trote, sangrando, tomándose el brazo desencajado con el otro, los aldeanos pudieron ver que, sin embargo, llegó sonriendo. No oyeron lo que susurraba mientras apretaba no sólo el brazo herido: Con esto, con esto... Siguió de largo, hasta bien adentro de la aldea, y calló de bruces frente a la carpa de Norton; dijo: No con sus menjurjes. Norton lo miró con cierta compasión, o desaprobando la aventura, o tal vez recriminándose a sí mismo su incapacidad, no para curarlo, sino para sospechar apenas, a tiempo, el significado de lo que consideraba una barbaridad y evitar careos con el taita. Vio la mano empuñada de Apolinar, se inclinó y la abrió: la lengua del arapaima estaba allí, tal como Apolinar le prometió. 

   La sonrisa victoriosa en el rostro de Apolinar no se borraba. 

   En la noche, acostado en su litera, preso de escalofríos, viendo el techo con los ojos vidriosos, se sintió de repente liviano como un colibrí. Norton hubiera querido insistir, pero el taita y, sobre todo las tradiciones, no dejarían que le pusiera un dedo encima. Además, así como Apolinar lo comprendió en su momento, como lo sabía desde mucho antes el taita, él también hizo lo propio, y esperó. 

  Apolinar tenía los ojos abiertos, pero su mirada ya penetraba en otros ámbitos. El taita le daba gotas de agua de lluvia aparada en unas hojas. En un brasero encendió hojas de copal, aromatizó el salón. En el humo azuloso subían sus oraciones. 

  Al cabo de unas horas, Apolinar pudo ver los dos senderos: el Cenit, el Corazón del Cielo, y el Nadir, el Corazón de la Tierra. En uno de éstos, bajo un umbral, sus Abuelos Ancestrales aguardaban, serenos como árboles apenas mecidos por la brisa. Vio, incluso sintió, las raíces de un sasauma gigantesco romper, salir desde los abismos en medio de un crujido de mil truenos, y repar enredándose a través de los vientos, las nubes, trepar hasta más allá de las pléyades siguiendo la estela de un rayo del Sol. Sombras lo espiaban, lo esperaban, asomadas detrás de las raíces, de los tallos, escalando, riendo. Una de ellas se detuvo, lo miró, estiró un brazo y le hizo un gesto con la mano. Apolinar alargó un brazo y, con la voz quebrada por la felicidad, una voz que sólo escuchó el taita, dijo: Allá voy.






The Blue Bird (1918) by Frank Cadogan Cowper



Álbum de Quimeras (2016): un libro de relatos del escritor colombiano Frank Mauricio Durán







Por Leonardo Mora


sanagustinconfesiones73@gmail.com



Álbum de Quimeras es el nombre del libro de diez relatos que conforman la ópera prima del escritor colombiano Frank Mauricio Durán: a finales del año pasado este libro se hizo merecedor del premio Hugo Ruiz Rojas, auspiciado por el Portafolio Municipal de Estímulos Artísticos y Culturales de la Ciudad de Ibagué (Colombia.) 

   El joven autor nos presenta un estilo que denota madurez literaria, trabajo constante con el lenguaje y una sensible y reflexiva cosmovisión sobre el ser en el mundo, que se alimenta tanto de las experiencias de vida como de un amplio conocimiento de la tradición literaria universal. El lector de Álbum de Quimeras podrá notar que sus ficciones manifiestan un ánimo consciente de superar las esquivas ingenuidades en que caen la gran mayoría de escritores jóvenes, y de alejarse de cualquier pretensión distinta a ofrecer un libro de calidad, por encima de figuraciones o el deseo apresurado por la imprenta. En primera instancia esto ya representa un logro en medio de la enfermiza avalancha de información mediática que hoy nos bombardea: incontables libros y autores de talento discutible pululan en todos lados, que a menudo se amparan bajo una monstruosa infraestructura publicitaria que los pregona hasta el cansancio. Generalmente, el buen lector puede dar cuenta de que esas obras no pasan de productos desechables, perecederos, un simple consumo más. Quizás hasta pueden estar bien redactados y denotan recursos técnicos varios, pero tales reglas áureas no logran camuflar la falta de nervio, de poesía o de alma con que fueron concebidos.

    Pero afortunadamente este no es el caso de Álbum de Quimeras: este libro realmente alcanza grandes niveles de belleza y profundidad, y es capaz de conmovernos a través de sus diversos lienzos donde advertimos una exposición de distintas circunstancias, siempre íntimas, las cuales se ensanchan y se profundizan a través del espíritu del escritor para descubrir su irrealidad escondida, esa misma que el sentido común y adocenado de la gran mayoría de la humanidad no puede siquiera sospechar, mucho menos asimilar. Álbum de Quimeras está lejos de un escueto realismo externo y simple que desplaza todo acercamiento espiritual y poético. Uno de sus elementos más evidentes y mejor logrados es el profundo sentido humano y vivencial de las situaciones narradas, las cuales siempre establecen un raro contacto con lo fantástico y el ensueño, lo cual puede darse de manera directa y explícita, o de una forma muy sutil, imperceptible.

    Dicho de otra forma: cada relato evoca diversas clases de sentimientos, evocaciones, ilusiones, aprensiones y esperanzas de talante real, es decir, inseparables de la extraña madeja por desenvolver que es la vida humana, pero al mismo tiempo nos llevan hacia regiones en donde el mundo de las apariencias y los hechos son percibidos de manera más profunda, casi ontológica y mágica, si se quiere. Lo fantástico y lo real se muestran en una hermandad de cuna. Y ello es precisamente lo que explica la ambigüedad y la extrañeza intrínseca de los cuentos de Álbum de Quimeras; elementos que a su vez determinan la necesidad de un seguimiento cuidadoso por parte del lector, sin apresuramiento, con cautela, porque de lo contrario no se revelará al lector su delicado mecanismo espiritual. Este compendio es contemplativo como la brisa marina sobre un olvidado farol, juega a los enigmas como un polvoriento libro medieval, es nostálgico como los recuerdos de un silencioso jardín de abuelos, y es reflexivo como la labor solitaria del librero o exégeta que alimenta lúcidamente su sentido de anticipación y descubrimiento. Hay que tener la percepción alerta para descubrir los sentidos ocultos y misteriosos de los relatos. 

   Valga aclarar que el tacto del autor para crear tales cosmovisiones literarias funciona en diversas circunstancias, tanto urbanas, de hábitos y modelos de vida occidentales (Dédalo de sombras, Formas frágiles, Dos viejas mujeres, Náufragos) pasando por contextos disímiles al nuestro, como los mundos telúricos vistos a través del lente de las culturas primitivas (Karapanatapuyo) o como la sensualidad y la embriaguez propias de la tradición poética de medio oriente (Mujer hecha de palabras). Realmente son palpables las cotas de inmenso valor y las cristalizaciones más sugerentes al interior del libro de Frank Mauricio Durán, pero seguir hablando de ello sería coartar las posibles lecturas de descubrimiento, y lo que es peor, sería un ejercicio insustancial de un lector más, de entre todos los que merece poseer este libro.

  Además de su seria concepción y estampa, celebramos enormemente la publicación de Álbum de Quimeras porque es el primer paso de un autor comprometido con su labor, quien empieza a manifestar públicamente su obra en el incierto pero siempre asombroso trayecto del arte literario, y porque sabemos que él se desvela por alcanzar la quimera más compleja de todas: la materialización literaria atinada e inteligente de la vida, que más que realidad, es sueño. 


miércoles, 3 de febrero de 2016

Intimismo y sensibilidad de lo cotidiano: Confesión a Laura (1991) de Jaime Osorio




Por Leonardo Mora

colectivozerkalo@gmail.com





Este filme colombiano de 1991 dirigido por Jaime Osorio es una de las grandes y solitarias joyas de la historia cinematográfica de este país, el cual vale definitivamente la pena volver a observar y revisar: su alto valor artístico, de plena vigencia actual, es una lección invaluable para la nueva legión de realizadores que generalmente sólo trastabillan y decepcionan con obras tristes y obtusas que, si hoy quizás son celebradas por el público más incauto y superficial, indefectiblemente serán olvidadas a la vuelta de la esquina, y nunca alcanzarán el rango suficiente que sea capaz de inscribirlas en la historia de la cinematografía.



     Confesión a Laura es una bella historia personal e íntima de tres personajes de cierta clase aburguesada de la vida bogotana de mediados del siglo XX, en plena coyuntura de la violencia política y social desatada por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Este trozo de la vapuleada historia colombiana, pletórica de malas decisiones, de inconsistencias políticas y de avalanchas de sangre inocente, afortunadamente enmarca la trama pero no la suplanta: hay un talentoso equilibrio entre las secuelas del magnicidio en la ciudad –toque de queda, asesinatos colectivos, violentos saqueos, desorden social- y los encuentros íntimos de los personajes: un desgastado matrimonio mayor y una vecina, triada acartonada y rigurosa de las formas sociales propias de su época y su clase social, que asustada y nerviosa por la hecatombe de las calles, opta por encerrarse intimidada a escuchar los punzantes bombardeos noticiosos de la radio y a esperar sin intervenir el retorno de la calma social. 






Y es precisamente en la espera de esa calma donde el filme, a través de una planificación visual de encuadres y movimientos sobrios y elegantes (perfecta para retratar la belleza vintage de los espacios, dos pequeños apartamentos y su mobiliario de la época, y los personajes, de impecables maneras y trajeados formalmente) nos va revelando el carácter personal de Laura –profesora de cierta edad, soltera- y de la convencional y aburrida pareja de esposos formada por Santiago y Josefina. El correcto esposo y la cordial profesora, quien vive en el apartamento de enfrente, debido a las circunstancias, se ven sujetos a compartir un mismo espacio por largas horas. Lo que inicialmente era un encuentro fortuito entre conocidos, con la distancia que fomenta una adultez avanzada y seria, el desconocimiento mutuo, pero sobre todo un alto sentido de las buenas maneras, el orgullo y la educación inculcada, se va convirtiendo, gracias al insospechado y subestimado ritual de la convivencia cotidiana (delimitada sutil y profundamente tanto en pequeños y divertidos sucesos como en pasajes dramáticos, un todo de honda humanidad) en una suerte de confesionario pasional en el que los anhelos y los fantasmas personales de ambos personajes se van compartiendo, reflexionando y convergiendo, hasta que ese autoconocimiento progresivo logra acercar a la nueva pareja y hacer florecer en ellos un bello y delicado sentimiento amoroso. En suma, Confesión a Laura es un sincero y encantador manifiesto del enamoramiento. Cuando la muerte ronda alrededor, la sinceridad desea aflorar del cuerpo y viajar hasta el otro (1). 

    Examinando algunos blogs con el fin de leer algunas críticas y comentarios acerca de Confesión a Laura, encontramos un desafortunado texto (2) en el que se afirma precipitadamente que este filme se trata de un plagio de la película de Ettore Scola “Una giornata particolare” (1977). Aunque tal texto en cierta medida se anula a sí mismo por su mal estilo y discutible argumentación, logró sembrar la semilla de la duda. Luego de observar el filme de Scola -protagonizado por Marcelo Mastroiani y Sofía Loren- para hacer la correspondiente comparación, encontramos que la película colombiana representa un homenaje al filme italiano y reinterpreta ciertas sugerencias de éste, pero es una obra autónoma y distinta. No es un pastiche malintencionado de la película original como lo quiere hacer ver el autor. Acertadamente Pedro Adrián Zuluaga señala en los comentarios de aquel texto, que su perspectiva resulta ser “una visión muy simple de los procesos de adaptación, traducción, copia, homenaje y apropiación que son moneda corriente en el arte” .


Si bien se encuentran rasgos similares en materia argumental –una coyuntura política inicial mostrada a través de imágenes de archivo, la historia central de dos desconocidos en un apartamento que paulatinamente logran un acercamiento íntimo, el constante bombardeo radial informando sobre el acontecer político- puede notarse que son fundamentalmente circunstanciales, externos. El carácter de los protagonistas de ambos filmes es distinto, incomparable, quizás a excepción de cierto vacío personal casi que presente en todo ser humano, por los errores y las omisiones cometidas en la vida. La pareja del filme italiano no se corresponde sentimentalmente a pesar de la cercanía íntima lograda, en contraposición a la historia narrada en Confesión a Laura. Nos atrevemos a afirmar que inclusive el acercamiento y la filiación personal de la pareja del filme colombiano se da en términos más naturales, más dosificados, menos precipitados, lo cual le imprime una veracidad única y bien lograda en el que no se entrevé ningún forzamiento, que sí se trasluce de alguna manera, a nuestro juicio, en el filme de Scola.


Otro aspecto que creemos prueba la inexistencia de burda imitación, es que encontramos en Confesión a Laura ciertos aspectos identificables -de una clase social, de una cosmovisión determinada- con cierta colombianidad intransferible y patente en los diálogos, las maneras y los caracteres de sus personajes. Imposible diseñar tal elemento sin un talento valorativo cultural evidente en la construcción del argumento y su puesta en escena, que de ninguna forma se revela en el filme italiano. Tal exposición de elementos colombianos es uno de los puntos más fuertes de Confesión a Laura: sólo que el tratamiento personal de la otoñal relación entre los protagonistas, es el aspecto que le imprime un talante universal. Valga señalar que el guión de esta película, escrito por Alexandra Cardona Restrepo, fue seleccionado para participar en el taller del Sundance Institute en 1990.

    Compartimos la opinión de Jaime Manrique cuando plantea que “pocas veces el cine colombiano ha logrado conjugar los elementos de una verdadera obra cinematográfica, en el sentido más amplio de la expresión y con todos los matices artísticos que esta puede contener” (3). Por ello, reiteramos, vale la pena revisar la obra de Jaime Osorio, encontrarse con su vigencia y disfrutar de la bella puesta en escena, sustentada por las atinadas actuaciones de Vicky Hernández, Gustavo Londoño y María Cristina Galvéz.


(1) Una interesante reflexión sobre la pulsión del peligro de muerte como generador de sentimiento y revelador de intimidades se encuentra en el texto "Detrás de las ventanas":

(2) "Una confesión particular: el juicio a Confesión a Laura por Una giornata particolare". Se encuentra en http://panycines.blogspot.com.ar/2011/07/una-confesion-particular-el-juicio.html





lunes, 1 de febrero de 2016

El artista febril ante la tempestad de lo cotidiano: Sult (1966) de Henning Carlsen





Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com


Este sensible filme que concentra y potencia extraordinariamente la novela del mismo nombre del polémico autor noruego Knut Hamsun, narra la historia personal de un febril escritor (protagonizado por un enorme Per Oscarsson ganador en Cannes, cuando este premio valía la pena) y su lucha para vencer con determinación sus graves problemas que van desde lo económico –su situación de miseria es terrible-, lo emocional –su condición moral es en extremo compleja, de autoflagelación constante-, hasta lo social, dado que este susceptible personaje hace del contacto diario con la gente y la cotidianidad un engendro monstruoso al que debe enfrentarse y batallar a cada instante de su vida, a riesgo de enloquecer con tanta grosería y estupidez generalizada, que es la negativa e inexcusable manera en que ve a los demás.

       Es así como nos adentramos en un desfile de desencuentros entre este solitario artista y los otros en medio de arrabales tristes, grises, pedregosos y despojados de la ciudad de Kristiania en 1890 (actualmente Oslo, capital de Noruega). Nuestro escritor -nunca conocemos su nombre- se afirma en una dura y orgullosa posición –sin ninguna concesión a su grave estado de pobreza-  y resiste los embates cotidianos más mínimos con toda la entereza posible. Esa realidad que se manifiesta fría, torpe y desconfiada a través de rostros, voces, ademanes, miradas y actitudes de las personas del común, para nuestro protagonista se presentan en toda su máxima expresión, tocan sus fibras más íntimas y llenan de dolor su hipersensible condición. A ello contribuyen elementos formales en el filme como los veloces paneos y zooms de acercamiento y alejamiento sobre los rostros transeúntes -enfermizos énfasis en los más odiosos detalles de la infelicidad y futilidad humana-; y en materia de argumento, con los problemáticos desencuentros del protagonista con personajes de nulo valor e importancia espiritual.   


       Si bien tanta presión social y moral a menudo le generan pensamientos y actitudes insanas al escritor –podemos aplicar la consabida frase de Sartre de que el infierno son los otros- este no se doblega ante el degradante valor de cambio en que se ha convertido la vida y se convierte en un anónimo héroe del arte y de la existencia que pretende sostenerse imbatible y sin concesiones ante un sistema social homogeneizado y despojado de humanismo y empatía. A diferencia de ese estado “aburguesado” en el que todos se muestran contentos por quienes son más no por lo que poseen, el escritor manifiesta un estatus de autocrítica y culpabilidad elevado, y ello lo lleva a cuestionar todos sus actos de manera rígida, y a verse envuelto asimismo en comparaciones y posibilidades de acusado nivel moral. 

      Nuestro protagonista además de ocuparse en odiar a los demás, también tiene por costumbre trastocar la realidad y dejarse llevar por situaciones imaginarias en donde las cosas se inclinan favorablemente a su gusto personal. Si bien esta locura se ve agravada por los efectos de una inanición prolongada, podemos también señalar que sus falencias emocionales y su oposición ontológica ayudan a desbordar aquellos escapes ideales en donde las cosas marchan perfectamente y donde él es un sujeto activo y empoderado con pleno dominio de sus facultades y del mundo exterior. 

     Cuando tales mundos acusan desbarajustarse por manos de los demás, nuestro escritor pasa a mentir descaradamente para sostener una coraza imbatible y agresiva. La altanería que lo caracteriza -¿condición de exclusividad, de artista iluminado, de genio incomprendido?- necesita falsear las cosas porque necesita reafirmar el funcionamiento de su identidad y su persona con respecto a los otros, dado que su inseguridad es extrema, y casi siempre se cree el centro de las críticas y las malas intenciones: en todo intercambio cotidiano -simples saludos, roces en la calle, encuentros visuales, interacción con las personas, ya sean comunes o entes uniformados e institucionales- hay un entramado con consecuencias profundas que son de imposible evasión para nuestro escritor  –esto nos recuerda las sensibles fijaciones por el detalle en Henry James- y todo ello lo altera de manera profunda. 

   Pero el protagonista también está en capacidad de agradecer sinceramente, en su alterado fuero interno, las muestras de amabilidad que descubre en los demás, y a menudo intenta congraciarse con quien lo merezca, según su estima: a pesar de sus temores y traumas, también gusta de visualizarse, aunque sea por un brevísimo instante, como alguien en sereno intercambio con los demás que quiere dejar de sentirse marginado, que puede funcionar en la maquinaria general de la vida, y que cuenta para los demás y les ayuda a cimentar y reafirmar su integridad. En suma, a nuestro escritor lo caracteriza un insalvable espíritu de contradicción que no da tregua.  


   En el clima asfixiante y sórdido que se agrava paulatinamente mientras seguimos de cerca las incidencias del filme, también tiene un papel estelar la música del gran Krzysztof Komeda, famoso por su trabajo jazzístico, y quien también ha alimentado efectivamente los filmes del director polaco Roman Polanski. La pieza musical central que aparece como identificación constante nos ofrece una bellísima sonoridad minimalista que empieza con un talante festivo, como de feria de atracciones o de circo, y transitoriamente se convierte en una melodía de extraña sordidez, misterio y tensión, que una vez escuchada, se nos cuela en el cerebro hasta para nunca más salir de allí.

      Hambre existencial y delirio por la vida, Sult es una pieza magistral de la cinematografía europea, con una perspectiva visual moderna y de gran belleza, que vale la pena ver múltiples veces para asistir a su triste sordidez y para cuestionarnos acerca del estado actual del hombre en una sociedad violenta y desolada que amenaza atomizarse y hundirse cada vez más en un barranco profundo de apatía y soledad, y que se hace más insufrible para sus habitantes más sensibles y enfermizos.
    
    Valga mencionar la gran influencia que la historia original de Sult, publicada por primera vez en 1888, ha tenido para grandes artistas de las letras como Thomas Mann, Herman Hesse, Franz Kafka –en el libro original de Hamsun hay un curioso pasaje en donde el protagonista se ve a sí mismo como un pueril insecto- André Gide, H.G. Wells e Isaac Bashevis Singer –entre muchos otros-. Este último escritor, en el prefacio de una edición estadounidense de Sult, dice que Hamsun «es en todos los sentidos el padre de la literatura moderna —con su subjetividad, su impresionismo, su uso de la retrospectividad, su lírica [...]— toda la literatura moderna de nuestro siglo se puede remontar hasta Hamsun».
       

sábado, 16 de enero de 2016

Anécdotas sobre instituciones y moral: El precio de un hombre (2015) de Stéphane Brizé



Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com



Este filme (título original: La loi du marché, La ley del mercado) del director francés Stéphane Brizé nos muestra, antes que una historia o trama definida, ciertos eventos de la cotidianidad de un hombre austero, serio, que sobrepasa los cincuenta años, el cual recientemente ha perdido su trabajo, lo cual es efectivo para ilustrarnos acerca de la vida de cierta clase trabajadora en Francia y su relación con las instituciones reguladoras de la vida social, especialmente en el ámbito laboral. Asistimos entonces a la manera en que este personaje se enfrenta a  burócratas de todo tipo: empresas financieras, oficinas de empleo, grupos de asesoría, o los administrativos del colegio en el que su hijo discapacitado estudia.

    Son palpables los sentimientos del personaje con respecto al tipo de dinámicas institucionales calculadas, frías, eminentemente prácticas, de algún modo ridículas y risibles, a las que se ve enfrentado: dado su carácter, sospechamos cierta resignación e incomodidad suya frente a esos rezagos de la salvaje ley del mercado, imposibles de esquivar porque esos elementos constituyen el precario sistema social actual que debemos obedecer. Los problemas empiezan cuando el hombre, ya en posesión de un empleo nuevo, empieza a verse afectado por ciertos eventos malsanos que se suceden en su entorno laboral: debe asumir con integridad las faltas cometidas por extraños y hasta por sus colegas y se ve obligado a observar la tirante relación entre los parámetros del sistema, la legalidad establecida y las individualidades anónimas, pequeñas, torpes, sumergidas en unas circunstancias que no pueden explicar, y a las que sus equivocaciones les pueden costar muy caro. La moralidad del personaje frente a este juego incierto de influencias es constantemente puesta a prueba y paulatinamente va siendo llevada al límite. El paralelo temático del filme son los pequeños grandes instantes de regocijo del protagonista en su vida personal y familiar, sus hobbies, su vida marital, que finalmente componen la justificación para seguir resistiendo y no sucumbir ante el embate de lo institucional.


      La actuación de Vincent Lindon –ganador a mejor actor en el último festival de Cannes- es estupenda: encontramos una bien dosificada expresividad en su rostro ante sus circunstancias, lo cual nos recuerda un poco a los personajes de Bresson, en los que el espectador atisba una corriente interna de emociones contenidas; su personalidad es más perfilada a través de sus actos y sus encuentros con los demás. Lo extraordinario o magnífico de este personaje es que se equipara a millones de trabajadores modestos y nobles que sólo buscan poder mantenerse a sí mismos y a su familia en unas condiciones mínimas de bienestar.   

        El director opta por mostrar su historia de manera escueta, directa, predominantemente con cámara en mano, sin demasiados planos ni juegos visuales, a manera del documental, sin artificios técnicos: apuesta por un realismo estricto y honesto, porque tal es la situación temática que se plantea, lo cual siempre es atinado y refrescante en medio de la avalancha de filmes esteticistas que pretenden ser poéticos pero que no traslucen nervio ni alma y se asemejan más a baratas y adocenadas postales de ocasión. El precio de un hombre es un filme sensible y profundo, sin pretensiones extrañas, construido con entereza, sin dejar de lado un sentido irónico y situaciones cómicas, que vale la pena disfrutar.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Las heroínas de la clase trabajadora: Dos días y una noche (2014) de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne




 Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com


Dos días y una noche (2014) es un filme dirigido por los hermanos belgas Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne (conocidos especialmente por su trabajo en el intimista filme El niño, de 2005) que relata una realista historia sobre la lucha de una mujer para mantener su puesto de trabajo al mismo tiempo que se sobrepone a sus crisis depresivas. El filme manifiesta un manejo formal sin extravagancias visuales, sobrio, directo, limitado casi siempre a la cámara en mano y planos secuencias para enfocar primordialmente a los personajes: un estilo austero para hablar de una situación austera; sin lujos, sin arandelas, sin sofismas, Dos días y una noche se aleja de la insufrible manía de los directores actuales por complicarse visualmente, casi siempre para nada (a menudo las historias y las interpretaciones actuales dan lástima) y gana su rango fundamentalmente por su gran capacidad persuasiva, su nervio, su entereza, su sinceridad. 

     La cotidianidad de cierto sector de la clase trabajadora belga es expuesta con enorme habilidad por los directores, quienes hacen énfasis en la intimidad de la mujer, su vida familiar, y en las complicadas relaciones humanas cuando hay dinero y seguridad laboral de por medio. La línea entre el interés individual y la solidaridad para con los semejantes es puesta en entredicho en el filme: la mujer, al borde del despido, debe amortiguar su orgullo para convencer a sus compañeros de trabajo de que la auxilien; pero estos, por supuesto, también enfrentan sus diversos problemas personales, familiares y económicos, y se ven sujetos a elegir entre su comodidad y bienestar material, o el de su febril colega de trabajo. 



Marion Cotillard se muestra brillante y convincente en el rol principal y nos muestra su capacidad actoral, lejos de la mujer fatal o la diva caprichosa que a veces se le impone: asume con propiedad su condición de mujer trabajadora y logra que espectador se solidarice, la quiera y sufra junto a ella sus dificultades, porque su historia es la misma de millones de personas alrededor del mundo y es imposible ser indolentes ante tal situación: es una héroe del común que debe sostener su moralidad e integridad en medio de un sistema económico despiadado, y que lamentablemente obliga a todos sus integrantes a indisponerse entre sí: cada cual es obligado a resguardarse en una trinchera, a vigilar que su nivel de vida no sea vulnerado y a luchar para no perder unas condiciones mínimas de existencia arduamente ganadas. 

    Una vez más la dura cotidianidad interpretada fílmicamente demuestra su importancia y validez. Un vez más se comprueba que un gran director de cine (en este caso, la dupla Dardenne) es quien se muestra sensible ante sus circunstancias, quien logra cristalizar una historia con un gran sentido de intimidad y de observación del mundo, y no quien fastidia y se fastidia por lograr la toma más rara, sofisticada, pero irremediablemente inútil: algunos realizadores pretenciosos y “exquisitos” que tanta exaltación logran del público más tonto e ingenuo, quizás harían mejor en limitarse a hacer comerciales de TV y a no hacer perder tiempo mostrando su nula capacidad para crear algo artístico y con criterio.

El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...