lunes, 10 de abril de 2017

El lado sensual del terror: Raw (2017) de Julia Ducournau


Por Herbert Neutra
herbertneutra@icloud.com


Desde su estreno el año anterior en el Festival de Cannes, este filme había generado gran expectativa, vendiendo como publicidad la anécdota de varios espectadores desmayados y otros cuantos vomitando durante su proyección. Finalmente se ha presentado masivamente en varias salas de cine del mundo y, aunque quien escribe presume de un estomago fuerte, hay que decir de entrada que “Raw” (“Voraz”, “Crudo”, “Grave”, “Freaking”) pasa la prueba del paladar como una película provocadora, bella, entretenida y sardónica, aún cuando apenas bordea la perturbación y la aberración digestiva prometida en su cartel; por supuesto para gustos hay colores y sabores y al final de su visionado, ustedes dirán si no les hizo falta usar los dos dedos y si efectivamente les cayó pesada.







     Justine hace parte de una familia de veterinarios y vegetarianos políticamente correctos, cuando la joven cumple los dieciséis se embarca en la tradición académica de sus parientes y se adentra en un mundo truculento, seductor y despiadado con todo aquel que no logra encajar. Justine es una adolescente retraída recién llegada a la universidad y todo lo que pasa a su alrededor, dentro de su cabeza y con sus hormonas es ya de por sí espeluznante. La debutante Julia Ducournau nos entrega un trabajo ambicioso en el que actualiza , adapta y rinde homenaje a títulos y nombres del terror moderno como “Suspiria”, Brian de Palma ó “Rabid”; e incluso se atreve con el costado más escatológico y eugenésico de Pier Paolo Pasolini.

   Cada plano en este largometraje es una composición estilizada y sensual de dichas influencias, en la que se olvida la previsibilidad del argumento y se enaltece la visceralidad de las imágenes, a veces en clave suspenso y la mayoría como una divertida comedia negra. Considérese a “Raw” como otro inteligente comentario sociológico sobre la decadencia del mundo liberal actual - junto a “Split” o “Get Out”, ambas curiosamente estrenadas durante lo que va del año- y ubiquémosla como una interesante película de culto a la que le falta algo de carne para convertirse en un verdadero clásico. RAW / 2016 / JULIA DUCOURNAU / GÉNERO: TERROR CONTÉMPORANEO / PAÍS: FRANCIA-BÉLGICA / CLASIFICACIÓN: R (+18) / DURACIÓN: 99 min. / **** 






















lunes, 20 de marzo de 2017

Nota sobre “Sin pan y sin trabajo” (1894), cuadro de Ernesto de la Cárcova



Ernesto de la Cárcova
(Buenos Aires, 1866 - 1927)
Sin pan y sin trabajo, 1893 - 1894
Óleo sobre tela, 125,5 x 216 cm
Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires



Por Leonardo Mora

sonidosrare@gmail.com


Al visitar el Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires y entrar a la sala 24, la cual resguarda diversas e importantes obras de arte argentino del siglo XIX, nos encontramos con un sobrecogedor cuadro titulado “Sin pan y sin trabajo” (1894) del artista Ernesto de la Cárcova. 

   El gran formato de esta obra, más que capturar la mirada del observador, la arrastra a una marea negra de desolación  a través de una escena que logra con creces sobreponerse a una mutilante clasificación bajo los signos del naturalismo y el realismo, dado su mayor énfasis en la expresividad. Este cuadro suscita una profunda reflexión sobre la miseria de las mujeres y los hombres en el margen de las ciudades y la vida urbana, espacios que sufrieron más que nunca a partir del siglo XIX el nacimiento de esa temible avalancha que es la mecanización del mundo y de la vida gracias a la Revolución Industrial (con su consecuente pobreza de las clases trabajadoras) y al auge de la burguesía como clase social.

    La imagen nos muestra un matrimonio que ocupa una oscura y sórdida habitación iluminada apenas por una ventana frontal. Sentados ante una mesa en la que descansan cesantes herramientas de trabajo, encontramos en primer plano a una mujer demacrada y agotada de cabellos oscuros y pecho enflaquecido, amamantando a un bebé sin mayores rasgos definibles; la mirada de ella recae llena de incertidumbre en su esposo, situado enfrente suyo, el cual se ocupa de observar a través de la ventana una desavenencia afuera de la casa (en segundo y lejano plano) entre obreros y guardias a caballo, frente a una fábrica cerrada. El hombre se muestra en posición hincada, forzando su silla en desigual perspectiva, con el puño izquierdo cerrado con contundencia sobre la mesa y el derecho sujeto agónicamente de la ventana. La impotencia del matrimonio ante la adversidad, su doloroso contrapunto de pareja abandonada a su suerte, se manifiesta en una violenta belleza que subsume al espectador. 


   El trazo febril de la obra funde en una especie de totalización tétrica los elementos que la componen, lo cual de alguna manera sugiere una acentuación indivisible donde convergen los aspectos constituyentes de la vida: individual, moral, social, cultural y económico. María Gainza señala que De la Cárcova “pintó su cuadro de manera agitada, como si el mismo pincel arrastrara la ansiedad contenida del desocupado. Lo que pasa en la imagen y lo que hace la pincelada se estimulan mutuamente” (1). El dramatismo de la obra aumenta por el tratamiento a contraluz sobre el espacio, pletórico de sombras desiguales, por la lúgubre gama de colores que oscilan entre el negro, el marrón, el gris y el morado, y por el marcado contraste en el que la luz se afianza en la ventana y en la parte superior de los personajes, desde el torso, desplazando la parte inferior del cuadro a confundirse con la oscuridad reinante. 


   Sin pan y sin trabajo, bella y conmovedora obra de Ernesto de la Cárcova,  es, como señala Laura Malosetti “el primer cuadro de tema obrero con intención de crítica social en el arte argentino. Desde el momento de su exhibición ha sido una pieza emblemática del arte nacional: comentado, reproducido, citado y reapropiado por sucesivas generaciones de artistas, historiadores y críticos hasta la actualidad” (2). Su manera de plasmar desde un signo hondamente personal las trágicas consecuencias de la tensión de una urbe creciente como Buenos Aires, gracias a la inmensa afluencia de inmigrantes europeos que llegaban en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida, especialmente desde la década de 1890, posee una tremenda actualidad, si tan solo avistamos las negativas consecuencias sociales y morales de las migraciones que hoy suceden alrededor del mundo y de la precarización de la vida obrera en los suburbios de las concentraciones urbanas. 




(1) GAINZA, María. “Ernesto de la Cárcova: sin pan y sin trabajo”. En portal Educar. Recuperado en: https://www.educ.ar/recursos/131161/ernesto-de-la-carcova-sin-pan-y-sin-trabajo

(2) MALOSETTI, Laura. Comentario sobre Sin pan y sin trabajo. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires. Página oficial. Recuperado en https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/1777

En el enlace anterior puede obtenerse una reproducción de cuadro en alta definición.

lunes, 6 de marzo de 2017

El estruendo del silencio: Silence (2016) de Martin Scorsese






Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com


El silencio se hace cada vez mayor y mi corazón se oprime y espanta en una nueva verdad; tampoco él puede hablar; se ha puesto de acuerdo con la naturaleza. En medio de este silencio es necia la palabra y el pensamiento mismo; oigo reír detrás de cada frase al error y la ilusión.

Aurora / Friedrich Nietzsche


El silencio se supone como un espacio vacío, muerto sin la vibración de la palabra, sin el eco que descifra el mundo y da sentido a la vida; pero, por el contrario, ha de considerarse como el lugar de la existencia consigo mismo, un punto de confluencia e introspección, en el que se acalla la palabra pero se encuentra el mundo. 

    La historia de la cristiandad esta plagada de zonas de luz para algunos y de largos espacios sinuosos para otros. Su expansión por el mundo llevó a una progresiva condena de todo aquello que no existiera bajo la premisa de un único y sagrado DIOS: las nociones de barbarie y pecado se esparcieron como la peste, pero también la resignación, el sufrimiento, la caridad. La última película de Martin Scorsese continua la búsqueda por lo religioso, la fe, una que empezó hace algunas décadas con La última tentación de Cristo (1988), y que continúo con Kundun (1997) para hoy cerrarse (quizás) con Silence (2016). Silence se centra en la indagación de dos padres franciscanos de origen portugués en el Japón del siglo XVII del padre Ferreira, quien da muestras de su presencia en una misiva. Un Japón que ha declarado la desaparición del cristianismo y utiliza todos los medios de coerción y tortura para esto, es el lugar de recibimiento de los franciscanos; entre aldeas y devotos campesinos transcurren los días, hasta terminar alojados en una pequeña cabaña en medio de las montañas, sobrecogidos por un silencio absoluto.


  Aunque la pesquisa continúa, los oficios religiosos demandan la presencia de los padres, pero con esto se entrevé la poca claridad de la existencia de Dios entre los japoneses. Entre la promesa del paraíso, la redención y el perdón de los pecados, los campesinos divagan y reafirman su fe. El único gesto es creer o no (aunque suene a canción) a costa de sus propias vidas y un voto de silencio. Precisamente el silencio, es parte esencial de la película, no por la búsqueda sucinta de Dios sino por el contrario, porque pone de manifiesto su no existencia, su abandono: si la palabra lo conjura, el silencio lo elimina, lo hace a un lado, y este es precisamente lo que procura el inquisidor Inoue al intentar que los padres se conviertan en apoótatas, dejarlos en el limbo de una no existencia religiosa para lo público, aunque abnegadamente esta se conserve como una hoguera en pleno en el ámbito privado.

   Silence es la adaptación de la obra de Shusaku Endo*, uno de los escritores nipones más relevantes del siglo XX. Con una perspectiva cristiana en su literatura, da voz a una comunidad que representa el 1% en la isla del sol naciente. Aunque la obra de Endo ya fue llevada al cine por el director japonés Masahiro Shinoda en 1971, el director italoamericano llevaba tres décadas con el proyecto, hasta que finalmente ve la luz.  


   El filme cuenta con una puesta en escena que pone de frente los tortuosos caminos de la fe, con una estupenda fotografía, pero con una carencia de empatía con sus actores principales, quienes resultan ser modelos morales, vaciados de la existencia del mundo, con una ingenuidad que pone una distancia dramática con la espesura de la obra, representados por Andrew Garfield ('Spider-Man', 'La red social') y Adam Driver ('Paterson’): al primero es difícil no ubicarlo con las mayas de Spiderman; en cuanto al segundo aún queda el rezago de su personaje meditabundo de Jim Jarmusch. Por el contrario, la poca presencia de Liam Neeson da un nuevo respiro al drama, este llena la pantalla, como el Kurtz de Apocalipsis Now, aunque personajes como Yōsuke Kubozuka (como Kichijiro) con pequeñas dosis de humor, revitalizan una obra que por su metraje puede llegar a ser extenuante.

   Silence no es una plegaria abierta al cristianismo, pero si un punto de inflexión de la fe. Si bien los estertores de hombres condenados o subyugados por la existencia, la religión ha hechos mártires, el miedo y la culpa han hecho cautiva a toda una humanidad. 

*Link para el libro de Shusaku Endo: http://assets.espapdf.com/b/Shusaku%20Endo/Silencio%20(1479)/Silencio%20-%20Shusaku%20Endo.pdf

domingo, 26 de febrero de 2017

Tragedia griega en carretera: Detour (1945) de Edgar J. Ulmer






Por Leonardo Mora
sonidosrare@gmail.com


Gran parte de la crítica considera que Detour es la obra fundamental del cine de serie B. Son tantas las virtudes y los aciertos de este enorme clásico dirigido por el gran Edgar J. Ulmer, que resulta mucho más productivo detenerse unos instantes para intentar conceptuar su desbordante talento, que desperdiciar el tiempo observando la patética manera en que la industria actual del cine y sus premios complacientes y risibles (a los que sólo asienten los tontos) atiborran los medios de comunicación y las salas comerciales para el magnánimo divertimento dominguero, el cual, valga decirlo, no representa más complejidad que el hecho de otorgarle una banana a un macaco. 

     Detour es un filme de cine negro porque obedece a cierta lógica de contenido y forma visual (valga decirlo, factores explotados más que nunca durante las décadas del 40 y 50 del siglo pasado) pero logra con creces superar esa a veces maligna y reductora etiqueta para instalarse en el podio de las grandes realizaciones de la historia del cine. El director sólo necesitó fundamentalmente a una sórdida pareja (compuesta por Ann Savage como Vera y Al Roberts como Tom) para exponer, a la manera de la tragedia griega -con Edipo a la cabeza- el desarrollo sicológico de una serie de vicisitudes que pueden acontecer, con total credibilidad, a una personalidad marcada por la mala suerte inmerecida. No sabemos hasta qué punto exista el destino, la fatalidad, el sino trágico (la filosofía lleva siglos analizando esta jovial y tierna condición humana) pero esta película nos recuerda que en efecto, ello sucede bastante a pesar de que se intente hacer las cosas correctamente, se quiera ser un ciudadano honorable que lucha por sus ideales y a la vez se deseé vivir en armonía con el infierno social, como en el caso de Tom. La otra cara de la moneda la representa la aparición de Vera, una de las brujas más agresivo-entrañables del cine, y aquí ya podemos señalar uno de los puntos álgidos en el cual Detour no es una simple película noir más: Vera está lejos de la clásica chica bella y fatal que deslumbra con sus curvas y su osadía con las armas, y encarna sobradamente bien, con ojos demoniacos y voz restallante, sin necesidad de una pistola (ella misma es una granada) a una mujer insana de venenosa personalidad, de actitud ambiciosa y malvada y de sexualidad tan potente y febril como la que puede ostentar un maniático: ella es quien se encargará de hacerle la vida imposible al pobre y sufrido Tom y lo arrastrará mucho más rápida e interesantemente, no a un simple y molesto desvío de carretera, sino al abismo de lo absurdo y la desdicha.



     El crimen (o la vida misma) tiene sus bemoles, parece decirnos Ulmer en su filme, porque es un asunto al que no sólo se llega por “concierto para delinquir”, como diría un leguleyo urgido de clientes, sino que está sujeto a los vaivenes de la existencia y el mundo y es proclive a involucrar hasta el pianista más sensible e indefenso. Cuando la máquina del mundo bastantes veces nos ha mostrado su manera de valerse de sucios engranajes y manipulaciones para su flamante funcionamiento, uno debe ser cuidadoso hasta en lo que sueña y esperarse lo peor de lo peor. Kafka lo ha mostrado claramente, y Shakespeare, el gran aprendiz de los usos dramáticos griegos, lo dijo en la conocida cita de As you like it: "Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores: tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo interpreta a muchas partes.” En Detour el escenario es la carretera, Tom y Vera posiblemente sean solo juguetes (más que actores) de una conjura o una charada universal, y ambos en su momento pasan de ser ganadores ensalzados a cucarachas de restaurante barato. 

    La joya fílmica que es Detour cumple, a nuestras aciagas fechas de xenofobia, estupidez y corrupción exacerbada, 72 años; pero verla actualmente representa, más que un hálito de frescura e inteligencia en medio del entretenimiento pueril de nuestros días, un ejercicio inaplazable para quien quiera recordar que la cinematografía a veces es concebida desde una perspectiva más inteligente y artística; no hay que olvidar que el humilde origen de este filme se halla en la subvalorada serie B: ya quisiera la industria actual hacer una “baratija” como esta. Al paso que vamos, el tiempo mantendrá a Detour indemne y avasalladora, tan lúcida como aquella noche del 30 de noviembre de 1945, el primer momento en ser atravesada por la luz de un proyector para ser vista por un público expectante.


sábado, 25 de febrero de 2017

¿Qué desean los hombres en la cama?: The Handmaiden (2016) de Park Chan-Wook







Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com




La había tocado antes, al lavarla y vestirla, pero nunca de aquel modo. ¡Qué piel más suave tenia! ¡Qué cálida! Era como si estuviera extrayendo de la oscuridad el calor y la forma de Maud; como si la oscuridad se estuviera haciendo sólida y creciera de prisa entre mis manos.

Fragmento de Fingersmith de Sarah Waters.






La lectura en voz alta posee el encanto inigualable de construir atmósferas, sensaciones, desencanto, lujuria, o simplemente ser un acto de seducción; un propicio tono de voz puede dar vida a las inertes palabras que cuentan una historia y que se ocultan entre en los libros; en algunas ocasiones, llega a ser subyugante al punto de transmitir hondas emociones y despertar esos oscuros deseos acallados en el subconsciente.

      El dejar pasear libremente los deseos e instintos por una casa estilo victoriana, es la última propuesta del director surcoreano Park Chan-Wook, titulada The Handmaiden (2016) y estrenada con éxito en diversos festivales. En esta ocasión el director asiático nos lleva por los giros de tuerca de un thriller de suspenso, erotismo y libertad: adapta la exitosa obra de Sarah Waters Fingersmith (2002) y traslada los sucesos de la Inglaterra victoriana a la Surcoreana de los años 30 bajo el dominio japonés. La historia se centra en la consecución de un timo, el engañar a una rica heredera, Lady Hideko, interpretada por la hermosa Kim Min-Hee, quien vive bajo la protección de su tío Kouzuki: un enigmático Cho Jin-Woong da vida a este personaje oscuro con una extensa colección de libros y con un gusto particular por la lectura en voz alta y las ilustraciones. Kim Tae-ri es Sook-hee, la criada contratada para entregar perdidamente enamorada a la heredera en los brazos del conde Fujiwara.

   Esta densa trama de engaños se alimenta de un arrebatado erotismo. Park Chan-Wook lleva a sus personajes y al espectador por una espiral de deseo, pasión y un profundo roce con el sadomasoquismo. Si bien en su trilogía de Old Boy la violencia y la sangre, eran elementos determinantes, en esta ocasión, es el proceso de descubrimiento sentimental, carnal, de lujuria y libertad contenida en la sexualidad. Ese amor que se despierta entre Hideko y Sook-hee va más allá del cuidado de una doncella y las caricias: las miradas cómplices, los celos, el sexo liberador y febril complejiza la vida de estas dos mujeres, al punto de llevarlas a la insania; quizás eso sea el verdadero amor, un acto de locura, un salto al vacío. 



Con un tema de intriga y suspenso, el director surcoreano plantea una puesta en escena dividida en tres partes, en las cuales las intenciones de los personajes, siembran más dudas que respuestas, dando un largo aliento a una historia que crece en su desenlace y deja sin respiro al espectador; aunque su metraje es un poco extenso, esto no hace mella en su solidez narrativa. Se ambienta en una época difícil para Corea: el director reconoce que parte de los avances que tendrá la sociedad de su país deriva de la cercanía que pudo obtener con la influencia occidental que vivía Japón, y esto llevó a que con el tiempo las barreras culturales impuestas cedieran. Para Park “Corea permaneció estancada durante mucho tiempo, hasta que se vio forzada a abrir sus fronteras y tuvo que recibir cultura proveniente del exterior a la fuerza. Fue una época en la que, filtrada a través de Japón, la cultura occidental se abrió camino hasta Corea. Fue entonces cuando la ciencia moderna y la tecnología entraron en el país.”. El impulso final, lo da la separación de las coreas y Corea del Sur opto por una abierta cercanía a occidente.

      Sin la violencia y la sangre marca característica del director, es más que loable la manera en que Park desarrolla su idea del amor y de la sexualidad, más allá del tipo de relación existente y los sexos que logran componerla, es un acto liberador, sin ataduras, pero que encierra un inquietante poder sobre los individuos, al punto de dejarlos a la merced de los más profundos y oscuros deseos.


jueves, 16 de febrero de 2017

La persistencia de los recuerdos: Aquarius (2016) de Kleber Mendonça Filho





Por William Alexander Medina
androidemurnau@gmail.com

Hoje
Homens sem medo aportam no futuro
Eu tenho medo acordo e te procuro
Meu quarto escuro é inerte como a norte. (1)



En la actualidad la idea que más ronda a nuestro alrededor es la de obsolescencia, lo nuevo es ya desactualizado y las noticias siempre resultan ser una versión anterior de los hechos, no menos son los seres humanos, la vejez se transformó en la carga imperecedera del tiempo y con él sus memorias y recuerdos.
   Esta idea de la obsolescencia ronda la propuesta del director brasileño Kleber Mendonça Filho quien da vida, cuerpo, carácter, gustos y memorias a Clara, protagonista de Aquarius su última película, una mujer de 66 años, critica de música jubilada y con una vitalidad y sensualidad sin igual, pero que enfrenta los problemas de la vejez, no solo por su edad, sus hijos, nietos, carrera, soledad, amores furtivos y una excelente e inigualable colección de música; también se debe al proyecto que se desea adelantar en el condominio (en proceso de demolición) del cual es la única residente y por ende, la engorrosa talanquera que impide el avance de la construcción.


  La especulativa burbuja inmobiliaria que circula por los países latinoamericanos en los últimos años, ha dado como resultado la construcción de la falsa idea de bienestar, de seguridad, confianza, de un aislamiento preventivo, necesario e higiénico. Con ello, los procesos urbanos han llevado a la desaparición de la memoria arquitectónica de las ciudades y de sus habitantes. Y no es para menos que en el aluvión de edificios y construcciones verticales, lo que se cambia no es solo el paisaje, también las formas de relacionarse de los individuos, se rompe todo posible contacto y cercanía en pos de una convivencia sin los otros.

   Clara, interpretada majestuosamente por Sonia Braga (quien ha recibido diversos premios por esta actuación) es presentada por el director brasileño en tres momentos, cada uno de ellos significativo en la historia de vida de la sexagenaria mujer. El primero titulado “El cabello de Clara”, se ubica en los 80´s, esposo, hijos y una numerosa y extensa familia; los otros dos “El amor de Clara” y “El cáncer de Clara” nos llevan a su contemporaneidad, la soledad, recuerdos, amores, amistades, música, entre otros, pero sobretodo, nos permite conocer la valentía y el carácter al enfrentar un Goliat como es la construcción, desde su pequeño apartamento, espacio de resistencia y tranquilidad.

   Mendonça propone una puesta en escena desde el espacio mismo: el apartamento de Clara es parte sustancial de su existencia, quién es y su memoria. La música resulta ser un narrador omnipresente en la historia; con ella incluso se dan respuestas en la película. Por otra parte la cámara merodea, persigue, se oculta, desaparece y nos deja con la presencia de Clara, sus días y noches. 



  Pero la película del director brasileño no se encuentra exenta de polémica, no por su propuesta, sino por el acto que realizó antes de su presentación en Cannes: unas pancartas que señalaban el descontento político por lo sucedido con la expresidente Dilma Rousseff, con frases como “Brasil experimenta un golpe de estado” y “Brasil ya no es una democracia”, algo que pasaría como mera anécdota, si en realidad el gigante del sur no viviera una convulsionada vida política. Este acto simbólico alejó la posibilidad de que la película fuera postulada a los premios Oscar a mejor película extranjera, como bien lo dice Mendonça en entrevista con el diario Clarín de Argentina: “La postulación de cualquier filme para el Oscar es una decisión estratégica, industrial, para ese país. No debería ser algo subjetivo, sino técnico. Y ningún otro filme en Brasil este año tenía el prestigio internacional de Aquarius. La boicotearon y eligieron una película [Pequeño secreto, de David Schurmann] que no tenía, ni tiene, la carrera internacional de Aquarius. Fue una decisión política (2)”. Un sin sabor no solo por el cine brasileño, sino por el cine latinoamericano.

   Este pulso político es el que vive Clara: el abandonar el apartamento no solo es una decisión de cambio de vida y espacio, es la confrontación con aquello que reconfigura lo privado, por ello, esa perspectiva tan particular de Mendonça ser testigo de los cambios de la sociedad brasileña desde lo íntimo.


Referencias:

·        (1)  Letra de la canción Hoje de Taiguara que compone la banda sonora de la película.

·   (2) Diario Clarín (Argentina) tomado de http://www.clarin.com/extra-show/cine/kleber-mendonca-filho-decir-puede-gran-acto-politico_0_S1-8GJQBx.html

jueves, 9 de febrero de 2017

William Carlos Williams viaja en bus: Paterson (2016) de Jim Jarmusch




Por William Alexander Medina




Paterson es una hendidura en la vida cotidiana, en los artificios que inventan los hombres para hacer de su existencia algo de lo cual sentirse medianamente tranquilos, quizás apacibles, honrados, reconocidos. Los viandantes se desplazan al ritmo de la ciudad, de sus calles, sus rincones, olores y colores. Como suele suceder, los hombres se mueven a la velocidad frenética de sus necesidades.



   El filme Paterson (2016) de Jarmusch cuenta cómo es el transcurrir de lo ordinario y repetitivo y del alimentarse de las acciones que hacen que los individuos merodeen por el mundo. Si bien la trama de Paterson no reviste ningún artificio narrativo, en su sencillez se esconde una obra con una riqueza poética tanto lírica como visual, a camino entre en el homenaje y el dar vida a una obra que es un personaje en sí mismo, darle color y sensación a las palabras que componen una ciudad. Paterson (interpretado brillantemente por Adam Driver), es un conductor de bus que tiene una vida apacible, se levanta todos los días a las 6:30, ve a su esposa dormir (una hermosa Golshifteh Farahani) mientras la acaricia la luz que irrumpe por la ventana, fragmento del tiempo que posteriormente se convertirá en poesía. Sus días transcurren entre el trabajo, los olores, las conversaciones, el paisaje, una cerveza y el paseo del perro.


    No reviste mayor sorpresa una vida así de simple, pero cuando esta se convierte en una representación lírica de lo intuitivo, de lo corriente y fugaz de lo cotidiano, del borbollón atropellado de eventos que componen la vida, Paterson lo transcribe en poesía y la hace frente a la cascada, la misma que en tiempos anteriores inspiró la obra de William Carlos Williams, médico y poeta de New Jersey, uno de los autores más importante de la literatura moderna norteamericana. 


Jarmusch construye el guión teniendo como referente indiscutible la obra de Willliams, esencialmente el libro de poemas titulado Paterson (llamado así por la ciudad ubicada en el condado de Passaic en New Jersey) publicado entre los años 1946 y 1958: un libro en cuatro tomos, cada uno de ellos inspirado por la cascada ubicada en la ciudad de Paterson, la misma en la cual transcurre la película de Jarmusch, una obra definida por su autor con estas palabras: “Una vez decidido lo que quería hacer, me tomé mi tiempo para decidir cómo debía abordar la tarea. El punto era utilizar las múltiples facetas que presenta una ciudad para representar facetas comparables del pensamiento contemporáneo, con la intención de poder objetivar al hombre mismo tal y como lo conocemos y amamos y odiamos. Me parecía que un poema era para esto, para hablarnos con un lenguaje que pudiéramos entender. Pero antes de poder entenderlo, el lenguaje debe ser reconocible. Debemos reconocerlo como nuestro, debemos estar satisfechos de que hable por nosotros. Y aun así, debe seguir siendo un lenguaje como todos los lenguajes, un símbolo de comunicación”.

    El lenguaje nunca inmóvil y en constante reconstrucción, es lo que nos muestra Jarmusch en su propuesta estética, una obra con una puesta en escena, sencilla, precisa y de una portentosa riqueza estética. La fotografía a cargo de Frederick Elmes, reconstruye con su color, el largo aliento de una ciudad en movimiento y con un tempo narrativo que invoca la contemplación de lo cotidiano. El director norteamericano se mueve en el campo que más conoce: la literatura, pero también, en las conversaciones sencillas, en los silencios compartidos, en la puntual y delicada línea que convierte lo insustancial de la rutina diaria, en un epitome del trasegar del individuo por el mundo, el gusto por las pequeñas cosas, el resguardar el último espacio de privacidad del hombre (la negativa al celular por parte de Paterson), todas aquellas cosas que componen hoy nuestro devenir.

    Paterson es una ciudad que se vuelve hombre, un hombre que escribe poesía, una poesía que se convierte en ciudad y una película sobre un hombre que construye sobre lo cotidiano en una ciudad llamada Paterson: como bien decía Williams no existen otras ideas que sean las cosas mismas.


* Click en Paterson (1963) - William Carlos Williams para acceder al libro. 




El famoso crayón oblongo / El puente (2025) - Una crónica poética y un relato breve de William Alexander Medina Méndez

 El famoso crayón oblongo                                            Salta cadáveres (1989) - Pedro Alcántara Herrán   "Eres esclava de...