miércoles, 20 de abril de 2011

La ciudad extraña: Notas sobre Following (1998) de Christopher Nolan




Por Leonardo Mora


¿No es un argumento tremendamente atractivo –sobre todo para los que nos preciamos de ser aprendices de escritores- el que desarrolla la historia de un anónimo personaje voyerista que, a falta de temas para su obra, decide empezar a seguir furtivamente a las personas en la calle para extraer el dulce jugo de las vivencias de los otros? ¿Y si a ello le sumamos el hecho de que tal personaje, un día en el que adelanta su peligroso juego, sigue por casualidad a otro personaje aún más extraño, que tiene por hobbie entrar a casas ajenas para estudiar a las personas a partir de sus pertenencias, aunque también robe unas cuantas de éstas?

El afamado director Christopher Nolan desarrolla su primera película titulada Following –en 16 mm-, a partir de los preceptos arriba expuestos, y logra crear un sofisticado y elegante thriller sicológico que transcurre en las extrañas calles de Londres, donde transitan innumerables individuos anónimos que llevan a cuestas sus historias personales sin poder comunicarlas y objetivarlas. Dos de estas historias se entrecruzan un raro día -la de un joven tímido e inseguro, con cierta crisis de identidad, que quiere ser escritor, y la de un arrollador y carismático ladrón- y colisionan de tal manera, que una de ellas terminará de trágica forma, cuando sea superada por la singularidad, el encanto y la sordidez de la otra.


¿Quién no se ha sentido arrebatado por personalidades ajenas que alguna vez se han interpuesto en el camino propio? ¿Quién no ha imitado consciente o inconscientemente las virtudes o las manías del otro, dado el poder de sugestión que aquel puede generar sobre uno mismo? En un impecable y siempre poético blanco y negro, con tiempos de narración alterados y barajados, con una cámara al hombro efectivamente sumergida en la dinámica de una ciudad gris, Nolan acude a las premisas del llamado cine neo-noir para regalarnos una espléndida cinta, hecha con escasos recursos, pero de amplia inteligencia y solidez narrativa, que el espectador difícilmente podrá olvidar, gracias a su turbadora presencia. Altamente recomendada para quienes deliran por esos elementos que contienen y desatan las personalidades cuando se enfrentan, se miden, se rechazan o se sujetan, con el anonimato y la soledad que producen las urbes contemporáneas como telón de fondo.

                                                                                     Semana Santa de 2011

sábado, 9 de abril de 2011

La vida dura surcando las calles de la ciudad : Vivir su vida (1962) de Jean-Luc Godard


Por: Leonardo Mora II

Naná es una hermosa chica francesa que no cuenta con mucha suerte, como tantos seres que vagan y luchan en las calles de la ciudad para sobrevivir y sobreponerse a sus negativas circunstancias. La adversidad y la soledad la han hecho fuerte, y por lo tanto, es capaz de asumir diversos y negativos roles, como el de ser prostituta, aunque no se sienta a gusto con este tipo de alternativas.
Naná es valiente: el simple y pueril hecho de no contar con dinero no la detendrá en su búsqueda personal de la esencia para vivir su vida, afinando paulatinamente su capacidad de asombro; en un momento del filme se le vé encaminarse hacia el cinema para aprehender a través de los ojos de un cineasta una nueva sensibilidad y otra concepción del mundo, que enriquezca la suya propia y le enseñe a observar la realidad de una manera distinta.
Naná es sensible: la lírica prueba de ello son las lágrimas que derrama en el cine, cuando observa la escena en que Juana de Arco es interpelada por su confesor, antes de ser llevada a la hoguera; la entereza de la épica heroína de alguna manera se asemeja a su drama propio: en un mundo cruel es necesario armarse de carácter para no sucumbir ante los embates de una realidad que es despiadada con los seres más tristemente espirituales y consecuentes con sus ideas. La imagen de Naná llorando es una de las más bellas y conmovedoras del cine moderno.
La historia de Naná, construida por uno de los directores más legendarios de todos los tiempos, se nos muestra en doce breves episodios llenos de poesía minimalista, en los cuales predomina la cámara fija y los claroscuros; la belleza y la importancia de lo cotidiano arrebatan el interés del espectador que observa a la protagonista fundamentalmente en planos de evidente claridad, o surcado por sombras y oscuridad, como las que a menudo se ciernen sobre su propia vida.
Naná constantemente se pregunta acerca de los objetivos con que construimos las metas de la vida personal: ¿Es la existencia una dolorosa comedia inevitable? ¿Hasta qué punto soy responsable de cada uno de mis actos, por triviales que aparenten ser? ¿Hablar falsifica una realidad que sólo puede comprenderse bajo los umbrales del silencio y la introspección? ¿Soy realmente libre como sujeto autónomo o existen prejuicios que no permiten desplegar la personalidad individual?
Sin dramas y tragedias insinceras, con naturalidad y espontaneidad, sin artificios ni despliegues alejados de la áspera simpleza de la vida, con una honestidad brutal y sin concesiones,  Vivir su vida se convierte en una de las grandes obras dulcemente legadas por la Nouvelle Vague, ese movimiento que, gracias a Dios, un buen día cambió la tradicional concepción de la cinematografía para eternizar el esplendor de una nueva belleza en imágenes congeladas para siempre.
 Mientras la vida pueda vivirse, filmes como éste pueden ser el mejor espejo para la reflexión acerca del hombre contemporáneo y su manera de sortear los obstáculos e imposiciones del sistema. La pelea es por lograr la libertad del sujeto en un mundo que nos envuelve en sutiles redes de trivialidad, y nos quiere condenar a seguir al pie de la letra sus infames juegos de abalorios.

Abril de 2011

jueves, 6 de enero de 2011

Wall Street (Oliver Stone, 1987)
























"La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona.
La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución.
La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero;
es lo que ha marcado la vida de la humanidad..."

Gordon gekko, Wall Street (1987)

Por David M. Houghton.


A menudo el estreno de la secuela de un gran filme, al menos cuando se trata de una verdadera obra de arte y no de un desvergonzado artilugio publicitario con una trama de magos o de piratas como pretexto, suele desatar una polémica que abre una serie de interrogantes: ¿Aparte de los millones de dólares que se recaudan, existe una justificación cinematográfica real para este tipo de producciones? ¿En qué medida la continuación de una película exitosa y de calidad artística puede reafirmar u oscurecer el valor intrínseco de la primera versión? Experiencias afortunadas como Alien 3 (David Fincher, 1992), Terminator 2 (James Cameron, 1991) o Dragon Rojo (Brett Ratner, 2002), pasando por otros intentos dignos que sin embargo se desdibujan ante la contundencia de la primera versión como El Padrino partes II y III (Francis Ford Copola, 1974 y 1990 respectivamente), hasta llegar a los desafortunados intentos de Psicho 2 (Richard Franklin, 1983) constituyen un muestrario variado y de disímil  impacto que implica retomar esta discusión en cada caso particular: sólo la apreciación del filme y la consecuente experiencia intelectual que implica compararlo con su predecesor permitirá establecer si se trata de la innecesaria prolongación de una obra que ya lo dice todo por si misma o si por el contrario asistimos a la imprescindible reinterpretación fílmica de una idea que puede y debe seguirse desarrollando.
En el caso de Wall Street: Money never sleeps (Oliver Stone, 2010) y la primera versión llamada simplemente Wall Street (Oliver Stone, 1987) la respuesta es contundente: el primer filme es superior en todos los sentidos y la secuela no hace más que resaltar las virtudes del clásico de los años 80’s. Por supuesto que en esta nueva versión destacan la impecable actuación de Michael Douglas, alguna que otra audacia narrativa y la muy pertinente incorporación de elementos temáticos alusivos a la vergonzosa maquinaria del capitalismo post-soviético. Sin embargo, la película del 87 no sólo plantea ya estos elementos de forma más contundente sino que reúne una gran cantidad de virtudes técnicas y temáticas.


En primer lugar, Wall Street es una película que caracteriza con sumo detalle la vida artificial y desmesurada de los millonarios de Manhattan west. El vestuario, los escenarios, el look de los personajes y hasta la estupenda musicalización a cargo de Stuart Copeland contribuyen para que la estética extravagante y glamurosa de la década de los 80’s sea palpable en cada secuencia del filme. Preciso es decir que este glamur, esta suficiencia en la representación de un estilo, de una época no hubiesen sido posibles sin el impresionante reparto con el que contó el director norteamericano para esta producción. Baste con decir que el personaje de Gordon Gekko, interpretado por Michael Douglas, es ya un arquetipo de la falta de escrúpulos y la ambición desmedida. Ahora bien, esta certera caracterización de un universo frívolo pero sumamente atractivo es el resultado de un impecable trabajo de montaje que le da un ritmo intenso a la película, una sucesión vertiginosa e impactante de acontecimientos que atrapa de principio a fin. Así mismo, el maneo ágil de la cámara aumenta en gran medida esta sensación de velocidad que se percibe durante los casi 120 minutos del metraje: la cámara no enfoca a los personajes, los sigue en su desenfrenado ir y venir por un corredor atestado de hombres con lujosos trajes gritando cifras incomprensibles a través de un teléfono. Y es que no podría ser otro el planteamiento técnico de un filme que trató con mucho acierto de presentarnos el caótico universo de los corredores de bolsa, un universo en el que cada segundo representa la posibilidad de ganar o perder millones de dólares.
Wall Street es también una película profunda y de alto contenido crítico. Además de una serie de diálogos en los que se plantea crudamente la moral salvaje y egoísta que se debe asumir para sobrevivir en el epicentro físico del capitalismo, el lugar en el que, según Gordon Gekko se hacen las reglas, las noticias, la guerra, la paz, la hambruna, el precio de un clip para papel, todo… la solidez dramática de los personajes nos empuja a encarar, a través de sus expectativas y estilos de vida, cuánto de degradación hay implícito en la búsqueda desmesurada de riqueza; la forma en que descaradamente ignoran los millones de desempleados, la exclusión, los desastres ambientales, la represión política, la corrupción, la flexibilización laboral, estos son para ellos apenas efectos colaterales de un juego gigantesco cuyo único objetivo es la acumulación, ecos lejanos de un precio que se debe pagar por mantener un status, tímidos comentarios que resuenan entre el rechinar de copas en un coctel, distantes anuncios de prensa que jamás podrán empañar el divertido juego de multiplicar el dinero vistiendo trajes de cinco mil dólares y coleccionando originales de Van Gogh: ¿Cuál es el límite? No existen los límites. En algún momento del filme, un consternado Charlie Sheen, en el que podría ser el mejor papel de su carrera, se pregunta por su verdadera identidad mientras que la despampanante Daryl Hannah lo espera en ropa interior en un apartamento con vista a los rascacielos de Manhattan: “Who am i?”, murmura Budd Fox al ritmo new wave de los Talking Heads en una de las mejores secuencias del largometraje.
Nominada a varios premios de la academia, exaltada por la crítica y un éxito de taquilla, Wall Street es un clásico imprescindible de la historia del cine y visualizar la reciente versión de 2010 no es más que un pretexto para volver a ese fresco e interesante retrato cinematográfico que sigue siendo hoy por hoy la mejor aproximación al mundo volátil de los negocios bursátiles.
05/01/11

viernes, 31 de diciembre de 2010

The deer hunter (1978) de Michael Cimino: Dios bendiga por siempre a los americanos




























Por Leonardo Mora
sanagustinconfesiones73@gmail.com

Nunca serán excesivas las referencias del arte cinematográfico al horror que deparan las guerras en que se han enfrascado nuestros loables dirigentes políticos hambrientos de dinero y poder, desde el mismo inicio del devenir del hombre. Aunque no todos los directores cuentan con la fortuna de crear un filme que pueda plantear más cosas que la superficialidad de la guerra –entiéndase bombas, sangre y mutilaciones-, tampoco  estará de más examinar las abundantes perspectivas con que se aborda tal fenómeno, para constatar si determinada película fue capaz o no de “cargar con el contenido histórico de su tiempo”, una de las definiciones que usa T.W. Adorno para esa compleja palabra que es el Arte. 

En el caso del director italo-americano Michael Cimino, con su filme The deer hunter, las expectativas son ampliamente logradas. La historia de unos  obreros siderúrgicos con sangre de inmigrantes que son enviados a una de las carnicerías más sangrientas e inútiles de la historia como lo fue Vietnam, resulta contundente, emotiva y conmovedora, sin necesidad de excederse en imágenes físicamente violentas para expresar de manera eficaz el daño moral y  mental que sufrieron los muchachos enviados  a proteger con su vida y su sangre los intereses de los detentores del poder en el país del norte, el de la libertad y la democracia.

Quizás la virtud más palpable y lograda de The deer hunter –película en la que el director se toma su tiempo para exponer detalles tales como el entorno de los personajes,  sus logros  y frustraciones cotidianas, es decir, posee cierto ritmo lento pero poderosamente envolvente- es que sus protagonistas, como ya se mencionaba, unos simples trabajadores incultos que se divertían en tabernas, que deseaban a las compañeras del prójimo, tonteaban entre ellos, salían de caza o cantaban canciones a coro con voces embriagadas, a pesar que sufren en carne propia el apocalipsis de Vietnam, son sometidos a una alta humillación y amenaza de perder la vida –como la impresionante secuencia en que tres de aquellos obreros, ya instalados en el sudeste asiático y capturados por el bando contario, son obligados a punta de golpes y recriminaciones a jugar a la letal ruleta rusa-, y además  mutilados  y traumatizados, en suma, echados a perder, ninguno es capaz de entender las verdaderas implicaciones de todo ese juego de poder al que se vieron obligados a servir; el destino juega malas pasadas, de una guerra sólo se puede llegar vivo, muerto, mutilado o enloquecido, eso todo el mundo lo sabe, pero aún así la patria es la patria, hay que defenderla  y se debe cantar y rezar al cielo para que Dios la proteja  -de esta trágica forma acabe el filme- y le augure prosperidad y protección por mucho tiempo.

Las actuaciones de esta película, que además cuenta con un reparto de lujo –Robert de Niro, Meryl Streep, John Savage, John Cazale, Christopher Walken- son de una factura impecable. El dolor, el trauma, la locura y la agonía de la guerra son muy bien demostrados a través de rostros y actitudes que denotan en quien los ve el sufrimiento y la paranoia extremos de los que se vieron sometidos a la cruel Vietnam. Quien quiera saber qué tipo de comportamientos  pueden develar una expresión como la de  “cadáveres vivientes”, esta magistral película puede ilustrarlo sobradamente.

The Deer Hunter (conocida como El francotirador en Hispanoamérica y El cazador en España) es una película dramática de guerra de 1978 dirigida por Michael Cimino. Además de que fue  galardonada con 5 oscares, incluidos mejor película y mejor director, la película está considerada como una de las 100 mejores películas de la historia del cine por el American Film Institute. Filme altamente recomendado para quienes saben que en épocas de caos y degradación como la que estamos atravesando,  el arte necesita indefectiblemente recargarse de agresividad, efectividad y templanza para lograr conmover al espectador y obligarlo a que reflexione sobre la condición humana, ya inserta en pleno siglo XXI, y a punto de comenzar una nueva década de historia. 

                                                                                 (31 de diciembre de 2010)

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Enter the void (Gaspar Noé, 2009)








































Por David M. Houghton.


Por la contundencia y relevancia de sus trabajos anteriores, el estreno de un nuevo filme de Gaspar Noé se rodea de grandes expectativas por lo que podrá plantear este director acostumbrado a sacudir el universo cinematográfico con sus desquiciantes experimentos técnicos y sus descarnadas visiones del mundo contemporáneo. En esta ocasión la expectativa fue mayor debido a los problemas de distribución que retrasaron casi un año el estreno de Enter the Void, alimentando toda clase de rumores sobre su alto contenido de sexo explícito y violencia descarnada.
Los primeros minutos del metraje, precedidos de unos créditos iníciales diseñados para deslumbrar a uno que otro publicista con ínfulas de artista, auguran una soberbia incursión en el bajo mundo de una luminosa y decadente Tokio. No obstante, y después de que los fastuosos efectos y la obsesiva utilización de la cámara subjetiva dejan de perturbarnos, empezamos a percibir el sabor de algo ya visto. Desde el color extravagante, pasando por los inesperados movimientos de cámara y la audacia narrativa, hasta llegar al sórdido inventario de seres decadentes inmersos en un mundo del que queda muy poco por salvar, todos los elementos que habían sido planteados con firmeza e inteligencia en el excelente Seul contre tous (1998) y que servirían también para estructurar con mucho acierto el multipremiado filme Irreversible (2002), así como algunos de sus trabajos audiovisuales de corta duración como Carne (1991), We fuck alone (2006) y Protege moi (2003), resultan en Enter the void una mera reiteración. Ninguno de sus guiños de espectacularidad técnica sorprenden, sus personajes son poco interesantes y la historia que trata de contar el filme es tediosa y superficial




Resulta indiscutible que una de las virtudes del realizador franco - argentino es la capacidad para imprimir un ritmo desquiciante a la narración fílmica: un trabajo de montaje arduo en el que se busca que el espectador sienta la angustia, la paranoia, la claustrofobia a la que se enfrentan a su vez los personajes. En Enter the void este recurso se convierte en algo planeado, exagerado hasta el paroxismo con el objetivo de dar un ritmo vertiginoso a una película que tendría que terminar promediando los noventa minutos y que sin embargo se dilata hasta el cansancio con decenas de secuencias absolutamente gratuitas – especialmente las de sexo – en las que pareciese que la intención del director es mostrar hasta dónde pudo llegar en el desarrollo de efectos especiales y de paso evidenciar cómo pudo gastar el gran presupuesto del que dispuso.
Si bien quedan algunos elementos para rescatar como la excelente musicalización realizada por Thomas Bangalter con la aparición ocasional de Throbbing Gristle, así como las secuencias que simulan los efectos producidos por el D.M.H. (una de las tantas sustancias alucinógenas inventariadas en el filme), la película no aporta nada significativo a la filmografía de Gaspar Noé. Puede que algunos destaquen el permanente compromiso del director por adentrarse en los pasajes más abyectos de la vida cotidiana en el contexto del capitalismo salvaje o su siempre contradictorio mensaje de esperanza que en esta ocasión está representado casualmente con el advenimiento de un crío llorón que purificará un mundo infecto y decadente. Se trata sin embargo de que, precisamente en un mundo en el que el arte tiende cada vez más a ser absorbido y masacrado por los dictámenes del mercado, todo creador debe evitar la reiteración, la mansedumbre, la experimentación formal gratuita y desligada de planteamientos humanos contundentes pues estos y no otros son los fáciles mecanismos que el sistema homogeneizador utiliza para neutralizar todo el potencial crítico de la creación artística.
(Dic. 2010) 

martes, 23 de noviembre de 2010

“El perseguidor” de Julio Cortazar : conjeturas sobre la veleidad de los oficios


Por Leonardo Mora 


La imparcialidad crítica sólo puede fundarse
 sobre la conciencia lúcida del prejuicio que ordena
nuestra visión personal.

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO  I,  Nicolás Gómez Dávila.




 El 14 de mayo de 1964  Margarite Yourcenar escribió una carta al pensador  francés Gabriel Marcel, en la cual, entre otras cosas, manifiesta  su opinión personal acerca del ejercicio crítico: “No hay crítica auténtica más que por parte de los creadores”. El incisivo teórico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot, en su texto Heterodoxias, concibe la crítica literaria como un ejercicio de enorme significación: es literatura sobre la literatura. El polémico poeta francés Isidoro Ducasse, más conocido como el conde de Lautreamont, postula en Los cantos de Maldoror su aversión a la fétida hiel que destila la crítica cuando pretende  acercarse al espíritu de las bellas artes. Y Oscar Wilde en el prólogo de su única novela, aduce que el crítico  traduce de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas.

 A través de la historia, independientemente de las ideas que se tengan al respecto, es innegable la influencia y  el alcance derivados de la labor ejercida por los críticos en todos los géneros artísticos. Las posiciones, como pudo observarse al inicio de este texto, son encontradas. De cualquier manera, sobra mencionar el interés que genera la discusión acerca de ese vínculo tormentoso que se establece entre el creador y el examinador de un objeto artístico determinado. El propósito de estas páginas es la exposición de algunas ideas  acerca de tales relaciones, explícitas en la conocida pero no por ello menos interesante nouvelle El perseguidor, del escritor argentino Julio Cortázar.

Julio Cortázar en su colección de relatos Las armas secretas (1959) –de la cual hace parte El perseguidor- abandona su inclinación por la literatura fantástica, palpable en la  configuración de libros de  cuentos como Bestiario (1951) y Final del juego (1956) y se ocupa entonces de ofrecer  cinco textos que no están cruzados por eventos extraordinarios, o mejor, de índole irreal.  En Las armas secretas priman más asuntos como la necesidad de ahondar en el misterio de las relaciones humanas, el deslinde de las sicologías de los personajes tanto simples como complejos, y retratar las negativas circunstancias en que estos se ven paulatinamente envueltos. Cortázar afirma lo siguiente en una entrevista: “En El perseguidor quise renunciar a toda invención y ponerme dentro de mi propio terreno personal, es decir, mirarme un poco a mi mismo. Y mirarme a mí mismo era mirar al hombre, mirar también a mi prójimo. Yo había mirado muy poco al género humano hasta que escribí El perseguidor1.  

El perseguidor es una historia basada en la última etapa de la vida y obra del genial y legendario saxofonista Charlie Parker, quien  se inscribe en la historia del jazz como uno de los grandes pioneros del género bebop, la primera manifestación de jazz moderno. Los fundamentos de este estilo se gestan en medio del caos y la destrucción de la II guerra mundial, y entre otras características, pretende apartarse  de los gastados moldes del swing y  de las big bands, los cuales no permitían el espacio suficiente para la improvisación solística en las partituras. Ted Gioia en su Historia del jazz anota que los sencillos riffs, las letras accesibles y la adaptación a su función social de música de fondo  para los bailes, rasgos  característicos  del jazz de preguerra, fueron suplantados por un estilo más eficaz y más insistente. Las improvisaciones del bebop eran excitantes por la gran velocidad a la que fueron ejecutadas. “Nunca antes la técnica instrumental había sido tan decisiva en el sonido de la música jazz” 2.

Frank Tirro en su Historia del jazz moderno plantea la ruptura del bebop con los anteriores estilos en términos no sólo musicales, sino culturales y sociales. Menciona que los representantes del bebop contribuyeron más  que otros músicos tradicionales a ensanchar la brecha entre la vida y obra del jazzmen y el resto de la sociedad, teniendo en cuenta antecedentes como la gran proporción de artistas negros en un sistema regido por los blancos, o la amenaza que el jazz había supuesto para la música establecida. ¿De qué manera se dio esa separación? Los músicos bebop acentuaron su distinción en medio del conjunto social apelando a la superioridad sobre el lego en cuestiones jazzísticas y a las ventajas de la autosegregación y el aislamiento.  Tirro  anota un ejemplo que ilustra esta cuestión:

                      Fue durante los años del Minton’s [play house] cuando hombres como
                      Dizzie Gillespie, Kenny Clarke y Tadd Dameron iniciaron lo que se con-
                      vertiría en un círculo restringido de músicos unidos por un ánimo simi-
                      lar. Era sencillísimo evitar el acceso de indeseables o desconocidos a es-
                      te círculo marcado por el talento. En palabras del propio Kenny Clarke,
                      “solíamos tocar Epistrophy o I’ve got my love to keep me warm simple-
                      mente para expulsar a esos tipos del escenario, pues sabíamos que no
                      estaban en disposición de interpretar semejantes cambios de acorde. Es-
                      tábamos obsesionados por desembarazarnos del la chusma y formar un
                      círculo musical basado en los nuevos acordes”. 3

La razón fundamental de esta división radicaba, sigue apuntando Tirro, en que los músicos de Bebop deseaban imprimir al jazz un estatus de forma artística de cámara, y no seguir reproduciendo la simple condición de música de baile utilitaria. Es decir, se buscaba que el músico de jazz empezara a ser concebido como artista integral, de alto nivel, en vez de un mero aportador de entretenimiento sin pretensiones. Gioia menciona que el individualismo de los beboppers fue  vilipendiado por la marginalidad de estos como ciudadanos negros en un momento crítico de la historia de los Estados Unidos. Los miembros de la primera generación de músicos de jazz habían triunfado como gente del espectáculo, y la población blanca se conformaba con que estuvieran en ese nivel. Pero los músicos de los años cuarenta pretendían más. Exigían su aceptación como artistas, como profesionales apreciados por practicar una forma musical seria. Con la llegada del bebop, toda una generación de músicos negros se estaba situando al mismo nivel que artistas cultos como los compositores clásicos, los dramaturgos, los poetas, los pintores y los    escultores 4.

 Inicialmente este intento de cambio y evolución no pudo ser asimilado por el público, lo cual determinó que el artista se ensimismara y restara importancia a las circunstancias externas a su improvisación personal. De hecho, ocurría con frecuencia que  los solistas del bebop tocaran de espaldas en el escenario, o abandonaran de inmediato la tarima una vez terminaba su presentación. Y es entonces cuando surge, en medio de tal actitud de desdén, la interesante figura del ‘hipster’; su líder, el paradigma a seguir, era, en efecto, el mismo Charlie “Bird” Parker.


Uno de los grandes biógrafos de Parker, Robert Reisner, plantea en su texto Bird: The legend of Charlie Parker, las características de un hipster:

                         “El hipster en un ser de tintes subterráneos. Su figura es a la  II
                               guerra mundial lo que la del dadaísta fue a la precedente. El
                               hipster es amoral, anarquizante, amable y refinado hasta re-
                               sultar decadente. El hipster siempre camina diez pasos por de-
                               lante debido a su percepción exacerbada de las cosas ¨[…] Sabe
                               de la hipocresía de la burocracia, del odio implícito en las re-
                               legiones… ¿Qué valores le quedan entonces? Dejarse llevar
                               por la vida evitando el dolor, mostrándose cool en todo mo-
                               mento y gozando de los placeres más a mano. El hipster an-
                               da a la busca de algo que trascienda a toda esa mierda, y ese
                               algo lo ha encontrado en el jazz.” 5.

Considerando el interés por acercar al lector a una idea sobre la importancia de la música y la figura de Parker, se pasa a afirmar que El perseguidor , entre las múltiples lecturas que ofrece, logra -con creces, valga decir-  transponer literariamente  este estilo de vida y de arte. Para efectos de tal relato, Parker  aparece retratado con el  nombre de Johnny Carter. Cortázar, a través de toda la trama narrativa, además de presentar una visión un tanto decadente y enfermiza de Carter, hace uso de una minucia y tensión extrema para retratar el ambiente que rodeaba al saxofonista, a través de los bizarros  personajes que para bien o para mal logran instalarse en su mundo.  Entre estos, se encuentra Bruno, quien desempeña el delicado rol  de ser un crítico de jazz y además, se encarga de relatar la historia.    

 Bruno, amigo personal de Johnny, deja entrever en su prosa penetrante e inquieta sus relaciones desiguales –porque oscilan entre la mezquindad y el aprecio- a un músico virtuoso, sabedor de su condición de genio -por lo tanto presa del desdichado sentimiento de la  lucidez-, a un rebelde contra ese mundo concebido con etiquetas y números, a un oponente radical de una sociedad jerarquizada y deshumanizada, a un ser cansado de aquellos serviles y resignados que se ocultan tras  máscaras insinceras para facilitar su tránsito por el mundo, a un desequilibrado proclive a no entenderse con los demás, y a un mártir del sistema que sólo encuentra redención al tocar como un ángel su saxo alto,  su manera celestial de evadirse.

Bruno retrata el conflicto de Johnny contra aquellos quienes lo juzgan por no seguir reproduciendo los éxitos radiales de gran mesías del jazz, o por no comportarse como un ciudadano de bien que aprovecha su don al máximo, o por sus extrañas fugas mentales para lidiar contra la presión de su estilo de vida.  En el texto es palpable la manera en que Johnny se aleja paulatinamente del ámbito normal en que la gente a su alrededor se mueve. Él, más que nada  se ocupa de su búsqueda personal y de sumirse en reflexiones que le puedan ofrecer un sentido y un rumbo a su existencia particular (a Carter lo atormenta especialmente el problema del tiempo), aunque ello signifique abandonar la realidad cotidiana y desentenderse de los códigos que imperan sobre los demás, desvariando como un alucinado  y valiéndose para ello de la  música, de su libro de poemas de Dylan Thomas, de sus visiones extravagantes o de las mismas drogas. (En El perseguidor, Carter es adicto a la marihuana, pero en   la vida real Parker lo fue a la heroína).


Los asuntos que Bruno plantea a través de la narración sobre la vida  de Johnny, se conjugan con los que atañen a su ambigua condición de crítico musical. Entre otras ideas, él mismo señala que el crítico  “es un hombre que sólo puede vivir de prestado, de las novedades y las decisiones ajenas” 6. Pero Bruno, sin resignarse a ese quizás a veces restringido papel, mide la distancia que existe entre la gente normal y los genios como Johnny, y se debate en perseguir a pie la senda por la que Johnny avanza gravitando; ¿Su propósito?  Dar significado a todo ese caos e instinto que atormenta la cabeza del músico,  capturar en palabras la compleja obra de arte que es Johnny mismo, adentrarse en la niebla para atestiguar lo invisible al resto de los seres humanos .

Aunque Bruno,  ante la pureza espiritual de Johnny, se juzgue duramente por no poder dejar de ocuparse de asuntos más prácticos como la grabación de su música, la redacción de su biografía, o su misma condición de crítico, el lector de su relación finalmente comprende que él es el único de todos los personajes que puede interpretar a Johnny como artista, como vidente, o como un simple hombre. Si ha fallado, por lo menos  deja entrever que tuvo la fortaleza moral de intentarlo y de consignar los atisbos  que ha logrado atrapar.

 En un momento del relato, cuando Carter lee la biografía de él que ha elaborado Bruno, lo increpa por el hecho de que se le hallan escapado tantas cosas que el músico cree de importancia vital; pero Bruno es conciente de que es imposible transcribir las obsesiones metafísicas y artísticas que hostigan a un  artista de su nivel,  y de que, a menudo las percepciones del músico son imposibles de cristalizar, por mayores empeños  que se ejerzan, dado el pantano de la subjetividad en que se ha sumergido. Johnny no puede abandonar una mirada contaminada en extremo por un ocuparse de sí mismo hasta la saciedad, y por ello no le apremia  establecer un puente que le permita comunicarse y comprenderse con el otro.  El crítico sabe  esto, y en medio de su desesperación por dar cuenta del verdadero Johnny, ese del cual ninguna biografía puede acaparar, con el propósito de consolarse a sí mismo, pero realmente con mucha más razón de la que personalmente acepta, señala que “los críticos son mucho más necesarios de lo que yo mismo estoy dispuesto a reconocer (…) porque los creadores son incapaces de extraer las consecuencias dialécticas de su obra, postular los fenómenos y la trascendencia de lo que están escribiendo o improvisando”7.

Para Patricio Goyalde la visión que da El perseguidor sobre la crítica es ciertamente escéptica. Menciona que los continuos desencuentros entre la figura del crítico y del músico constituyen un reflejo de la dificultad de articular un discurso que, más allá de lo descriptivo, corra el riesgo de interpretar y comprender la actividad artística y musical como un hecho que trasciende a la obra creada.

Debe mencionarse que tal dificultad se enmarca  en un ámbito mucho más compleja que la de un simple crítico con un objeto artístico y su hacedor, porque Bruno además de estar inserto en el mundo de Carter, como ya se mencionó, es su amigo cercano; es decir, el crítico no sólo emite un juicio valorativo y compara el estilo de Johnny con los precedentes o los que están en boga, sino que observa de cerca y participa en la vida del músico,  lo cual trastoca los términos “objetivos” que usualmente se solicitan a un estudioso al analizar a un artista y su producción; por ende, en la situación de  los dos convergen mayores implicaciones morales.

Críticos y artistas, dualidad en extremo compleja e inagotable, de la cual no podría decirse la última palabra sobre los asuntos que a cada esfera  compete, o las pugnas que se generan de su tenaz e imprevisible choque. Dos caras de una misma moneda que quizás compartan un mismo fin: deslindar la realidad para ofrecer un enfoque autónomo y particular.

Opto mejor por finalizar estas conjeturas, transcribiendo las valiosas palabras de Leonard Feather acerca del legado de Charlie  Parker para la humanidad:

                              “Charlie Parker es uno de los escasos jazzmen que ha aportado
                              dignidad y significado a la palabra ‘genio’, vocablo del que
                              tanto se ha abusado. Parker optó por dedicar su existencia a
                              la traducción de todo cuanto veía y oía en términos de belleza
                              musical (…) Al dotar a la improvisación de nuevas cotas de
                              madurez, Parker ejerció una influencia inestimable sobre los
                              músicos de jazz en general (…) Ningún jazzmen del mundo
                               pudo obviar por entero su influencia” 8.    




Notas bibliográficas

1. ESCOSURA, Luis Prados de la. Forjadores del mundo contemporáneo, vol. IV. Ed. Planeta. Mayo de 1988, Santa Fe de Bogotá. P. 252.

2. GIOIA, Ted. Historia del jazz. Fondo de cultura económica. México D.F. 2002. P. 269,270,271.

3. TIRRO, Frank. Historia del jazz moderno. Ed. Robinbook. 2001, Barcelona. P. 14.

4. GIOIA, Op. Cit, 274.

5. TIRRO, Op. Cit., 15

6. CORTÁZAR, Julio. Las armas secretas. Casa editorial El Tiempo. Santa Fe de Bogotá, 2002. P. 131.

7. Ibíd., 139.     

8. TIRRO, Op. Cit. 28.

martes, 2 de noviembre de 2010

Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea : La cosmovisión latinoamericana en el filo de la navaja





Por Leonardo Mora 
sonidosrare@gmail.com

Si en cualquier lugar del mundo es duro sufrir 
el destino del artista, aquí es doblemente duro,
 porque además sufrimos el angustioso destino 
del hombre latinoamericano.
EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS, Ernesto Sábato


Observamos de nuevo esta película, capital en la historia del cine latinoamericano (algunos críticos sostienen que es la mejor), en el marco de la muestra de Cine Social en América Latina que se efectúa por estos días en la Cinemateca Distrital en Bogotá –valga decirlo, con una asistencia mínima, aunque la entrada es libre-. Y hemos encontramos que, después de tantos años de su lanzamiento, su poder estético, crítico y nihilista aún es demoledor: sigue siendo un contundente manifiesto de calidad en tiempos en los que el cine latinoamericano –y por qué no decirlo, el colombiano específicamente- realiza filmes de valor muy discutible a pesar de los recursos y las instancias que se ocupan de promover el séptimo arte, y en momentos en que socialmente nos vemos sumergidos en problemas de inusitado calibre, los cuales, antes que solucionarse, toman nuevas y peores formas para una creciente población con menos calidad de vida.
     Memorias del subdesarrollo, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea en 1968, con base en la agria y lúcida novela de Eduardo Desnoes,  nos muestra con gran efectividad la historia de un inteligente y sensible burgués, con ciertas pretensiones de artista, que reflexiona en medio de las vertiginosas circunstancias en la Cuba de mitad de siglo XX, mientras observa la manera en que el edificio social y moral de nuestra condición parece cada día desmoronarse más. Hay poca voluntad de replanteamiento (política, social, individual) de unos nuevos objetivos a seguir, reflexiona el protagonista, lo cual empeora nuestra larga historia de omisiones y errores, tantas veces sin un análisis exhaustivo y sincero. Más que culpar simplemente a las instituciones detentoras del poder, las facciones en pugna, o tantos ineptos y estrechos gobernantes de nuestras latitudes, Gutiérrez Alea es capaz de mostrarnos a través de una interesante historia que los dilemas latinoamericanos, si bien son un complejo asunto de origen y repercusiones sociales, también son identificables a modo individual, y la responsabilidad por cualquier tipo de cambio recae en un autoexamen honesto de cada una de las conciencias de este lado del mundo.

 Una de las ideas más recurrentes de Memorias del subdesarrollo señala una plausible incapacidad de los latinoamericanos para ser consecuente con una idea y trabajar por ella hasta el fin: ya sea para enriquecerla, replantearla o desecharla. Parece que nada es capaz de asombrar o sacar de su letargo al habitante promedio. Y dado que rancias costumbres y prejuicios aún están demasiado arraigados en nuestra mentalidad, a todos los niveles, con el auspicio del sistema imperante y el bajo nivel educativo, esperar que nuestra conciencia crítica como ciudadanos de aparentes naciones democráticas despierte y reclame lo que por derecho es nuestro, o se ocupe de crecer intelectualmente, es una tarea en extremo difícil y restringida.
    Una de los grandes aciertos de este filme es que las reflexiones cargadas ideológicamente se expresan a partir de la más llana cotidianidad del protagonista; eventos de su vida tales como un matrimonio frustrado, la convivencia con los amigos, el flirteo y posterior relación con una inmadura y problemática joven de 17 años, la visita a la casa en Cuba donde vivió el escritor norteamericano Ernest Hemingway, una alocución en televisión de Fidel Castro, o la asistencia a un debate entre eminentes intelectuales, son todas experiencias de una historia personal que se ponen en perspectiva con el contexto social y político para ser examinadas y comentadas con tacto, con ironía, quizás también con un negativismo exacerbado, pero que no deja de ser sugerente y revelador por su sinceridad. Si bien la revolución cubana representó a diversos niveles un cambio y una mejoría de circunstancias en la historia de América Latina frente a los embates del imperialismo, el filme no deja de lado su capacidad de examen fino de ciertas implicaciones que se escapan a quienes ven en tal proyecto un dechado de virtudes, con equivocaciones meramente circunstanciales.  
   Formalmente la película es caótica, vertiginosa, libre, expresiva, montada casi que abruptamente y con imágenes inestables, tanto filmadas como fijas y de archivo -sus orígenes son muy diversos-, lo cual también obedece a los lineamientos de esa corriente que se conocería como Nuevo Cine Latinoamericano, en el cual primaba la posible función social de la cinematografía, su capacidad de conmoción y denuncia antes que los aspectos formales, y su negación de los preceptos tradicionales de Hollywood. Pero como se ha querido señalar, Memorias del subdesarrollo no se reduce a el abordaje progresista de determinadas militancias políticas, sino que logra una exposición más profunda y personal de nuestra "humanidad" como latinoamericanos, lo cual la ayuda a consolidarse como una manifestación estética de enorme factura; en verdad verla resulta toda una válida experiencia en medio de la insuficiencia que inundan los cines y los festivales latinoamericanos actualmente. Posiblemente indagar en las joyas clásicas de nuestra filmografía nos pueda revelar aspectos más interesantes y vanguardistas que el consumo indolente de tantos productos nuevos y desabridos que hoy ven la luz del día, tal y como las futilidades creadas en serie por cualquier fábrica.







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